El patriarcado no es solo un concepto inventado por las feministas, no es una idea de una estructura antigua que ya no existe, ni una categoría académica lejana. Es un sistema de dominación de género que asigna roles, privilegios y espacios institucionales basados en la supuesta superioridad masculina. Señala la teoría que en este sistema el poder político y económico, se reconoce como “naturalmente masculino”.
Las mujeres y la diversidad de género es vista como “lo otro”, lo débil, aquello que requiere guía y dominación, lo externo al orden que manda. Cualquier cuestionamiento a ese sentido (por ejemplo, reclamar aborto, denunciar violencias, exigir justicia) se considera disrupción — y, por ende, una amenaza.
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Recientemente, leí en El País una columna titulada “El Ejército mexicano ve a las feministas como enemigas del Estado”, y es que lo evidente es callado e invisibilizado en donde se encarnan los espacios de poder. El patriarcado no opera en lo privado, está en las instituciones, en discursos oficiales, en los procesos de vigilancia y en general en el control del Estado.
Cuando las autoridades han llegado a catalogar a las mujeres feministas como sujetos a vigilar es porque saben que su voz remueve conciencias, cuestiona la “normalidad” de lo que siempre fue invisible, y planteamos demandas no negociables: que la vida, la seguridad y la dignidad de las personas no sean un privilegio sino un derecho.
Y es que son evidentes las acciones que nos permiten identificar el dominio del sistema patriarcal, cuando exigimos que “nos dejen de matar”, el feminismo se etiqueta como riesgo político, como “enemigo interno”. El artículo de El País presenta filtraciones de documentos que muestran cómo militares o instituciones estatales monitorean y vigilan activistas, colectivas, sus redes sociales y sus demandas.
Se criminaliza a las feministas y se nos señala como escandalosas, radicales, extremas; se les acusa de “desestabilizar” para que parezca que su voz agrede al orden establecido. Esa narrativa deslegitima sus reclamos y reduce su autoridad moral. En los espacios de poder político, muchas veces se incorporan mujeres como maquillaje, pero no con poder real ni respaldo.
Su presencia no cambia las estructuras, solo adorna el sistema. Desde presupuestos que priorizan seguridad militar frente a políticas de prevención de violencia de género, hasta la revictimización en las fiscalías, pasando por la corrupción en juicios de género. El sistema patriarcal usa sus instituciones para mantener las desigualdades.
Que el poder te considere enemiga no es un señalamiento de debilidad, sino un reconocimiento tácito: el feminismo representa una ruptura, una amenaza al statu quo. Pero también significa que nuestras exigencias están tocando un nervio profundo, el de la conciencia ciega del aparato dominante.
Nuestra lucha seguirá siendo hacer visible lo invisible, documentando, denunciando y contando nuestras historias para que no sean borradas; crear alianzas colectivas, reconociendo que no estamos solas y fortaleciendo el tejido feminista como red de poder compartido; presionar por reformas institucionales feministas, transformando desde adentro los espacios de decisión y no solo exigiendo desde afuera; construir contranarrativas, asumiendo que somos legítimas defensoras y no “peligrosas subversivas”; y educar con memoria y perspectiva de género, para que las nuevas generaciones aprendan a reconocer el patriarcado y combatirlo desde la raíz.
La columna de El País nos recuerda que, cuando el Estado etiqueta al feminismo como enemigo, está revelando su propia fragilidad. Porque el verdadero temor del poder patriarcal no es el feminismo en abstracto: es el feminismo que nombra, que exige, que transforma.
Y estamos aquí para eso. ¡Soporten!