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OPINIÓN

Henri Bergson: horizontes de la libertad

Las doctrinas de la necesidad parecen convencernos de que la libertad es una ilusión

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Jueves, Noviembre 27, 2025

Oí hablar de Bergson en mis años universitarios, en un curso de historia de la filosofía contemporánea. Los temas de la intuición y el élan vital fueron los ejes de esas clases; el primero como la forma de la conciencia inmediata para hacer una filosofía capaz de captar lo esencial de la vida; el segundo como la fuerza creativa, un impulso vital, que genera y sostiene la evolución y el desarrollo de todos los seres vivos, incluyendo al ser humano, más allá de determinismos físicos y teleologías fijas.

Una de las conclusiones de ese curso fue la afinación de la noción de duración, que era el horizonte donde el élan vital se desplegaba en su dinámica creativa y creadora; la intuición era la forma filosófica de aprehender ese dinamismo que sostenía toda la realidad viva, especialmente la humana. Pasó el tiempo y Bergson un poco al olvido; hasta el descubrimiento de la poética de Charles Pèguy (un alumno suyo), cuyo vaivén de su ritmo poético puso nuevamente delante de mis ojos la imagen de la duración.

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Las dos nociones mencionadas son como los ejes que explican el cuadrante de la relación entre libertad y necesidad en la existencia humana y en la misma historia de la filosofía. En un apretado resumen, Bergson sostiene que el espíritu humano cuenta, por un lado, con la intuición como conciencia inmediata para dirigir la acción y, por el otro lado, con el pensamiento o conciencia reflexiva para aprehender los objetos en su universalidad —fuera el tiempo—, lo que llamamos comúnmente inteligencia.

Así, pues, la intuición está orientada a la acción humana, que es libre, apunta a la voluntad —que, a su vez, se ubica en el tiempo—. La intuición percibe el tema de la libertad. En cambio, la conciencia reflexiva o inteligencia está orientada a captar la necesidad y universalidad de las cosas. Esta segunda capacidad humana produce filosofía y ciencia en sus sentidos clásicos; representa, según Bergson, una progresión, una sedimentación. La primera, en cambio, basada en la libertad, genera erupciones.

La historia de la filosofía, según el pensador francés, se da en medio de la tensión entre libertad y necesidad, prevaleciendo la segunda vertiente. En efecto, desde los jónicos, pasando por los estoicos y hasta los modernos, los filósofos han descubierto en las cosas y en la realidad —o en la realidad de las cosas— la necesidad de la unidad, la estabilidad general de eso que denominamos realidad, existencia, ser. Tal necesidad, como en Plotino, es cualitativa; en los modernos es cuantitativa (Leibniz, Spinoza) (1).

Pese a la prevalencia de la necesidad en el pensamiento filosófico, también hay momentos disruptivos en la historia de la filosofía, se trata de esas “erupciones” donde el tema no es la universalidad, la estabilidad, el carácter inamovible de los principios que sostienen la realidad, sino precisamente la intuición de los asuntos humanos, concretamente la acción humana y su carácter libre. Mientras los filósofos, por ejemplo, los presocráticos se centraban en los temas de la naturaleza cósmica, o en los asuntos del lenguaje, Sócrates disrumpió con los temas de la acción humana.

Tales planteamientos significaban en ese momento una disrupción entre los temas de la época; no era ni el cosmos ni la retórica lo fundamental para los asuntos humanos, sino el tema de la acción realizada por los seres humanos y, en tal sentido, el tema de la libertad. Es cierto que a este respecto hay diversas lecturas del planteamiento socrático, comenzando por el propio Platón. Bergson sostiene que aparece la libertad en medio de dos teorías de la necesidad: el del bien y el de la ignorancia (2).

La libertad —escribe Bergson— es el problema que nuestra acción le plantea a nuestra especulación. Reiteramos, la conciencia inmediata se fija en la acción, en el acto voluntario, mientras el pensamiento reflexivo apunta a la especulación. Éste, para cumplir su cometido, requiere dos términos, los del juicio: “todo acto intelectual puede formularse en una proposición, y una proposición contiene dos términos, un sujeto y un atributo y se dirá en vano que un término es algo intelectual.” (3).

La acción (en el fondo la libertad), por su parte, descansa en sí misma, requiere un solo término, se basta a sí misma para realizarse; en ese sentido es algo cerrado, estamos ante el mismo movimiento. Todo lo anterior, “debido a que estas dos facultades o estas dos funciones no están en absoluto reguladas la una en función de la otra. En efecto, y sin prejuzgar de ningún modo la solución del problema de la libertad, es fácil ver que conciencia inmediata y conciencia reflexiva, acción y especulación no están, y no pueden estar, reguladas la una en función de la otra.” (4).

La historia de la filosofía muestra esta tensión de teorías y formulaciones donde el pensamiento reflexivo parece convencerse de la necesidad y la estabilidad general de las cosas y de la realidad misma, mientras que, por su lado, la conciencia inmediata, la intuición mira cómo la acción humana parece testimoniar el asomarse inesperado e imprevisto de la libertad. Las doctrinas de la necesidad, con las ciencias modernas y la IA, parecen convencernos de que la libertad es una ilusión. Pero ésta se mueve…

Notas
(1) Henri Bergson (2022): La evolución del problema de la libertad. Curso del Collège de France 1902-1903 (sic), Paidós, México [Primera lección. Sesión del 6 de diciembre de 1904, pp. 19
36].
(2) Ib. [Tercera lección. Sesión del 22 de diciembre de 1904, pp. 53-68].
(3) Ib. [Primera lección. Sesión del 6 de diciembre de 1904, p. 23].
(4) Ib. [Primera lección. Sesión del 6 de diciembre de 1904, p. 22].

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