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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Guadalupana poblana de 500 años

¿Por qué no el gobernador y el arzobispo de Puebla aun no estructuran un plan para la celebración?

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Jueves, Julio 31, 2025

Al inicio de la semana el periodista Jesús Manuel Hernández publicó en las páginas de este diario un informado análisis de la sucesión del arzobispado en Puebla. El texto en cuestión, titulado sugerentemente Grilla eclesiástica, aborda las cuitas alrededor del inminente relevo de don Víctor Sánchez Espinosa, máximo prelado actual de Puebla.

Destaca el texto entre “los probables sucesores” a monseñor Eugenio Lira Rugarcía, actual obispo de Matamoros, Tamaulipas. La sabrosa y bien fundamentada colaboración de Jesús Manuel merece la lectura de primera mano, por lo que cualquier comentario adicional le vendría “como un par de pistolas a un santo” como gustan de decir los católicos antiguos.  No obstante, es de desear ―y esperar― que en subsecuentes entregas, el periodista continúe con el análisis de los otros aspirantes a “La Grande Arzobispal en Puebla”, dentro de los cuales podrían estar, supongo, los obispos auxiliares Francisco Javier Martínez Castillo y Tomás López Durán. En fin, hagamos votos porque así suceda.

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Sin embargo, para mis intereses reflexivos personales sobre la cultura y lo cultural, el artículo me incitó a pensar que a cualquiera de los obispos involucrados en la sucesión de don Víctor, le tocará en suerte conducir a la grey poblana en uno de los acontecimientos más magníficos y de mayor trascendencia para el catolicismo mundial: el Quinto Centenario de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe. Incidentalmente, dichos 500 años de tan portentoso suceso sucederán en el 2031, mismo año éste en el que se cumplen los primeros cinco siglos de la fundación de la ciudad de Puebla. ¡Maravillosa coincidencia, sin duda alguna!

Y, si bien, tanto el evento poblano como el guadalupano poseen sus particulares antecedentes, protocolos y eventos de gracia y celebración, no hay duda que, asimismo, estos hechos compartirán una espléndida coexistencia cultural, tradicional y de inusitada trascendencia para los mexicanos en general y los poblanos en particular.

Por tal motivo, en el mismo tenor que no comprendo la apatía gubernamental poblana en posponer y posponer y posponer la integración de un organismo, comité o delegación encargada desde ya, en comenzar a preparar los festejos y, por ende, la proyección nacional e internacional nuestra patria chica a través de la celebración del Quinto Centenario de la Fundación de Puebla, menos entiendo aún ¿por qué no tenemos noticias de que el gobernador y el todavía arzobispo de Puebla se hayan abocado a la tarea de estructurar un mínimo plan de acción para que nuestro estado y sociedad se sumen venturosamente a la portentosa celebración Guadalupana 500 años?

Podría ser que la razón fuera el que a ninguno de ellos les tocará en suerte ser los representantes eclesiástico y gubernamental, respectivamente, en ese ya próximo 2031; pero me niego a pensar que la estatura moral y poblana que ambos han demostrado en su desempeño estarían poniéndola de lado en algo de tal envergadura histórica y cultural, por el simple accidente cronológico que no estarán al frente de sus respectivas instituciones para ese entonces.

Pero si fuera el caso, considero, que si el fervor guadalupano y poblano no les es suficiente para desde ahora sentar las bases de dicha colaboración, ambas instituciones deberían reflexionar sobre la increíble oportunidad turística, identitaria, humana e incluso financiera que significará formar parte activa del cumplimiento ―dentro de escasos seis años―, de este doble prodigio que, por un lado, significó la creación de una ciudad que hoy, transformada en estado, ha representado y representa una de las historias más exitosas de desarrollo e integración social, cultura y humana de nuestra nación; y por el otro, el milagro que trajo a estas tierras mexicanas la gloria de la aparición de la advocación mariana más venerada en el mundo. (Y antes que comiencen los pitos y reclamos de los furibundos reformistas lerdistas, aclaro que soy un entusiasta defensor del laicismo nacional; pero ello no obsta para que conste que actualmente la importancia nacional de Benito Juárez y la Virgen de Guadalupe, no deberían contraponerse en nadie bien nacido en México).

Y sí, a pesar de lo expresado, todavía tuvieran resquicios de duda estos actuales líderes sobre una colaboración en beneficio de Puebla, ellos mismos deberían considerar que, de acuerdo a lo visto en peregrinaciones guadalupanas de los últimos años, en el 2031 es posible que asistan alrededor de 50 o 100 millones de peregrinos de todas partes del planeta.

¿No sería sensato, entonces, prepararnos para atraer a, digamos, un 10 o 20 por ciento de esos peregrinos guadalupanos a nuestra propia celebración del Quinto Centenario de la Fundación de esta ciudad y, por ende, del estado, a admirarse con nuestro virreinal centro histórico remozado, nuestros pueblos mágicos originarios renovados y relucientes, nuestra gastronomía, nuestras tradiciones y nuestros santuarios como el de la Virgen de los Remedios o al milagrosísimo Señor de las Maravillas y, ya encarrilados, extender la fiesta poblana guadalupana desde abril a diciembre?

Termino esta reflexión parafraseando la sabiduría popular que invita “A Dios rogando y con el mazo dando”, en la ya necesaria planeación conjunta: gobierno, clero y sociedad, a instituir los comités, agrupaciones, consejos y demás organismos para asegurar una celebración de ambos acontecimientos centenarios con el decoro, magnitud y relevancia que se merecen.

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