Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Es Galán y es como un oro,
tiene quebrado el color;
persona de gran valor
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero…
Francisco de Quevedo. Poderoso caballero es don dinero.
Recordando el título de una película no muy exitosa de Jordan Vogt-Roberts, este año tuvimos en nuestro país a nuestros reyes del verano, que igualmente hartos de sus respectivos contextos particulares, decidieron huir con algunos de sus familiares o amigos cercanos y emprender una aventura que los liberara de la rutina.
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Pero a diferencia de los tres adolescentes que en la película estadounidense referida se van al bosque a construir una cabaña y a conseguir su propia comida, procurándose por sí mismos la subsistencia, nuestros reyes del verano viajaron a Europa y Asia con todo lujo en vuelos de primera, alojándose y alimentándose en hoteles y restaurantes elegantísimos y comprando en las tiendas más exclusivas, contando por supuesto con quien les cargara las bolsas con lo que adquirieron para no cansarse dado que ya había sido suficiente con las extenuantes jornadas de trabajo de los meses previos en sus puestos de poder.
En lo que coinciden la película y esos viajes de nuestros monarcas del verano es en que al pasar las semanas la convivencia se les vuelve complicada, pero claro, en el cine la historia plantea que los chicos tienen que madurar para afrontar esas dificultades emergentes, mientras que aquí, por más que la prensa y la opinión pública o sus mismos colegas políticos incluso de su propio partido les hayan hecho críticas y generado cierto ruido, como suele suceder al final no pasó nada y todo se irá olvidando -incluso sus absurdas e inverosímiles justificaciones y desmentidos- conforme pasen los días y surjan nuevos escándalos, de los que nuestro contexto es un manantial inagotable.
Nuestros reyes del verano y sus comparsas -incluyendo un diario que alguna vez fue de izquierda pero ahora cuestiona si solo pueden viajar los ricos- mandaron nuevamente mensajes muy nocivos para la educación de las nuevas generaciones de este país tan desigual y lleno de injusticias, violencia y exclusiones de muchos tipos. Entre ellos estaba, por cierto, el responsable de la Educación Pública de nuestra nación.
En primer lugar, porque se trata de políticos que pertenecen a un movimiento que ha pregonado de forma insistente y hasta soberbia que “no es igual” a los partidos políticos que tuvieron el poder en el pasado reciente y que ha hecho suyo el lema de su líder fundador que dice que “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”.
Además de ello, porque aunque según dijeron todos, sus viajes los pagaron con sus propios recursos, esos recursos propios vienen en principio de sus sueldos y dietas que son ostensiblemente más altos que los del promedio de los trabajadores de este país y del pueblo al que dicen representar y cuidar.
En tercer lugar, porque según las cuentas de varios opinólogos, esos sueldos altísimos no dan para pagar lo que ellos gastaron en sus viajes a los lugares más ostentosos y para comprar la ropa, las joyas, los relojes y accesorios igualmente exclusivos, lo que refuerza las sospechas de corrupción que pesan sobre la mayoría de estos personajes.
Hace mucho tiempo que los niños, niñas y adolescentes aprenden más fuera de la escuela que dentro de las aulas y esta realidad se ha incrementado exponencialmente a partir de la proliferación de las redes sociales. Cualquier estudiante de educación básica o media superior de este país tiene a su alcance con un solo click en su teléfono celular, la información de estos excesos en el nivel de vida de quienes dicen representarlos y también de los grandes empresarios y de los miembros del crimen organizado que tienden también a exponer públicamente sus lujos y privilegios. No resulta difícil pensar que estos ejemplos se vuelven aspiracionales para ellos y tienen mucho más impacto que cualquier clase de ética o discurso sobre valores que reciban en la escuela.
Estos escándalos de nuestros reyes del verano y de los reyes de todas las temporadas del año me hacen pensar que a los cuatro grandes pilares para la educación del futuro que señaló la comisión de la UNESCO presidida por Jaques Delors: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir, tendría que haberse añadido el de aprender a tener.
¿Qué lugar ocupa el tener en el proyecto de vida de nuestras nuevas generaciones en este país y en este mundo superficial, consumista? ¿Cómo aprender a dar su lugar a ese poderoso caballero que es Don dinero, en lugar de ponerlo al centro de todas las metas existenciales? ¿Cómo lograr aprendizajes que lleven a valorar la propia dignidad humana y la de los demás y a no humillarse ante el oro como dice el poema de Quevedo? ¿Cómo construir estructuras socioeconómicas en las que el dinero no sea la llave para lograr todo lo que se quiera? ¿Cómo sanar esta cultura materialista en la que tener es la garantía de ser respetado e incluido en los círculos sociales sin importar cómo se obtuvo lo que se tiene?
Este es todo un desafío educativo en un contexto en el que el dinero se ha vuelto el amante y el amado de inmensas mayorías de personas influidas por la publicidad, la mercadotecnia y las múltiples ofertas de lucro fácil y sin esfuerzo. Este desafío conlleva enseñar a generar proyectos de vida pensados en comunidad y no de forma individualista, proyectos en los que el valor de la persona esté por encima del valor de sus posesiones, proyectos de vida que combatan la aporofobia.
Aprender a tener implica ir conociendo formas de vivir con lo necesario, de consumir de manera sustentable, de compartir lo que se tiene con los demás no desde la verticalidad de una caridad mal entendida sino desde la auténtica solidaridad que concibe al dinero y a las propiedades en función del bien común y no del ilimitado enriquecimiento personal.
Aprender a tener implica ser y convivir de manera justa, fraterna e incluyente, descartando la ostentación y la competencia con los demás por acumular. Aprender a tener implica comprometerse a construir una sociedad en la que el dinero no sea como dice Sabines en otro poema, el medio para lavarte las manos de la injusticia y el crimen, para apartarte del trabajo y quedar absuelto de vivir.