Las instituciones internacionales y los organismos multilaterales que heredamos después de la Segunda Guerra Mundial, reciben duras críticas por parte de los ideólogos del nacionalismo conservador en Estados Unidos.
Han sido objeto del escrutinio de varios intelectuales norteamericanos por el alto costo que implica mantenerlas, la enorme burocracia que requieren para su funcionamiento y por las dudas respecto a su eficacia. Sin embargo, un argumento muy consistente es que el sistema de organismos multilaterales a escala planetaria limita las acciones de fuerza y poder unilaterales que los ideólogos del nacionalismo conservador estadounidense quisieran aplicar
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En ese sentido, en el siglo XXI, las crisis de legitimidad, eficacia y cohesión de organizaciones internacionales como la ONU y la OTAN generan análisis críticos de académicos y analistas estadounidenses. Estas críticas han abordado desde la incapacidad de la ONU para actuar eficazmente ante conflictos graves como Gaza, Siria o Ucrania, hasta la tensión dentro de la OTAN por las cargas desiguales entre aliados, el surgimiento de amenazas no convencionales y las fricciones políticas internas. Autores como John Bolton, Richard Haass, Stephen M. Walt, Ivo Daalder y Barry R. Posen han sido especialmente relevantes en este debate.
John Bolton, exembajador de Estados Unidos ante la ONU, era ya de por sí uno de los críticos más duros del sistema multilateral. En Surrender Is Not an Option (2007), retrata a la ONU como una institución burocrática, paralizada por la falta de voluntad política y por la presencia de regímenes autoritarios en sus órganos clave.
Para Bolton, la ONU sirve más para limitar la soberanía estadounidense que para resolver conflictos internacionales. En la primera década del siglo XXI comenzaban a escucharse voces norteamericanas cada vez más críticas contra el multilateralismo heredado en 1945.
Desde una perspectiva más centrista, Richard Haass, presidente del Council on Foreign Relations, escribió en A World in Disarray (2017) que tanto la ONU como la OTAN enfrentan un orden internacional cada vez más fragmentado y multipolar. Haass no aboga por desechar estas instituciones, pero sí por adaptarlas a las realidades del siglo XXI, ampliando su capacidad de acción frente a amenazas como el terrorismo, el cambio climático y el autoritarismo digital. Ambas instituciones han recaído en la capacidad estadounidense de manejarlas y articularlas, lo que trae consigo un precio que cada vez menos ideólogos estarían dispuestos a seguir pagando.
Stephen M. Walt, un destacado pensador del realismo político y profesor de la Universidad de Harvard, ha sostenido en diversas publicaciones que la OTAN ha perdido su razón de ser tras el fin de la Guerra Fría y que su expansión ha contribuido a tensiones con Rusia, especialmente en el contexto del conflicto en Ucrania.
En sus ensayos para Foreign Policy y The National Interest, Walt cuestiona si la OTAN actúa realmente como una alianza defensiva o como un instrumento de proyección de poder occidental que genera inseguridad. Esta postura ha trascendido los pasillos de las universidades para impactar cada vez más en políticos de derecha y en ciertos sectores de la seguridad y la inteligencia estadounidenses.
Por su parte, Ivo Daalder, exembajador de Estados Unidos ante la OTAN, ofrece una visión más optimista pero crítica. En su libro The Empty Throne, argumenta que el debilitamiento de instituciones como la OTAN se debe, en parte, al retiro del liderazgo estadounidense bajo administraciones recientes. Para él, revitalizar estas alianzas requiere un renovado compromiso con el multilateralismo. Su voz parece disonante a la lógica del gobierno de Trump en su segundo mandato.
Finalmente, Barry R. Posen, desde una posición realista, plantea en Restraint: A New Foundation for U.S. Grand Strategy (2014) que EE. UU. debería reducir su dependencia de alianzas como la OTAN, que considera costosas e innecesarias para los intereses vitales estadounidenses. Abogan por una estrategia de contención más selectiva y menos dependiente de compromisos automáticos.
En conjunto, estos autores reflejan un amplio espectro de enfoques —desde el escepticismo unilateralista hasta el reformismo institucional—, todos coincidentes en que tanto la ONU como la OTAN atraviesan crisis estructurales que requieren respuestas audaces en un entorno internacional cada vez más competitivo y fragmentado.
Lo que se percibe aquí es un doble cuestionamiento hacia las dos instituciones multilaterales heredadas del final de la Segunda Guerra Mundial, la ONU pensada en la diplomacia multilateral y la OTAN pensada en la seguridad del hemisferio norte atlántico. Las acciones de política exterior de Trump durante su segundo mandato ilustran que todas estas ideas forman parte de su ideario. Menos multilateralismo y más unilateralismo. El problema estriba en cómo articular la renovación o la sustitución de ambos organismos sin tener claridad todavía del nuevo escenario internacional que comienza a dibujarse.