La política mexicana siempre ha estado llena de mezquindades. Esa temporada de zopilotes se ha perpetuado y algunas veces se instala en narrativa, otras en afrentas contra los derechos humanos, o incluso en intentos de golpes de estado o golpes blandos; mejor dicho, la historia de México está llena de zopilotes y lamentablemente no es solo una temporada.
En los últimos años estos agoreros del caos, se han encargado de estar atentos y alertas a noticias fatídicas, crisis humanitarias o desastres naturales para sacar raja política y justificar sus narrativas ideológicas. Disfrazando esta mezquindad en crítica, han ocupado la libertad de expresión para vaticinar desastres, muerte y alentar al odio y la violencia.
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Los hechos, en sí mismos, desmienten ese nefasto sesgo. Si bien el país enfrenta grandes retos, hay también noticias agradables que evidencian que el nuevo modelo económico del humanismo mexicano, funciona y lo hace en buen estado, por ejemplo, la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) del INEGI reveló que la pobreza por ingresos cayó de 49.9 % en 2018 a 35.4 % en 2024, lo que representa una disminución de casi 15 millones de personas en seis años.
La pobreza multidimensional también se redujo de 51.9 millones en 2018 a 38.5 millones en 2024, la cifra más baja en años. En términos porcentuales, el porcentaje de la población en situación de pobreza en 2024 fue de 29.6 %, el nivel más bajo en la serie 2016–2024; y la pobreza extrema cayó a 5.3 %, también cifra mínima en ese periodo.
También la política salarial ha sido clave. Desde 2018, el salario mínimo se ha recuperado notablemente; de los aproximadamente 88 pesos diarios se pasó a más de 249 pesos diarios en el resto del país y más de 375 en la frontera norte en 2024. Para 2025 se acordó un aumento del 12 %, fijando el salario mínimo en 278.80 pesos diarios, y en la frontera norte en 419.88 pesos. Les guste o no, estas cifras respaldan nuestra máxima consigna, por el bien de todos primero los pobres.
Estos avances, sin embargo, son ignorados por los agoreros del caos. Prefieren ocultarse detrás del incremento de la pobreza laboral, de la crisis de acceso a la salud o del rezago educativo, mismos indicadores que muestran rezagos persistentes, es cierto. Sin embargo, en seis años hemos logrado que 15 millones de historias puedan tener la tan anhelada movilidad social.
Ante estas realidades, insistir solo en lo negativo es mezquino. Lo que deberíamos discutir es cómo los dogmas del neoliberalismo impidieron por tantos años que hubiera una efectiva repartición de la riqueza, y así como este dogma, hay otros como el que el servicio privado es mejor que el público, tesis usada para justificar el abandono por 30 años de los servicios sociales, o bien que la mejor forma de pacificar el país es con más violencia, espionaje y opresión, etcétera, los agoreros del caos dentro y fuera del movimiento deben replantear su estrategia.
Quienes esperan el derrumbe del país para proclamar “yo tenía razón” no merecen mayor atención, sin embargo, su discurso es tan estridente que a veces resulta imposible no detenerse a tratar de hacerles entrar en razón.
Afortunadamente la ciudadanía, el pueblo es sabio, exige resultados, honestidad intelectual y compromiso con la justicia. El verdadero triunfo de la política es garantizar que más personas tengan acceso digno a la alimentación, la salud, la educación y el bienestar. Y ese triunfo no se construye desde el derrotismo intelectual, sino desde el compromiso con el bien común y la apertura al diálogo.