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OPINIÓN

Diario de trabajo: Dos notas

Las versiones de Las muertas de Ibargüengoitia; y la ética de la responsabilidad en la UAP

Juan Carlos Canales

Es profesor jubilado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP). Por más de veinte años condujo el programa radiofónico El territorio del nómada.

 
 
 

Lunes, Septiembre 22, 2025

I
De Cazals a Estrada

Pese a los elogios que ha recibido la versión de Luis Estrada de Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, sigo prefiriendo la versión de Felipe Cazals, “Las poquianchis”.

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Independientemente de los recursos económicos y técnicos de uno y otro filme, me parece que lo que los distingue es, fundamentalmente, la respectiva mirada histórica y los públicos a los que se dirigen. Y no es poco: el medio es el mensaje. Pienso en el pathos de la obra de Cazals, frente a la espectacularidad posmoderna de la obra de Estrada.

A mi modo de ver, Cazals logra, con mucho, captar mejor la atmósfera y la densidad trágica   de la historia, gracias a la singularidad plástica de la fotografía de Alex Phillips; en tanto que Luis Estrada parece apuntar más al carácter burlesco de la misma. 

Los juegos de luz, las locaciones a espacio cerrado o abierto determinan esa atmósfera y al carácter respectivo al que me he referido. Otro aspecto que hay que resaltar es el del trabajo actoral, mismo que obedece a dos concepciones generacionales de actuación, una formada en el teatro y, otra, formada en la cinematografía; sin subestimar el trabajo de Paulina Gaitán, Arcelia Ramírez, Joaquín Cosío y, especialmente, el de Mauricio Isaac.

Por su parte, los actores de Casals pertenecen a uno de los momentos estelares del cine y el teatro mexicanos, como Diana Bracho, María Rojo, Tina Romero, Patricia Reyes Spíndola, Salvador Sánchez, Manuel Ojeda y Gonzalo Vega.

Algo en lo que se ha insistido es en la fidelidad de Estrada al universo lingüístico de Ibargüengoitia. No lo sé, hace más de veinte años que no lo he vuelto a leer inexplicablemente, pese a estar convencido de que hoy más que nunca nos hace falta su obra. Pero en términos estrictamente cinematográficos, los diálogos en la obra de Cazals me parecen más verosímiles, salvo la reproducción de algunos tópicos del lenguaje campesino más cercanos a Azuela o al cine de Emilio Indio Fernández que a Rulfo.

II
Otra vez la universidad, inevitablemente

En algo no se equivoca César Cansino y es la apreciación de que la rectora de la UAP vive dentro de una burbuja que no le permite ni conocer los problemas reales de la universidad ni mantener un diálogo de primera mano con su comunidad. Una burbuja que más que protegerla, amenaza su lugar en la institución y la institución misma.

De suerte, se fabrica una imagen que sustituye su presencia real y es, a todas luces, una imagen lamentable. Sin embargo, la rectora no puede desconocer el malestar que priva en la universidad a causa de un ejercicio patrimonial del poder que toca desde prácticas despóticas hasta la opacidad en el manejo de recursos económicos. 

La situación no es nueva pero sí cada vez más obvia y asfixiante, y se remonta a los rectorados de los Doger -aunque durante el periodo agüerista hubo un notable cambio, debido al halo populachero y las pretensiones políticas del mismo- y apela al carácter cortesano del poder que vive a espaldas de la sociedad; tampoco se puede desconocer que muchas de esas prácticas se remontan al periodo cuando el Partido Comunista Mexicano controló la universidad, pero con una diferencia abismal: la cantidad de recursos con los que cuenta hoy la institución hace que muchas de esas prácticas sean más cruentas y la ambición de los involucrados, ilimitada

El vacío  que genera esa distancia es ocupado  por los poderes medios - la burocracia- cuya principal tarea es velar por sus propios intereses a costa del interés común y, aún, por encima del interés del poder central, al tiempo que sustituye una comunicación directa, franca, transparente, por el rumor, el cotilleo, y la mediación cortesana y su afán  de congraciarse con la autoridad a través del señalamiento, la denuncia y la  estigmatización de todo aquellos que amenace los privilegios de esa casta. 

Hay que subrayarlo, el poder, hoy, en la Universidad Autónoma de Puebla está literalmente secuestrando por esa burocracia mezquina, cuyas directrices han dañado por igual a la universidad como a la propia rectora. Al referirme a la burocracia universitaria no solo pienso en la estructura administrativa de mando, sino al espíritu que se ha adueñado de la institución en su conjunto.

Yo mismo he señalado el peligro que significa para la universidad mantener a algunos de sus “operadores políticos”, que más que miembros de una institución educativa parecen gánsteres a sueldo.

Es obvio que la rectora no puede romper de la noche a la mañana con los cacicazgos y las propias estructuras de poder que dominan la universidad, pero sí hay espacios en los que podría empezar a incidir para cambiar su propia imagen, empezando por el culto a la personalidad que tanto irrita a los universitarios, y permitiendo un mayor margen de libertad y autonomía a  estudiantes y unidades académicas,  que dé cabida a expresiones plurales entre ellos, sin temerles: son estudiantes, no criminales.

La universidad no es un partido, no es una orden religiosa, ni una empresa privada para enriquecer a unos cuantos. Es una institución “compleja”, en el sentido que daba Luhmann al término; Igualmente, la rectora y su equipo tendría, que reconocer el “conflicto” como parte de toda institución y desde ahí construir una cultura política distinta, en lugar de querer imponer y vender una imagen edulcorada de la universidad como si se tratará de una mercancía más; una cultura política democrática, que tenga en su centro la “confianza” (otra vez Luhmann).

La universidad no es Disneylandia, no se puede vender como una pasta de dientes, ni la rectora como una “influencer”. Si ella quiere cambiar en algo la crisis de credibilidad que sufre, tendría que modificar sustancialmente su política comunicacional, limitar los intereses creados y sostener una política de transparencia. 

No lo ha hecho, entonces ella es la principal responsable de la situación y no hay excusas ni justificaciones que valgan. La rectora tendría que reconocerse, en serio, como parte de su comunidad y sin demagogia acercarse a ella. La rectora tendría que situarse en lo que Weber llamó la ética de la responsabilidad y no en la de la convicción. No es suficiente el “carisma” para dirigir una institución como la UAP.

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