Próximamente conmemoremos un aniversario de la entrada triunfal del Frente Sandinista en armas a la ciudad de Managua, y dada la concatenación de acontecimientos suscitados en el último medio siglo, al menos ello, hasta antes de haberse presentado el brote de la pandemia de coronavirus y el estallido de la guerra un Ucrania, pudiera antojarse como un suceso reciente.
La prohibición de asistencia a la contra decretada por la Enmienda Boland derivó, a contracorriente de todos sus propósitos, en la acción clandestina que desde el Consejo Nacional de Seguridad encabezaría el teniente coronel Oliver North con el abierto respaldo de Bill J. Casey, el último de los jefes legendarios de la temible Agencia Central de Inteligencia.
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Recuerdo el espíritu vibrante que llegó a sentirse tras aquella entrada triunfal del 19 de julio del 79 entre los alumnos del colegio a cargo de los padres de la Compañía de Jesús al que asistía, y a mi compañero Carlos Zeledón que públicamente manifestaba simpatías hacía los sandinistas, pese a haber llegado al país con su familia que huía en aquel momento del triunfo de la revolución.
Recuerdo, asimismo, años después, las charlas que inentendibles del todo por ser en idioma alemán, que sostenían en la cafetería del Hotel María Cristina de la Colonia Lerma los corresponsales de Der Spiegel, y cuyas pocas alusiones en castellano y ya no digamos el entusiasmo que desplegaban en su semblante y lenguaje corporal dejaba de manifiesto que se referían claramente a los sucesos de América Central, interrumpiendo con ello mi estudio de la lección de Derecho Constitucional para la sesión del día siguiente que impartía mi entrañable maestro Elisur Arteaga Nava.
El transcurso subsiguiente de los acontecimientos resulta incomprensible sin remitirnos a aquella mañana del 19 de julio en Managua, y puedo darme el lujo de decir que el carácter central que en el acontecer del hemisferio se derivó de aquello, lo platiqué a cabalidad con un hombre clave de la vida del país como lo fuera don Horacio Labastida, a la sazón, nuestro embajador en Nicaragua en los días más álgidos de la implementación del operativo que llegó a ser conocido en los titulares de la prensa internacional con el emblemático nombre de “Irán-Contras”.
Los integrantes al menos de toda una generación, encontrarían en ello, no una explicación de la historia política, sino la innombrable experiencia de haberse asomado a las aristas más recónditas del mundo, algo que bien podría recordar las charlas de mi abuelo , o los relatos de Hemingway, Malraux , o Sartre sobre la Guerra Civil Española.
“Por el Cero de la Iguana, montaña adentro de las Segovias”, la sublevación popular contra Somoza se antojaba para los jóvenes de aquel momento como “el primer amanecer del mundo”, dijéramos parafraseando a Octavio Paz en su “elegía a un compañero muerto en el Frente de Aragón”, poema que remite de inmediato a la inmortal imagen captada por la lente del fotógrafo de Roberto Kaplan.
Cualesquiera que puedan ser las consideraciones sobre el eventual desenlace de una oferta de tal magnitud en el horizonte de la vida, no hay quien deba ser privado en algún momento justo de su vida por breve o duradera que pueda llegar a ser, de anhelos y entusiasmos de tal índole.
Agradezco enormemente al excelentísimo embajador Juan Carlos Gutiérrez Madrigal la gentileza de haberme invitado a una ceremonia que este año se adelantó algunos días y que, en lo personal, me significa menos por la indudable importancia de su sentido diplomático o político, que por la posibilidad de recapitular la memoria de los años transcurridos.