Se cierne una nueva amenaza contra México y la Unión Europea. Trump habló de imponerle aranceles a sus socios comerciales, igual que lo hiciera antes con Canadá, si no se lograba una negociación satisfactoria antes del primero de agosto.
Esta estrategia amenazante no es nueva. Y el mundo ha ido aprendiendo que Trump “ladra, pero no muerde”. Por esta razón, los anuncios de ahora incluyen cartas formales emitidas desde la Casa Blanca. Es un intento por darle seriedad al anuncio del presidente norteamericano, quien ha sido criticado previamente por dar marcha atrás a sus anteriores amenazas arancelarias.
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Ya habíamos discutido en este espacio que Trump y sus ideólogos imaginan que los aranceles obligarán a los estadounidenses a dar un giro industrial y productivo sin precedentes, para comenzar a producir en casa lo que tienen que exportar. Esta idea se sustenta en el proyecto de reindustrialización de los Estados Unidos, lo que lo volvería a convertir en una potencia manufacturera. Pero esta idea tuvo su clímax en los años setenta del siglo pasado, pero en la actualidad, con el desarrollo tecnológico, la robótica y la inteligencia artificial, Estados Unidos no volverá a ser una nación de obreros calificados y prósperos económicamente.
Hay cuatro razones que explican el uso reiterado de los aranceles por Trump. La más inmediata y evidente es que, amenazar con imponer aranceles, es una carta fácil para hacerle ver al mundo y los votantes de Trump que es un hombre fuerte, duro, decidido, valiente y poderoso.
Imponer aranceles puede serle a su país contraproducente. Pero, por eso siempre está abierta la salida de decir “hemos llegado a un acuerdo y por esa razón no impondré aranceles o los retrasaré”.
La segunda razón de usar este mecanismo de presión es que resulta muy común, señalan diversos analistas, en las estrategias de competencia en el mundo de los bienes raíces que Trump conoce bien, particularmente en la ciudad de Nueva York, caracterizada por ser un imperio de corrupción en el tema de la construcción y los desarrollos inmobiliarios. Lo que le faltaría a Trump es comprender que el mundo no se moverá como un adversario neoyorquino. El ejemplo está en China, un país con una cultura cinco milenios que observa los exabruptos “trumpianos” y cómo suele recular cuando no le dan resultado
La tercera razón sugiere que es una estrategia fundamentada en el principio de incertidumbre política. “Los científicos políticos llaman eso la ‘Teoría del loco’, en la que un líder mundial busca convencer a su adversario de que es temperamentalmente capaz de cualquier cosa, para extraer concesiones. Utilizada de manera eficaz, puede ser una forma de extorsión y Trump cree que le está dando dividendos, posicionando a los aliados de Estados Unidos donde los quiere”.
De este tema se ha venido hablando ya con amplitud. Incluso se compara a Trump con Richard Nixon, quien gustaba de jugar en un sentido muy similar. Y, precisamente, la amenaza de aranceles ajusta perfectamente a la estrategia de ser impredecible sin poner en riesgo la estabilidad del país. Porque Trump juega a ser “el loco” en el terreno comercial, algo que no es tan peligroso como el terreno de la guerra.
¿Qué provoca Trump con todo esto? Primero, que la Unión Europea y México acudan a negociar que no se les impongan aranceles, lo que les obliga a mover sus piezas y quizá a hacer concesiones de las que nos iremos enterando a cuenta gotas. Segundo, que su base electoral le aplauda y le celebre sus posturas firmes y amenazantes. Sus votantes añoran ver a Estados Unidos como la superpotencia que dice ser, pero sin usar estrategias solidarias, conciliadoras o multilaterales. A sus votantes les gusta el unilateralismo y la estrategia arancelaria cae perfectamente en ese universo simbólico y real. Por último, a Trump le hace sentir que tiene la sartén por el mango en la política económica y comercial del mundo.
Esto último es cierto. Estados Unidos tiene el PIB nominal más alto del mundo estimado en cerca de 27 billones de dólares en 2024. El dólar representa alrededor del 60 por ciento de las reservas mundiales y sigue siendo la moneda de la mayoría de las transacciones del comercio global. Y su enorme mercado interno impulsa el comercio en todo el orbe, ya que representa más del 25 por ciento del consumo mundial. Esta es la cuarta razón de la estrategia arancelaria de Trump: la utiliza, porque puede utilizarla.