“A veces tienes el gobierno, pero no tienes el poder”, expresó alguna vez siendo presidente López Obrador. Ciertamente gobierno y poder son cosas distintas. Susceptibles de diversas distinciones. Presento una que me parece relevante.
El gobierno, el buen gobierno, es la capacidad de dirigir a una sociedad. De construir bienes públicos. De resolver problemas públicos. De generar las condiciones para que la vida humana (y no solo la vida humana) pueda florecer.
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El poder es la capacidad de hacer que los demás hagan lo que uno quiere que hagan. Que voten por el propio partido, por ejemplo. O que se humillen ofreciendo disculpas públicamente. O que paguen las cuotas que uno demanda.
Poder y gobierno pueden coincidir, o no. Lo que muestra la historia de la humanidad es que el poder se convierte en buen gobierno cuando está adecuadamente dividido. Cuando ninguna persona o grupo tiene el monopolio. Muchas de las grandes tragedias de la humanidad están asociadas a la concentración del poder en una persona o grupo.
Pensemos en el triángulo formado hoy por Cuba, Venezuela y Nicaragua. Sus gobernantes son muy poderosos en un sentido preciso: son, de hecho, dueños de sus países. Su poder tiene pocas limitaciones, fuera de las naturales y las del mundo exterior.
Pero no son buenos gobiernos en ningún sentido. No generan bienes públicos, o lo hacen en forma ínfima. Son grandes expulsores de población. Y no atraen ninguna migración. Muchos huyen de esos países, nadie se mueve para vivir en ellos.
Algunos culpan de esta situación a factores externos, particularmente al “imperialismo yanqui”. No es un argumento sólido: son regímenes que desafiaron a ese imperialismo, expropiaron los bienes de sus ciudadanos, en el caso cubano el desafío llegó a la instalación de misiles con potencial nuclear que amenazaban al territorio estadounidense. Quejarse de que el país al que rechazaron y desafiaron no comercie con ellos, y culparlo de sus males, no tiene lógica.
La explicación está en sistemas políticos y económicos que no funcionan. No funcionan para la sociedad en general, pues las élites tienen niveles de vida similares a los de las aristocracias de los países desarrollados.
¿Hacia dónde va el proyecto de la 4T? ¿Hacia la generación de bienes públicos, de condiciones en los que la vida humana pueda florecer? ¿O hacia una mayor concentración de poder en la clase política?