El libro de Job admite diversas interpretaciones. El poema de Concha Urquiza también. La más relevante en mi opinión es el sufrimiento extremo que los seres humanos podemos infligir a otros.
No es posible revivir lo que los habitantes de Gaza han sufrido en los últimos años, pero el poema de Urquiza algo ayuda a acercarnos a esa tragedia:
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Él fue quien vino en soledad callada
Y moviendo sus huestes al acecho
Puso laza a mis pies, fuego a mi techo
Y cerco a mi ciudad amurallada
Como lluvia en el monte desatada
Sus saetas bajaron a mi pecho
El mató los amores en mi lecho
Y cubrió de tinieblas mi morada
Trocó la blanda risa en triste duelo
Convirtió los consuelos en despojos
Ensordeció mi voz, ligo mi vuelo.
Hirió la tierra, la ciñó de abrojos
Y no dejó encendida bajo el cielo
Más que la oscura lumbre de sus ojos
Lamentablemente no contamos con instituciones que resuelvan problemas como el que se está viviendo en Medio Oriente. No las hay para detener a los terroristas, ni para lo que podemos considerar terrorismo de Estado. Como lo planteó bien Daniel Ittineraty “vivimos el ya no de los Estados, y el todavía no de la gobernanza global”.
Los Estados nacionales son incapaces de resolver estos problemas, y no contamos todavía con las herramientas globales que los resuelvan.
Pero nos queda ser sensibles ante esos sufrimientos, denunciarlos dentro de nuestras posibilidades. Y poner en la agenda la necesidad de instituciones que prevengan y resuelvan estos problemas.
La poesía puede ayudar a esa sensibilidad, un primer paso necesario en la resolución del drama de Medio Oriente. Además nunca está de más leer o releer este poema, uno de los mejores en la historia de la literatura mexicana.