No ha sido bien recibido el nuevo lema del PAN, “Patria, Familia y Libertad”. Huele un poco a viejo, a siglo XX, a primera mitad del siglo XX. Algunos lo han considerado fascista. Aquí conviene recurrir al conocimiento con el que contamos sobre este tipo de regímenes para pasar del “pensar adjetivo” (realmente un no pensar, que se queda en los adjetivos) a razonamientos y diálogos con bases razonables.
Que utilicemos fascismo no como un adjetivo, sino como una idea que nos ayude a ver y a pensar nuestra realidad.
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Recurro a la caracterización del historiador argentino Federico Finchelstein, tal como la presenta en la entrevista que le hizo Carlos Bravo Regidor, publicada recientemente en el libro Mar de dudas.
Para Finchelstein el fascismo tiene cuatro características: es una dictadura, recurre al odio extremo, glorifica y practica la violencia y miente, miente mucho.
Por más rancio que pueda parecer el nuevo lema panista está lejos de presentar estas cuatro características. Y lo mismo puede decirse de las prácticas de ese partido.
La dictadura significa la concentración del poder en una persona o grupo. El PAN ha estado lejos de proponer o ejercer esa concentración. Más bien se ha opuesto a ella. La antítesis de la dictadura (el término más correcto es autocracia) es la división de poderes. Una división que el grupo en el poder actualmente se ha empeñado en eliminar, con éxito. No hay indicios de que la vocación dictatorial esté en el panismo.
Hoy día la dosis de odio en la política mexicana parece haberse incrementado notablemente. Pero no es obra del PAN. Desde el poder presidencial se ha fomentado la polarización del país, la división entre el pueblo y los conservadores. No hay antecedentes de esto desde los años treinta del siglo pasado. Claramente no es obra del panismo (excepción hecha de los lamentables desplantes de Lilly Téllez), sino de su adversario.
Tampoco puede acusarse al PAN de practicar y glorificar la violencia.
Ni de mentir más que el promedio de los políticos. Las mentiras, hay estadísticas claras al respecto, vienen de otro lado (Luis Estrada, El Imperio de los otros datos).
Dejando de lado este ejercicio de limpieza conceptual, y volviendo al nuevo lema, no parece que cumpla las intenciones modernizantes que señalan los líderes del PAN, ni que vaya a acercar a la juventud.
Nadie está contra la lealtad a la patria, pero en un mundo globalizado en el que todos dependemos cada vez más de todos, hay que ampliar esa lealtad y la identidad que implica con otras más abiertas.
Nadie está razonablemente en contra de la familia. No hay cosa más afortunada que tener una familia integrada y razonablemente feliz. Pero no es ni puede ser la situación de muchos mexicanos. Y está el riesgo de considerar que hay familias de verdad y otras que no lo son tanto. Los Simpson son el paradigma de las primeras, pero de nuevo: no es ni puede ser el caso de millones de mexicanos.
Nadie puede estar en contra de la libertad. Pero así, como lema y en el contexto actual, puede hacer pensar más en el radicalismo libertario tipo Milei y sus inspiradores estadounidenses que en el liberalismo constitucional clásico, el que da sentido y estructura a las democracias modernas.
Un lema no hace a un partido. Una organización política puede y debe ser superior a sus lemas. Pero algo dicen.