A la memoria de mis difuntos:
Mis papás, mi hermano, mis abuelos,
mi suegro, mis familiares y amigos.
“La poesía nos abre la posibilidad de ser que entraña todo nacer; recrea al hombre y lo hace asumir su condición verdadera, que no es la disyuntiva: vida o muerte, sino una totalidad: vida y muerte en un solo instante de incandescencia”, escribe O. Paz (1). Experimentamos la vida propia y, de momento, la muerte del otro como un anticipo del propio fin. En ese sentido, como dice el poeta, no vivimos una disyunción, sino una conjunción. Sería un buen ejercicio mirar nuestra propia muerte para entender la vida.
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No me refiero al mero tema de saldar nuestros compromisos y deudas con los demás, especialmente con nuestros cercanos —un testamento, dejar las cosas más o menos ordenadas con ellos y otras disposiciones—, sino a redescubrir el significado mismo de la muerte y de la vida, incluso más allá de sus fenómenos bio-históricos. La muerte a veces se anuncia y, la mayoría de las veces, toma por sorpresa a quienes la padecen. Es un misterio realmente, como en buena medida también lo es la vida.
En efecto, vivir —y no meramente sobrevivir— es toda una proeza, no es fácil y, generalmente, aprendemos a hacerlo con dificultad, sobre todo si queremos hacerlo humanamente; quizá en eso radica su misterio o, mejor dicho, su arte. La muerte, en cambio, nos mantiene velado su misterio: nadie que haya muerto ha regresado para compartirnos esa experiencia, salvo el Hombre que de sí mismo dijo quién era, cuya resurrección fue testificada por sus cercanos. La fe en Él puede develarnos el misterio.
Pero en el ámbito natural todos vamos a morir, nadie se libra de esa muerte natural. Un personaje de A. Camus constata nuestra permanente experiencia histórica: “Los hombres mueren y no son felices” (2); y por ello mismo necesitamos otra cosa. El mismo personaje explica: “Las cosas, tal como son, no me parecen satisfactorias.” Y añade: “El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo.”(3).
Camus no era creyente, pero vivía la experiencia humana radicalmente. Este mundo no nos satisface porque no estamos hechos para él. Nuestra sed de plenitud subsistencial —como decía Agustín Basave (4)— rebasa lo que esta existencia histórica puede darnos. Sin embargo, no nos fugamos simplemente, porque este mundo también exige una responsabilidad —para algunos incluso un encanto—. “El hombre rechaza al mundo tal como es, sin aceptar abandonarlo.” (5).
Querría ahora mirar un poco más los temas de la vida y la muerte con que jugamos los mexicanos. A veces los muertos están más presentes que los vivos, o les rendimos mayores respetos que a éstos. Lo vemos precisamente en estos días. Puede ser algo existencial, si los difuntos son cercanos y su deceso es más o menos reciente; o bien, algo cultural; incluso, literario y creativo como las tan socorridas “calaveritas”. Sobre lo folklórico, como escribe un amigo, “me son ajenas sus ideas.”
No me es ajena la experiencia de mirar la muerte del otro. Desde niño padecí la de mi mamá. A partir de ahí, acompañaba yo a mi papá —como a él lo acompañaron cuando quedó viudo— a los velorios de la gente que él conocía en el pueblo donde crecí. Siempre veía los rostros de los difuntos y el pesar de los deudos. Aprendí a mirar, por así decirlo, a la muerte de cerca; y con respeto y comprensión el dolor de quienes perdían un ser querido. Al mirar esos cadáveres, llegué a imaginarme a mí mismo así.
Quizá por eso el folklor me resulta extraño, aunque no dejo de notar su incidencia. Así, cuando era yo un joven de 17 o 18 años, llegué a ir a algunas fiestas de halloween, semidisfrazado de vampiro o de alguna otra ocurrencia. Era más bien, sin embargo, por el baile y las chicas, experiencias propias de la edad. Pero siempre prevaleció en mi ánimo más el sentimiento de las fiestas de Todos los santos y de los Fieles difuntos que el de los muertos en sentido folklórico o que el del halloween.
Al mirar el fenómeno de la muerte en un sentido global, recordé las formas de la libertad que propone R. Guardini en varias de sus obras, sobre todo la libertad del hombre o la mujer religiosos. Para explicarme aludiré a esas cuatro formas o maneras en que los humanos experimentamos la libertad. En primer lugar, la de movimiento, incluso la de saber “moverse” en la vida mediante la experiencia; en segundo lugar, la libertad que da el conocimiento; en tercer lugar, la libertad ética o moral, del acto justo.
Por último, en cuarto lugar, la libertad del fin de nuestro ser histórico-temporal. Nosotros mismos no podemos librarnos de tal fin, ni nadie. Salvo si tenemos la fe de Abraham que, contra toda evidencia, contra toda situación, creyó y adhirió su corazón a esa voz que le prometía un pueblo, un hijo, un Mesías. Sólo el hombre o la mujer religiosos pueden tener esa confianza de abandonarse, de dar el paso, el salto y decir: “Señor, en ti confío”; o la parte con que concluye la Escritura: “¡Ven, Señor Jesús!”
Notas
1 Octavio Paz, El arco y la lira, Obras completas, 1. La casa de la presencia. Poesía e historia, Edición del Autor, Círculo de lectores (Barcelona, 1991), Fondo de Cultura Económica (México, 2ª. ed. 1994), 4ta. Reimpresión, 2003, pp. 163-164.
2 Albert Camus, Calígula, Acto 1, escena V, Omegalfa, 2018.
3 Ídem.
4 Agustín Basave Fernández del Valle, “¿Qué es el hombre”, Revista UIA n. 10, p. 52.
5 Alber Camus, El hombre rebelde, Alianza Losada, México, 1989, p. 291.