Desde hace tiempo me inquieta una pregunta: ¿qué es el tiempo? No el tiempo de los relojes, ni el de las agendas. Me refiero al tiempo que vivimos, el que sentimos pasar, el que nos hace envejecer, el que nos permite recordar y amar. ¿Es una realidad externa? ¿Una ilusión? ¿Una construcción social? Esta búsqueda me llevó a escribir el ensayo Tiempo, Movimiento e Información: Fundamentos de una Ontología Relacional, donde propongo que el tiempo no es una cosa, sino una relación: una forma de estar con, de ser en vínculo, de participar en el movimiento del ser.
Tiempo y movimiento: una antigua danza
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Mi punto de partida fue Aristóteles. Él decía que “el tiempo es el número del movimiento según el antes y el después” (Física IV, 11, 219b1). Esta frase, tan sencilla, contiene una clave profunda: el tiempo no es algo aparte del movimiento, sino una forma de medirlo, de darle sentido. Tomás de Aquino lo retoma y matiza: “El tiempo es en cierto modo medida del movimiento, y en cierto modo se mide por él” (In Physicorum, lib. 4, lect. 17, n. 543). Esa reciprocidad me fascinó: ¿y si no solo medimos el movimiento con el tiempo, sino que el movimiento mismo genera tiempo?
Einstein, relojes y aviones
En el siglo XX, la física dio un giro radical. Einstein mostró que el tiempo no es absoluto. Depende de cómo te muevas y de dónde estés. Un reloj en un satélite va más rápido que uno en la Tierra. Lo comprobó el experimento de Hafele y Keating en 1972: “Los relojes transportados en aviones que volaron alrededor del mundo experimentaron cambios de tiempo coincidentes con los predichos por la teoría de la relatividad” (Hafele & Keating, 1972, p. 168).
Esto me ayudó a ver que el tiempo no es un escenario donde ocurren las cosas, sino algo que sucede con las cosas, con nosotros. Como dijo Einstein: “La distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión persistente” (Carta a Besso, 1955).
Entropía: el desorden que da dirección
Pero, ¿por qué el tiempo solo avanza? La respuesta está en la entropía. Como explicó Stephen Hawking: “la ley del aumento de la entropía es lo que da al tiempo una dirección: del pasado hacia el futuro” (A Brief History of Time, 1988, p. 146). Y Roger Penrose añadió que esta flecha temporal nace del “estado de muy baja entropía en el que se hallaba el universo al comienzo” (Penrose, 1989, p. 302).
Comprendí entonces que el tiempo fluye porque las cosas cambian de estado, porque el calor se disipa, porque la vida y la muerte son irreversibles. El movimiento, cuando se vuelve irreversible, se convierte en historia.
Información: el alma invisible del tiempo
Me sorprendió descubrir cuánto tiene que ver la información con el tiempo. Shannon, el padre de la Teoría de la Información, definió su cantidad como “el logaritmo de la probabilidad inversa del mensaje” (Shannon, 1948, p. 380). En otras palabras: informar es seleccionar. Y seleccionar lleva tiempo.
Landauer lo dijo con claridad: “Borrar información es un proceso irreversible que genera una cantidad mínima de calor” (1961, p. 183). La información tiene un costo físico. Y ese costo, curiosamente, se paga en energía, movimiento… y tiempo.
Pericoresis: el tiempo como comunión
Aquí el ensayo dio un giro teológico. Me pregunté: ¿y si el tiempo no fuera solo cambio, sino también comunión? Busqué en la teología trinitaria y encontré el concepto de pericoresis. San Juan Damasceno escribió: “Las Personas divinas existen unas en otras sin confusión ni separación, y se contienen mutuamente en una pericoresis sin división” (De fide orthodoxa, I, 8).
Esa idea me conmovió: el ser mismo, en Dios, es relación, movimiento, danza. Hans Urs von Balthasar lo expresó mejor: “La eternidad de Dios no es inmovilidad, sino acto inagotable, fuente de todo tiempo” (Gloria V: La forma y el misterio, 1982, p. 200).
Una ontología relacional
No es solo filosofía ni física ni teología. Es una manera de ver el mundo. Carlo Rovelli, físico cuántico, afirma que “el tiempo es una variable parcial. Su flujo depende del punto de vista del observador. Es una propiedad relacional” (The Order of Time, 2018, p. 69).
Entonces comprendí: el tiempo no solo mide el movimiento, el tiempo se genera cuando hay relación. Cuando hay encuentro. Cuando hay historia.
¿Por qué importa todo esto?
Porque vivimos en un mundo que mide el tiempo, pero no lo habita. Que corre sin moverse. Que olvida que cada segundo es una posibilidad de comunión, de sentido, de creación.
Por eso escribí este artículo. Para recordar —me lo recuerdo a mí mismo— que el tiempo es el pulso del ser, que el movimiento no es solo desplazamiento, sino gesto, don, invitación. Y que la información, lejos de ser abstracta, es lo que nos teje, nos comunica, nos vuelve personas.
Epílogo
Esta búsqueda me ha mostrado que el tiempo no es un tirano, ni un misterio inalcanzable. Es, tal vez, una señal de que somos parte de algo más grande, de una sinfonía donde todo está en movimiento, donde cada acto deja una huella, donde ser es estar en relación.
Y si el tiempo es comunión, entonces tal vez estamos hechos para el encuentro.
Valoremos que “dar tiempo es dar vida”.
Les invito a escuchar el podcast de “Laicos en la Vida Pública” sobre este tema en la siguiente liga: https://tinyurl.com/5e9jem6s.
Referencias
Aristóteles. (2002). Física (T. Calvo, Trad.). Editorial Gredos.
Ashby, N. (2003). Relativity in the Global Positioning System. Physics Today, 55(5), 41–47.
Damasceno, J. (2020). La fe ortodoxa (De fide orthodoxa) (E. A. Ramos, Trad.). BAC.
Einstein, A. (1905). Zur Elektrodynamik bewegter Körper. Annalen der Physik, 322(10), 891–921.
Hafele, J. C., & Keating, R. E. (1972). Around-the-World Atomic Clocks: Observed Relativistic Time Gains. Science, 177(4044), 168–170.
Hawking, S. (1988). A Brief History of Time. Bantam Books.
Landauer, R. (1961). Irreversibility and Heat Generation in the Computing Process. IBM Journal of Research and Development, 5(3), 183–191.
Page, D. N., & Wootters, W. K. (1983). Evolution without evolution: Dynamics described by stationary observables. Physical Review D, 27(12), 2885–2892.
Rovelli, C. (2018). The Order of Time. Riverhead Books.
Shannon, C. E. (1948). A Mathematical Theory of Communication. The Bell System Technical Journal, 27(3), 379–423.
Von Balthasar, H. U. (1982). Gloria: Estética teológica. Volumen V: La forma y el misterio. Ediciones Herder.
Wheeler, J. A. (1990). Information, Physics, Quantum: The Search for Links. En W. Zurek (Ed.), Complexity, Entropy and the Physics of Information (pp. 3–28). Addison-Wesley.
Zeh, H. D. (2007). The Physical Basis of the Direction of Time (5.ª ed.). Springer.