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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Bety, la…

Beatriz Gutiérrez Müller exigió reivindicaciones a la nación en la que habitará ahora como ciudadana

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Lunes, Agosto 18, 2025

Como colofón al resquebrajamiento moral del Movimiento de Regeneración Nacional saturado hoy por hoy de lacerante corrupción, galopante nepotismo y descaro financiero, Beatriz Gutiérrez Müller se muda a Madrid a estrenar su nacionalidad gachupina y a inscribir al último juniorcito de López Obrador en la españolísima Universidad Complutense.

Amor de madre, dirán sus defensores y sería un argumento irrefutable si no fuera porque su declarada pasión a México la llevó a exigir reivindicaciones ―que no se han cumplido, ni se cumplirán― a la nación en la que ahora habrá de habitar como ciudadana, pudiendo elegir cualquier otra a la que no hubiera conminado a disculparse de los atropellos y agravios que nos han propinado a lo largo de la historia.

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Y peor aún para su vergüenza ya que, como súbdita de la Corona Española, estará en el predicamento de tragarse con su recién adquirida boca ibérica, lo que profirió con su boca mexicana.

A más del papelazo en que pone a su todavía cónyuge dejándolo a los ojos de todos como un gilipollas, gracias a sus malinchistas acciones de apoltronarse en la antigua Madre Patria como cualquier priista o panista de cochambroso pasado, tan vituperados por ella en aquellos límpidos tiempos del virginal cuatroteismo, cuando no aceptaba de jure pero sí de facto ser la Primera Dama de México.

En su faceta de historiadora traté a la doctora Gutiérrez Müller en dos ocasiones. Ambas relacionadas con sendos libros de su autoría sobre cuitas de la Revolución Mexicana. Quiero suponer que producto del tema de los textos prefirió presentarlos en el Museo Casa de los Hermanos Serdán y no en la BUAP (aunque quién sabe si habría otras razones de envidias y rencores académicos), durante algunos de los años cuando dirigí dicho recinto museístico.

La primera vez la gestión fue promovida por Julio Glockner. Un día me consultó si podrían efectuar la presentación en algún lugar del museo. Acepté, pero informándole que, como eran los lúgubres días de la administración de museos por parte de Octavio Ferrer y el manejo financiero de Pepe Morales, el museo carecía de un elemental sistema de sonido pues no contábamos con bocinas ni micrófono (aun de los pinchurrientos que vendían en Elektra o en Coppel).

Asimismo, le advertí a Julio que el evento transcurriera antes de las cinco de la tarde porque, como tampoco había focos suficientes en el recinto, a las seis ya se habría oscurecido a tal grado que sería imposible vernos.

Aun así, Julio aceptó de buen grado ―e imagino que Beatriz también―, pues se aparecieron, aunque tarde y sin más acompañantes que un par de personas que no supe o no recuerdo quiénes serían, pues eran los tiempos en que la doctora sólo era eso y supongo que nadie consideró necesario hacerle la corte académica y mucho menos la política.

La segunda vez fue totalmente distinto ya que se perfilaba el triunfo de la 4T, por lo que en esa ocasión el director del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, el doctor Francisco Vélez Pliego, me llamó solicitando que acogiéramos la presentación del segundo libro de la doctora Gutiérrez Müller.

Este evento fue de otro modo pues, en pleno, el cuerpo académico femenino del ICSyH se apersonó llenando hasta el tope el modesto salón de usos múltiples de la Casa de los Hermanos Serdán. La mesa principal tenía diez u once personas cuando menos, todas sonrientes ante las cámaras.

El acto entonces transcurrió en un ambiente de fiesta académico democrática con la presencia de la prensa local y alguna nacional, así como infinidad de selfies y bienaventuranzas, menos por el libro y más por el inminente cambio político y moral que habría de acontecer en el país de la mano de la pareja del momento Beatriz y Andrés Manuel.

Y el cambió aconteció, sin duda, en muchas de las vergüenzas nacionales que habíamos vivido hasta entonces, pues la fulgurante retórica de la Patria Pobre Primero y El Honor de México ante todo, emocionó y convenció provocando el seguimiento casi ciego de la nueva doctrina basada en el resarcimiento de las deudas a los pueblos originarios, al grado que el uso de sus modos y costumbres se hicieron credo y religión verdadera (y no como en el echeverrismo cuando la compañera María Esther Zuno [tampoco le gustaba el apelativo de Primera Dama] los ridiculizó de tal manera que se ganó el mote de Doña Molotes).

Y esta reivindicación y defensa histórica cuatroteísta llegó a tales alturas que, en un arranque del más puro arraigo indigenista, desde Comalcalco Andrés Manuel, con Beatriz a su lado, conminó a la Corona Española a retractarse públicamente de su ancestral barbarie.

Esa imagen quedó para la historia y, tanto así, que hoy ante el rumor no desmentido de que la Primera Historiadora del País la ha olvidado para largarse a Madrid ―con el pretexto baladí de que su hijo curse una licenciatura en la Complutense, institución que ocupa el sitio 253 en el ranking universitario internacional y no en la mexicanísima UNAM ¡que ocupa el sitio 123 en el mismo ranking!― es para restregarle el argumento a Bety en toda su novísima nacionalidad, señalándole que, como asegura el pueblo bueno y sabio: “La mona, aunque la vistan de seda, mona se queda”, o sea: tan mexicana cual es y no como aparece en su pasaporte español.

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