“Quedaba la seguridad de que algún día
volverían los buenos tiempos del ayuno
como espectáculo”.
F. Kafka
“La tristeza de López Obrador” según su valedor, Jorge Zepeda Patterson.
Una vez más, Z. P. no solo miente sobre la franciscana austeridad de López Obrador; lo suyo, además de mentir es entrampar, desviar la discusión hacia un terreno intocable, irrefutable. Y allí, donde no hay espacio para la refutación, tampoco lo hay para el conocimiento científico y, mucho menos, para la polémica democrática.
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El problema no queda ceñido al núcleo familiar básico, sino que ese modelo patrimonial, se haya convertido en el anclaje político que rigió el lopezobradorato y siga permeando nuestra vida política.
En nombre de la lealtad se revivió a los peores actores políticos; en nombre de la lealtad se sacrificaron las mejores instituciones democráticas (el caso de CONEVAL es el más significativo); en nombre de la lealtad se renunció a los mejores cuadros para dirigir el país. En nombre de la lealtad se acabó con la más elemental condición de la democracia: la pluralidad. Y hacia la anulación de la diferencia camina ahora la reforma electoral.
La cuestión no pasa, solo, por Shakespeare y las “pasiones tristes” que despierta el poder junto a los fantasmas del incesto y la muerte del padre; se centra, en lo fundamental, en Frankenstein, y las ambiciones de una racionalidad que acaba convirtiéndose en monstruosa.
¿Quién alimentó todos esos esperpentos que transitan hoy por nuestra vida política? Con la diferencia, claro, que en la novela de Shelley, ese engendro todavía reconoce al otro y mantiene un límite, a diferencia de lo que estamos viviendo hoy.