De manera inesperada, por lo menos para muchos de sus amigos, murió Román López Villicaña. Decir que era un experto, una enciclopedia en cuestiones internacionales, es decir poco, o decir algo incorrecto. Román mostraba como pocas personas “un amor al mundo”, que lo llevó a estudiar y a viajar a numerosas regiones.
Era una relación amorosa, y cualquiera que conversara con él (alumnos, colegas, amigos) lo podía notar. No hablaba como experto, aunque su saber era enciclopédico. Hablaba como alguien que tenía un vínculo amoroso con las regiones y su historia.
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En nuestra última conversación, con un grupo de amigos en mi casa, unos diez días antes de su muerte, alguien preguntó: “¿Por qué la capital de Portugal es Lisboa, y no Porto?”. Román tenía la respuesta, que lo llevaba a la historia de Europa y a los diversos pueblos que han habitado la región lusitana. Sus culturas, religiones, conflictos.
Compartí con él, como sinodales, varios exámenes profesionales. Aunque ya lo conocíamos nos sorprendía con frecuencia. Recuerdo una tesis sobre Chechenia. Román precisó que el problema checheno no era de todo el país, sino de una de sus tres regiones, la montañosa. “Siempre hay problemas con los montañeses” resumió.
Le pregunté entonces que si Macuspana era la región montañosa de Tabasco. Sí, me dijo, los únicos cerros de Tabasco están en Macuspana.
Tabasqueño de Frontera (¿nacer y vivir en un puerto le abrió su interés por el mundo?) conocía muy bien a su estado, costumbres, alimentos, cultivos. En otro examen profesional, con una tesis sobre la producción y la comercialización del cacao, Román dedicó parte de su comentario a explicar el cultivo de este fruto, una lección que agradecimos todos.
De la misma edad de Andrés Manuel López Obrador, Román estudió en la misma facultad del expresidente, la de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Le dije una vez que debería conocerlo muy bien: la misma edad, el mismo estado, la misma facultad. “No lo conozco”, me respondió. Raro, pero no interpretemos.
Nuestras diferencias políticas nunca mermaron nuestra amistad.
Román publicó, como todo buen académico. Pero su obra principal está en sus conversaciones. Buena parte en esa forma de conversación que es la docencia, y en las pláticas con sus familiares y amigos. Tenía el don de la amistad.
En nuestra última reunión mencionó la edad en la que murieron sus padres: ella a los 82, él a los 93, según recuerdo. Tenemos Román para rato, pensamos todos. Nadie se imaginó que se iría a los 71.