Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Usureros y embaucadores de la salud mental

Estamos en la época de la mercantilización del dolor psicológico ante la lógica de oferta-demanda

Eduardo Vázquez Reyes

Filósofo, lógico y periodista de Ciencia. Egresado de la Universidad Veracruzana. Docente de UPAEP y CEUT, campus Tehuacán, en las materias de  Filosofía, Lógica y Argumentación. Amante del análisis, la discusión y el debate público en temas de política científica, tecnológica y educación. Consultor de comunicación y discurso.

Jueves, Julio 10, 2025

Aunque parece obvio que la consulta en salud mental conlleva una gran responsabilidad ética y un compromiso social fuerte es común ver en el estado algunas clínicas (sobre todo privadas) que dentro de su publicidad ofrecen atención a diferentes problemas y también abarcan distintos tipos de pacientes, desde infancias hasta adultos mayores. ¿Realmente algo así es posible? ¿Hay gente que tiene esa visión holística, abarcadora? Si miramos con ojo crítico esta situación, la desconfianza sale a relucir, se manifiesta.

Dudemos un poco de la supuesta incidencia social de esas entidades, asociaciones y colectivos que “lo pueden todo”, que todo lo atienden: depresión, ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria, neurodivergencias como el espectro autista y el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), entre muchos otros que conforman su larga y dudosa lista.

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Los problemas psicológicos no son cualquier cosa ni pueden ser tratados con un mismo modelo que se aplique para uno y, a la vez, para  todos los casos. ¿O sí? Sin embargo, da la impresión de que solo es suficiente tener las credenciales básicas que acreditan a los terapeutas para atender cualquier padecimiento, sin importar si se trata de un caso leve, uno grave o hasta  uno de urgencia psicológica.  Ya no es necesario que el profesional cuente con una especialización o que delimite la cobertura de su clínica a ciertas afectaciones que sí domina.

Esta forma de ejercer y vender la terapia se está normalizando en nuestras ciudades. A veces, lamentablemente, por necesidad, lo cual no la justifica. En otras tantas, me temo y me atrevo a decir, por avaricia e irresponsabilidad social.  El terapeuta—ya sea que trabaje de manera individual o en colectivo— tiene el deber moral de demarcar hasta dónde podrían llegar sus habilidades y su enfoque y hasta dónde no.

Tiene que pensar si realmente está capacitado para atender a una persona que llega por un problema severo o uno que no lo es tanto, pero podría complicarse. No se trata de tener pacientes solo por llenar agenda. Lastimosamente, hay “profesionales” que sí piensan así y actúan y proceden así. Y viven entre nosotros, atendiendo, capacitando, ofreciendo charlas y comiendo muy bien.

Ocurre también que en muchas ocasiones por falta de acceso a una orientación digna no se cuestiona las razones por las cuales cierta propuesta de atención psicológica es adecuada. Existen actualmente instituciones educativas y empresas privadas con una urgencia y obligación por  encontrar clínicas serias y profesionales para canalizar  a sus trabajadores y estudiantes, sin embargo muy difícilmente encuentran la guía correcta. Es necesario, entonces, que como gestores se implemente un pensamiento crítico al respecto y se pida una atención especializada.

Ante esta situación, algunos de los riesgos menos graves que podemos ver son, entre otras cosas,  la posibilidad de diagnósticos no tan preciosos, la tergiversación en la socialización de conceptos y patologías y en pacientes insatisfechos que no ven para cuándo podrán salir de sus respectivos tormentos, para cuándo la luz se encenderá en sus senderos. En el peor de los casos, podríamos hablar de vidas que existencialmente se agravan, se complican y que podrían haber salido avantes de sus situaciones. Claro, de haber contado con una orientación mejor dirigida, mejor canalizada y más comprometida con su salud.

Desde este punto de vista, no se puede dejar de pensar que antes que un imperativo ético y moral se instaure en la mente del profesional y en su práctica clínica es la lógica de la oferta-demanda la que se impone, la que marca el rumbo que debe llevar el consultorio. Es ver a la atención psicológica como cualquier otro negocio de corte únicamente comercial, sin el factor importante de la humanización: ver a los pacientes no como personas, sino como clientes que van a sostener el capital y, que ante todo, hay que retenerlos para que la empresa no se venga abajo, sea competitiva.

Vistas así las cosas, no cabe duda alguna. Ya no la hay. Estamos en la época donde las emociones y lo dolores psicológicos son fundamentales para la cartera y la vida cómoda de ciertas personas. En nuestros días ya es posible lucrar con el sufrimiento, con la desesperación y tal vez –en lenguaje filosófico—con la desesperanza y con un vacío existencial que, a veces, no es fácil llenar, aunque se busque por todos los medios disponibles hacerlo, lograrlo.

Sí, lector o lectora, así como ha ocurrido en otros ámbitos a lo largo de la historia de la humanidad: en política, en novelas, en cine, en literatura, en religión. Pero hay que tener en cuenta que atender a alguien que está pasando por momentos psicológicamente difíciles no debe trivializarse. De hecho, se trata un reto para los profesionales de la salud mental. Me atrevería a decir que es un reto mayúsculo debido a la situación que vivimos en ese terreno, no solo en términos nacionales, sino también globales.

Tan solo a finales del año pasado, el 10 de octubre, en el marco del Día Mundial de la Salud Mental, el Observatorio de salud Mental y Adicciones señaló que de enero a septiembre se atendieron a 303, 356 personas, de las cuales 205, 336 fueron mujeres y 98,020 fueron hombres. Las condiciones más preponderantes resultaron ser la ansiedad (52. 8%) y la depresión (25. 1%), siguiendo a esta lista el trastorno de la conducta (7.0 %) y el TDAH (3.7 %).

En cuanto a la distribución por sexo destacó más presencia de mujeres en ansiedad (73.4 %), depresión (78.8%), trastorno bipolar (67 %) y estrés postraumático (66.7%). En el caso de los hombres destacaron los casos de trastorno de déficit de atención (81.1%), el trastorno del espectro autista (77.8%) y el trastorno de la conducta infantil y de la adolescencia (60.5%), según su publicación “Una mirada a la atención en salud mental en México: principales condiciones atendidas en el Sistema de Salud”.

Es un panorama que llama demasiado la atención. Además de los muchos que entran en esos números, hoy tenemos ante nosotros una sociedad que se enfrenta a problemas de salud mental y que no cuenta con la orientación necesaria para encontrar una atención adecuada. En el peor de los casos (por falta de recursos económicos y oportunidades) ni siquiera con la posibilidad de ser atendidos,  menos por alguien con la especialización y sobre todo con la ética necesaria, que los lleve por buen puerto.

Vemos a nuestro alrededor cada vez más casos y más señales que nos muestran una ciudadanía lacerada por la no afectividad, por la escasa gestión de emociones y por la falta de una comunicación asertiva y el nulo acceso a una escucha realmente activa que no implique por bandera el prejuicio y la crítica sin fundamento.

Sabemos a diario de casos de depresión y ansiedad que conforman los índices ya registrados, ¡pero cuántos aún no lo están! ¿Qué podemos hacer, además de alzar la voz? ¿Qué vamos a hacer?  El tiempo y la presión social lo dirán.

¡Leven anclas!

X : @eduardocorsario
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