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OPINIÓN

El eco cósmico, aún sin respuesta

¿Estamos solos? La humanidad persiste en responder la pregunta más antigua

Nelson Loranca y Campos

Licenciado en Derecho por la IBERO Puebla, maestro en Derecho (USAM) y doctor en Derecho en Ciencias Penales y Juicios Orales (USA). Magistrado Federal por el 28 Circuito. Es académico y columnista.

Jueves, Julio 10, 2025

“No creo que la humanidad sobreviva en los siguientes                                                                     
mil años, al menos sin que nos propaguemos en el espacio”.

Stephen Hawking*

Una de las preguntas más antiguas que ha acompañado a nuestra civilización desde la aurora del pensamiento es si estamos solos en el universo. Esta duda, profundamente enraizada en la conciencia humana, ha inspirado incontables textos religiosos, filosóficos y científicos. También ha sido objeto de numerosos estudios en campos como la física, la astronomía y la biología.

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En la mayoría de estas reflexiones aparece, de una u otra forma, la noción de Dios. El propio Hawking afirmaba: “No digo que Dios no exista. Dios es el nombre que la gente le da a la razón por la que estamos aquí. Pero creo que esta razón son las leyes de la física y no alguien con quien podemos tener una relación personal.”

El 17 de febrero de 1600, en el Campo de’ Fiori, en Roma, fue quemado en la hoguera el joven monje dominico Giordano Bruno, condenado por la Santa Inquisición. Su crimen fue afirmar: “Existen innumerables soles… Tierras… seres vivos que habitan esos mundos.”

Durante la Ilustración —época mayormente benevolente con las ideas cosmológicas—, Bernard de Fontenelle publicó en 1686 Entretiens sur la pluralité des mondes (Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos), donde defendía la existencia de vida en el sistema solar. Su obra inauguró la tradición especulativa sobre la vida extraterrestre.

En 1862, Camille Flammarion retomó el tema con Sur la pluralité des mondes habités (Sobre la pluralidad de los mundos habitados). En él guiaba al lector a través de las visiones cosmológicas de las civilizaciones antiguas, los primeros siglos del cristianismo y el Renacimiento, explorando sus concepciones sobre la Tierra, Dios y el universo. En un pasaje, cita a Xenófanes: “El antropomorfismo es una tendencia natural, a tal punto que si los bueyes quisieran crearse un Dios, lo concebirían bajo la forma de un buey y los leones bajo la forma de un león, como los etíopes que crean divinidades negras y los tracios que les dan una ruda y salvaje fisonomía.”

Dioses Leones, creada con Sora, julio 2025.

El libro avanza profundizando en temas como la estructura del sistema solar, la fisiología de los seres y la velocidad de la luz. Flammarion sostenía que la Tierra no era más que un astro oscuro, habitado por una especie entre muchas en el vasto universo.

A mediados del siglo XX, la especulación dio paso a la ciencia. El concepto de SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence) se consolidó como un campo de investigación científica gracias a tres hitos fundamentales:

Primero, el inicio de la era espacial con el lanzamiento del Sputnik 1, el primer satélite artificial puesto en órbita por la Unión Soviética el 4 de octubre de 1957.

Segundo, en 1959, los físicos Giuseppe Cocconi y Philip Morrison publicaron en la revista Nature el artículo “Searching for Interstellar Communications”, en el que proponían buscar señales de civilizaciones extraterrestres mediante ondas de radio. Concluían: “La probabilidad de éxito es difícil de estimar: pero si nunca buscamos, la probabilidad de éxito es cero.”

Tercero, en 1961, Frank Drake presentó su famosa ecuación durante el primer congreso sobre SETI en el Observatorio Green Bank. Su fórmula intentaba estimar cuántas civilizaciones podrían existir en la Vía Láctea con capacidad para comunicarse, considerando factores como la tasa de formación estelar, la cantidad de planetas habitables y la probabilidad de que la vida desarrollara inteligencia.

Uno de los invitados al congreso fue un joven Carl Sagan, quien habría de convertirse en uno de los más férreos defensores de la ecuación Drake y pionero en el campo de la exobiología: la ciencia que estudia el origen, la evolución y la distribución de la vida en el universo.

En 1964, la Unión Soviética organizó su primer congreso sobre civilizaciones extraterrestres y comunicación interestelar. Fue allí donde el astrofísico Nikolái Kardashov propuso una escala para clasificar civilizaciones con base en su consumo de energía:

  • Tipo I (planetaria): capaz de aprovechar toda la energía disponible en su planeta.
  • Tipo II (estelar): capaz de utilizar la energía de su estrella.
  • Tipo III (galáctica): capaz de controlar la energía de toda su galaxia.

Ciudad futurista, creada con Sora, julio 2025.

Algunos teóricos sugieren civilizaciones de tipo IV y V, cuya influencia se extendería sobre cúmulos de galaxias o supercúmulos de galaxias. Y finalmente, civilizaciones tipo omega con la capacidad de manipular todo el universo, incluso otros. Estas hipotéticas “civilizaciones omega” podrían ser, en última instancia, los verdaderos arquitectos de nuestra realidad.

Según diversos expertos, la humanidad se encuentra actualmente en el nivel 0.75. Hemos utilizado combustibles fósiles, energía solar y nuclear; modificado el clima, los océanos y la atmósfera. A este ritmo, en algunos siglos podríamos convertirnos en una civilización completa de tipo I.

El inicio de una civilización tipo II, tendría como paso natural la explotación de recursos de otros cuerpos celestes, la terraformación de planetas y la construcción de megastructuras capaces de capturar la energía de estrellas como el sol. Una de estas, la esfera de Dyson, fue propuesta por Freeman Dyson en 1960. En un artículo publicado en la revista Science titulado Búsqueda de fuentes estelares artificiales de radiación infrarroja, sugirió que tales estructuras podrían detectarse por su firma energética mediante telescopios.

Curiosamente, en 2024, la revista de la Royal Astronomical Society publicó un artículo de Matías Suazo, físico de la Universidad de Uppsala, titulado Proyecto Hefesto II”. Su equipo analizó cinco millones de estrellas cercanas con telescopios infrarrojos. Identificaron siete enanas rojas con un exceso de radiación infrarroja sin explicación conocida. Si bien esto no prueba la existencia de esferas de Dyson, sí genera un indicio intrigante.

Esfera de Dyson, creada con Sora, julio 2025

Hoy no hay evidencia concluyente de vida inteligente fuera de la Tierra. Ninguna señal, ninguna evidencia irrefutable. Y, sin embargo, sabemos mucho sobre nosotros mismos.

Nuestras civilizaciones se forjaron con hierro, fuego y sangre. La innovación surgió con la guerra; las herramientas, con el lenguaje. La agricultura nos permitió planificar, almacenar y especializarnos. De allí nacieron las ciudades, los imperios, la escritura, el comercio.

Hemos sido revolución científica, artística e industrial. Somos física, relatividad, antibióticos, internet. Creamos aceleradores de partículas, hemos llegado a la Luna, y aun así, quedan más preguntas que certezas.

Pero, como alguna vez dijo Carl Sagan, somos la encarnación local del Cosmos que ha crecido hasta tener consciencia de sí. Y esa mirada, hasta hoy, permanece solitaria.

Físico teórico y cosmólogo británico, reconocido por sus revolucionarias contribuciones a la comprensión de los agujeros negros y el origen del universo.

Referencias
Libro La Pluralidad de los Mundos Habitados, Camilo Flammarion.
Project Hephaistos – II. Dyson sphere candidates from Gaia DR3, 2MASS, and WISE.
Libro Cosmos, Carl Sagan

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