Las escuelas son o podrían ser un paréntesis en el vértigo de una cierta idea del mundo, sobre todo de ese mundo mediático y publicitario que atosiga a la infancia, a la juventud y a los adultos, con un devenir irremediable de consumo, exitismo y autoayuda.
Carlos Skliar
El día de hoy y durante toda la semana más de un millón de docentes de educación básica y casi medio millón de profesores y profesoras de educación media superior reanudan sus actividades con la realización de los Consejos Técnicos Escolares en su fase intensiva.
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La finalidad de este consejo con el que se da inicio a un nuevo ciclo escolar es básicamente la preparación de los y las maestras en los lineamientos y orientaciones para recibir a los niños, niñas y adolescentes de todo el país en las aulas y trabajar en su aprendizaje durante los 185 días que contiene el nuevo calendario escolar publicado por la Secretaría de Educación Pública.
Este trabajo de preparación para abordar con entusiasmo, pertinencia, calidad y claridad una nueva etapa en el trayecto formativo de los futuros ciudadanos que como se dice reiterada y rutinariamente representan la esperanza de construcción de una sociedad renovada que pueda alcanzar gradualmente la resolución de los graves problemas que aquejan a nuestra nación en lo económico, lo político, lo social, lo cultural, lo intercultural y lo internacional, supondrían largas jornadas dedicadas a la reflexión profunda y el diálogo nutrido e inteligente entre los profesionales de la esperanza que tienen en sus manos el desarrollo -o no- de personas sanas, inteligentes, creativas, críticas y comprometidas con el cambio desde los espacios y las trincheras que lleguen a ocupar.
En el marco de una reforma educativa aún en marcha y todavía con muchas cuestiones teóricas, pedagógicas, metodológicas y organizativas por definir, uno asumiría que en este espacio colegiado y en este momento privilegiado en el que los alumnos no asisten todavía a clases, se atendería la urgencia de lo importante y se dejaría para después la importancia de lo urgente.
Desafortunadamente todos sabemos que no es así. En estos tiempos en los que como dice Hargreaves, existe cada vez mayor demanda burocrática y administrativa para los docentes y se reduce cada vez más el espacio para su labor fundamental que es la pedagógica, los CCTTEE van a ocupar el mayor porcentaje del tiempo para transmitir información de los directores -que a su vez recibieron de los supervisores y así en cascada en toda la cadena piramidal de mando de la SEP- a los docentes. Información que podría enviarse en un correo electrónico o en una circular sin necesidad de reunirlos.
Otra parte seguramente tendrá que ver con lineamientos y cuestiones logísticas internas de cada escuela y contexto comunitario y se dedicará también un porcentaje de las jornadas diarias al almuerzo y la convivencia entre profesores, cosa que también resulta necesaria pero que de pronto se vuelve un espacio demasiado amplio que sirve para hacer que el reloj avance porque dentro de las reuniones no hay mucha sustancia que los motive a participar.
Si todo estuviera muy estable y bien encaminado en la vida escolar y nuestra educación fuera un ejemplo tipo Finlandia, así como nuestro sistema educativo supera al de Finlandia -sarcasmo, para quien no lo haya captado- se justificaría dedicar o perder una semana de reuniones en transmitir información, llenar formatos, recibir indicaciones y desayunar entre amenas charlas.
Pero el mundo actual con los avances tecnológicos y la Inteligencia Artificial está poniendo en duda la pertinencia de la escuela y la universidad en términos del aprendizaje de contenidos y el desarrollo cognitivo, así como la sociedad desigual, violenta, excluyente, machista, racista, corrupta y plagada de impunidad está también cuestionando la función social de la escuela, que no solamente no genera visiones distintas y transformadoras hacia el bien común sino que reproduce con indiferencia y desánimo las condiciones sociales injustas en las que se encuentran el país y todo el planeta.
Además de ello, el mundo del mercado global del consumismo exacerbado que repite hasta el cansancio “cuánto tienes, cuánto vales”, del exitismo exaltado que grita a las nuevas y viejas generaciones que existir es buscar la fama, la admiración de los demás y el poder sobre los otros, ese mundo que como genera insatisfacción por la falsedad de las promesas del consumir y el presumir nos ofrece libros desechables de autoayuda, influencers que nos imponen la obligación de ser felices porque para serlo basta echarle ganas y mirar todo con optimismo, ese mundo vacío y vaciante está educando con más impacto que la escuela y moldeando los ideales y las aspiraciones de las mayorías de todos los estratos socioeconómicos, dejando a la escuela en el mundo de lo prescindible.
Ante ese mundo y frente a esa respuesta burocratizada y desmoralizada de las y los educadores, la escuela es hoy un punto y seguido al que los niños asisten por obligación, pero sin convicción para volver al salir de clases a sobrevivir con más de lo mismo, a seguir aspirando a otras cosas para las que la escuela no les aporta herramientas porque esas cosas a las que aspiran porque el mundo se las ofrece con una mercadotecnia potentísima son cosas que les dicen que se alcanzan sin esfuerzo, sin frustraciones, sin necesidad de disciplina o de trabajo constante.
Las escuelas podrían ser hoy un paréntesis que paliara el vértigo de esta idea del mundo como una especie de parque de atracciones en el que para ser feliz tienes que consumir mucho, ser muy famoso y perseguir los sueños que decretas. Pero desafortunadamente ese paréntesis no se abre, no logramos abrirlo los educadores que parecemos inmersos en el mismo huracán de ofertas atractivas, cegados por el brillo de este mundo falso que no entendemos porque no es igual a aquél en el que crecimos o desesperanzados porque hacemos intento tras intento de mover las consciencias y de promover cambios en los educandos, pero no vemos resultados.
Para abrir ese paréntesis hay que cambiar nuestros paradigmas y no solamente nuestros modelos educativos oficiales o nuestros planes de estudio y libros de texto que oscilan de un dogma a otro sin la menor reflexión por parte de los protagonistas reales de los procesos educativos.
Lograr este cambio de paradigma requiere de una apertura intelectual y ética que nos lleve a cuestionar nuestras creencias, nuestras teorías implícitas sobre lo que es una buena educación, una buena escuela, un buen docente. Requiere también de una reflexión profunda que combine la lectura y comprensión de buena teoría pedagógica con la recuperación y análisis de la propia práctica. Necesita demás poner todo eso sobre la mesa y dialogarlo, debatirlo, reflexionarlo con nuestros colegas para enriquecernos y enriquecerlos, para renovar la esperanza y encontrar rumbos y atajos para vencer los caminos desgastados de hacer lo mismo de siempre.
Ojalá esta semana se abran estos espacios para lograr todos juntos convertir a la escuela en ese paréntesis en el vértigo de esta idea del mundo dominante para tratar de convertirla en un reducto seguro y libre del ruido, del humo y de los efectos especiales de lo mediático y lo publicitario para promover ambientes, presencias y encuentros significativos. Ojalá podamos abrir el paréntesis y dejarlo abierto durante todo el ciclo escolar.