Desde la Secretaría de Educación Pública se han emitido diversas normativas para promover y regular la convivencia escolar, sin embargo, las recomendaciones y protocolos establecidos se caracterizan por su complejidad para su ejercicio puntual, además que parece que se le asignan a directores, maestras y maestros una serie de responsabilidades de manera unilateral y que nos les corresponden. Esto es una zona de vulnerabilidad para los docentes que de alguna forma tensiona su labor pedagógica, además de llevarlos a condiciones de alteración en su estado emocional y social, con las implicaciones correspondientes.
Alfonso Torres Hernández. Vulnerabilidad de los docentes. Milenio. Hidalgo / 04.07.2025.
En estas semanas se hizo viral el caso del profesor Esteban, un docente de Baja California, quien fue acusado injustamente de omisión de auxilio por el fallecimiento de un estudiante de la escuela de Mexicali en la que trabajaba, que ocurrió aparentemente al ser empujado por un compañero que ejercía bullying sobre él. Este maestro fue declarado culpable y sentenciado por un juez a seis meses de prisión conmutables -por lo que no tuvo que pisar la cárcel-, tres días de multa y sin condena de reparación del daño, a pesar de que cumplió con estrictamente con el protocolo marcado por la Secretaría de Educación Pública para estos casos.
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La demanda y proceso de este caso se sumó a otro muy difundido también en la prensa y las redes sociales que fue el de la profesora Tere, de Querétaro, que sí estuvo en la cárcel por un tiempo debido a la demanda que interpusieron, también infundada, unos padres de familia en su contra. Afortunadamente y tal vez por el ruido mediático, se hizo justicia en su caso y se le declaró inocente dejándola en libertad.
Aunque estos dos casos ya tuvieron su vigencia en el debate público y como pasa desafortunadamente en esta época de escándalos fugaces y olvidos rápidos, los traigo a colación porque quienes trabajamos como docentes, investigadores y/o divulgadores sociales del conocimiento en el campo educativo, tendríamos que seguir insistiendo en este tema de la vulnerabilidad docente que señala acertadamente el autor del artículo del que tomo el epígrafe de hoy, puesto que las autoridades y el mismo sindicato no parecen darle la importancia que tiene.
Pero además de esta fragilidad ante las demandas legales que ocurren en mucho más casos de los ya mencionados, pero que no tienen tanta cobertura ni se hacen virales, la semana pasada ocurrió otro hecho muy lamentable que muestra desde otro ángulo, la creciente vulnerabilidad en la que viven todos los y las docentes en estos tiempos de crisis, violencia, desconfianza y falta de cooperación entre los distintos actores educativos.
Se trata del fallecimiento de la maestra Minerva Sánchez en una escuela primaria de la comunidad de Misantla en Veracruz, debido a un infarto fulminante que sufrió delante de todos los alumnos y profesores de la institución en medio de la ceremonia cívica que se realiza semanalmente en todas las escuelas del país.
Esta trágica muerte de la profesora Minerva causó también conmoción en el magisterio y en las redes sociales “…distintas voces del magisterio han compartido reacciones solidarias y de indignación, mientras algunos docentes han recordado otros casos similares ocurridos en ese país en los últimos años, como parte de un patrón de desgaste docente extremo…”.
Creo que hay mucho de verdad en estas expresiones de condolencias mezcladas con una buena dosis de indignación frente a la muerte repentina de una educadora en su escenario de trabajo. Porque si bien es cierto que hay muchos elementos que pueden causar un infarto fulminante en una persona, desde factores de predisposición genética, hábitos de alimentación y de actividad, situaciones de estrés personal o familiar, etc. también resulta innegable que en los tiempos que corren hay una sobrecarga administrativa y de otras demandas diversas que aunadas a la enorme responsabilidad y desgaste que implica el estar frente a un grupo escolar que influyen en que ocurran este tipo de incidentes trágicos.
Nos encontramos muy lejos de aquellos tiempos en los que el profesorado era un grupo admirado, valorado y apoyado por los padres y madres de familia, por los directivos y las comunidades. Esos tiempos en los que las figuras centrales en un poblado o municipio eran el médico, el sacerdote y el maestro o maestra.
En aquellos tiempos de la educación tradicional o mejor dicho, tradicionalista, la palabra del docente era sagrada y se consideraba su rol como fundamental para la formación de buenas personas, de ciudadanos honestos y responsables, de profesionistas comprometidos con su patria y de seres humanos solidarios con todo aquello que construyera un mundo mejor.
Sin duda había excesos en esas épocas aparentemente doradas para el magisterio, puesto que la penalización social a cualquier cuestionamiento sobre lo que los docentes afirmaban sobre las distintas asignaturas que se consideraba como verdad absoluta y se aceptaba sin cuestionar, lo mismo que sus criterios de disciplina, premio o sanción derivado del comportamiento de los educandos, hicieron que se tolerara y hasta de admirara e incentivara el dogmatismo y el autoritarismo en las escuelas y universidades.
Los profesores y profesoras con autoridad incuestionable fueron sin duda muchas veces arbitrarios, injustos, impositivos y algunas veces también, violentos -tanto simbólica como aún, físicamente- y resulta positivo que su hegemonía se haya ido desvaneciendo con el tiempo y el crecimiento de la agencia de los educandos y de los padres de familia.
Sin embargo, el paso que se dio no fue hacia una colaboración constructiva y dialógica entre ellos y sus estudiantes, entre sus equipos y quienes tenían la responsabilidad de gestionar directivamente la escuela, entre las familias y la escuela, sino que devino en una especie de polarización revanchista en la que muchas veces la obediencia y el temor o el respeto genuino pero ciego se sustituyó por una especie de revancha o competencia, de descalificación y hasta de cancelación de su trabajo, con la consecuente disminución de su auténtica autoridad, del respeto a sus derechos y dignidad, de su estatus social.
Del autoritarismo que imponía se ha transitado a la indefensión que lleva a acusaciones, demandas o descalificaciones que cuestionan su trabajo que en la mayoría de las veces se realiza de buena fe, con todo cuidado y responsabilidad a pesar de las propias limitaciones como seres humanos que son y también al estrés que los tiene todo el tiempo en una actitud defensiva más que creativa, responsiva más que responsable, de temor al compromiso en lugar de amor a cada estudiante.
Es momento de detenernos como sociedad y reflexionar sobre esta situación de vulnerabilidad de los docentes y reconstruir el camino, no para volver a los viejos tiempos del profesor autoritario sino para avanzar hacia adelante hacia una auténtica cooperación corresponsable.