Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Educar en un tiempo sin rumbo

Enorme reto el de educar a las nuevas generaciones en un tiempo sin límites, sin tensión y sentido

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 10, 2025

El tiempo justo o el momento oportuno solo surgen en el marco de una tensión temporal en un tiempo guiado. En cambio, en un tiempo atomizado, todos los momentos son iguales entre sí. No hay nada que distinga un momento del otro. La fragmentación del tiempo reduce la muerte al perecer. La muerte pone punto final, aunque a destiempo, a la vida, que es un presente que se sucede sin rumbo. De ahí que hoy resulte especialmente difícil morir.
Fragmento de El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han.

Hoy quiero unir dos elementos recientes para intentar tejer una reflexión sobre un tema que se habla mucho y creo que se operativiza muy poco, pero que es realmente urgente en esta época de alta diferenciación o diversidad, pero muy baja integración que nos posibilite comunicarnos, es decir, construir algunos significados y valores en común para poder convivir de manera más pacífica, comprensiva, incluyente y por tanto, justa.

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Por una parte, me gustaría retomar el pensamiento del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, gran pensador de nuestro tiempo y sobre nuestro tiempo recientemente galardonado con el Premio Princesa de Asturias, del que tomé hace un par de semanas un fragmento de su discurso relacionado con la falsa ilusión de libertad y la autoexplotación que produce el sistema que hoy domina el mundo.

El segundo elemento es la reciente celebración del fin de semana pasado en el que como cada 1 y 2 de noviembre se realiza en nuestro país la conmemoración de Todos los Santos y del Día de muertos, que tienen una gran relevancia y se conservan todavía bastante fieles a la tradición a pesar de la comercialización que inevitablemente invade todas las fechas relevantes y distorsiona muchas veces los símbolos culturales.

La celebración del Día de Muertos, o si la extendemos a todo lo que comprende, que aunque se concentra más en un día, abarca varias jornadas que según Wikipedia van del 27 de octubre al 2 de noviembre. Según esta fuente, “El 27 se dedica a las mascotas fallecidas; el 28 se recuerda a quienes sufrieron muertes trágicas; el 29 se recuerda a los ahogados; el 30 a las almas olvidadas o sin familia; el 31 se conmemora a los niños no bautizados y a los no nacidos; el 1 de noviembre; el Día de Todos los Santos se recibe a los niños y jóvenes difuntos… Finalmente, el 2 de noviembre, Día de Muertos, se honra a los adultos fallecidos con comida, postres, flores y bebidas.

Como decía, a pesar de la comercialización y la invasión del Halloween en nuestras comunidades sobre todo urbanas, las festividades del Día de Muertos con sus altares y ofrendas, alimentos, calaveritas de azúcar y calaveras literarias, se mantiene vigente y sigue muy arraigada en la sociedad mexicana, siendo una de las fiestas más señaladas en el calendario nacional.

Esta festividad que es una muestra del sincretismo cultural entre los rituales prehispánicos y la cultura cristiana, desde mi punto de vista -nutrido obviamente por el análisis de expertos historiadores y antropólogos- tiene de fondo un significado muy profundo y pertinente que, celebremos o no, ha marcado y sigue marcando la visión de los mexicanos sobre la relación entre la vida y la muerte, el sentido del tiempo en que existimos en la tierra y su conexión con la eternidad sin tiempo que viven quienes han fallecido antes que nosotros, además de ser un lazo de unión, reverencia y respeto de las generaciones actuales con nuestros antepasados.

En una entrevista reciente relacionada con el estreno de su película más reciente Frankenstein, el cineasta jalisciense Guillermo del Toro respondió a una pregunta sobre cómo lograba equilibrar su visión tan incisiva y profunda sobre las partes obscuras de la existencia humana con la vitalidad, el humor y la visión positiva de la existencia, diciendo simplemente: “Soy mexicano”.

Según él, los mexicanos tenemos una perspectiva de la vida, producto de nuestras tradiciones, que nos hace ver que la muerte es parte de la vida y que hay una conexión entre ambas dimensiones, por lo que tenemos que reconocer, aceptar y aún celebrar a la muerte y a los muertos, pero al mismo tiempo saborear, disfrutar y encontrar sentido al tiempo que dura nuestra vida.

Pensando en todo lo anterior, me resultó especialmente significativo el fragmento de Han en su libro El aroma del tiempo que cito hoy tomado del portal Ethic, en el que el filósofo plantea que uno de los problemas del mundo actual es la aceleración de la vida que se origina por la incapacidad de acabar y cerrar procesos y etapas porque vivimos en un mundo que nos agobia porque nunca se acaba, nada concluyo porque nada tiene peso en esta vida de liviandad o de levedad del ser como la llamaría Kundera.

En el mundo saturado de estímulos, información, polarización, imágenes, figuras o influencers que nacen y mueren a diario resulta que no hay elementos que nos permitan distinguir un momento o acontecimiento de otro. El tiempo se fragmenta y eso redunda incluso en el hecho de la muerte que se banaliza reduciéndose a un simple perecer. “La muerte pone punto final, aunque a destiempo, a la vida, que es un presente que se sucede sin rumbo” afirma Han en otro fragmento de su libro. Por ello, dice el pensador coreano, hoy resulta “especialmente difícil morir”.

Como afirma en el epígrafe de hoy: “El tiempo justo o el momento oportuno solo surgen en el marco de una tensión temporal en un tiempo guiado”, pero en un tiempo atomizado y fragmentado como el de la sociedad de consumo en que hoy vivimos, todos los momentos resultan iguales porque el tiempo acelerado en que vivimos actualmente nos hace vivir en una especie de presente perpetuo en el que cada día resulta igual a los anteriores y a los que vendrán después.

La aceleración, dice Han, expresa una ruptura de los diques temporales que permitían distinguir y diferenciar unos acontecimientos o etapas de otras. Estos diques daban rumbo, regulaban, articulaban y daban ritmo al fluir del tiempo, podrían detenerlo, guiarlo y ofrecerle un suelo sólido en el cual sostenerse “…en su doble sentido, tan bello”. Pero cuando el tiempo pierde el ritmo y “…fluye a lo abierto, sin detenerse, sin rumbo alguno…” va también desapareciendo cualquier tiempo apropiado o bueno para realizar cualquier meta o cerrar cualquier etapa, incluso para morir en el sentido amplio de dar por concluida una vida con sentido, dirección y límites, con etapas diferenciables, con avances y retrocesos, que es mucho más que perecer o dejar de funcionar biológicamente.

Enorme reto el de educar a las nuevas generaciones en un tiempo sin límites, sin tensión y sin sentido, un mundo que se ha diferenciado y abierto a tal grado que ha perdido el rumbo y el ritmo. ¿Cómo lograr desarrollar una conciencia histórica en los niños, niñas y adolescentes en una época en la que parece que la Historia se ha diluido y divaga sin rumbo y sin sentido? La solución no está por supuesto en volver atrás y pretender retornar a una visión lineal y rígida del devenir humano en el mundo. Pero tampoco es sostenible educar sin referentes, sin diques, sin tensión, sin dirección.

Tal vez en lugar de tomar demagógicamente las formas folklóricas de nuestros antepasados -mezcla de indígenas y españoles, también de africanos y de otras latitudes- habría que aprender el significado profundo y la hondura que nos permita seguir manteniendo encendido ese fuego que une la vida y la muerte en un tejido fino, en un ritmo que nos permite bailar la vida mientras dura y honrar la muerte cuando llega.

 

Por asistencia a congresos, este artículo no aparecerá las dos semanas siguientes. Nos reencontramos el lunes 1 de diciembre.

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