Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Formación ética para el vértigo de la vida

El punto de partida de la formación ética escolar es la existencia de ciertos valores universales

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 30, 2025

El vértigo es el resultado de lo incierto, de lo indisponible y de lo inhóspito. No se puede habitar el mundo sin esa experiencia, sin aceptar que nada es definitivo y que nada es seguro, sin considerar que nadie es dueño y señor de su existencia, sin la ambigüedad de esas zonas grises que cautivan y amenazan al mismo tiempo, que atraen y dan sentido, por un lado, y que provocan temor, horror y rechazo por otro.
Joan-Carles Mèlich. El escenario de la existencia, p. 12.

En tiempos de crisis y polarización como los que vivimos, se acentúa la mirada en blanco y negro de la vida porque el escenario que enmarca nuestra existencia produce miedo, muchas veces horror y por ello buscamos refugios que nos brinden seguridad y certeza, que nos protejan de esos océanos de incertidumbre que constituyen el peligro del mundo.

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De este modo, nos situamos hoy en una especie de neoconservadurismo en el que las redes sociales se han constituido como la nueva inquisición en la que existen los buenos y los malos, los que están del lado correcto de la historia y los del extremo equivocado, los que son moralmente superiores y por ello tienen justificado.

En esa nueva picota se exhibe públicamente a los villanos, adjudicándoles calificativos cuyo significado ni siquiera conocen quienes los aplican y se ensalza a los que piensan como uno, a los que se consideran buenos, poseedores de las nuevas verdades absolutas que han sustituido a las viejas verdades absolutas. En esos escenarios virtuales se representan ahora los papeles de quienes encarnan los valores auténticos -los que coinciden con los nuestros- y se evitan todas las opiniones o expresiones políticamente incorrectas, las que, aunque sean verdaderas, se consideran inaceptables y no son tolerables por parte de los defensores de la tolerancia.

Como ya he escrito antes, el contexto actual presenta una contradicción en términos de liderazgos, pues mientras se habla de la bondad y la grandeza del ejercicio democrático, orientado al servicio, horizontal y dialógico de quienes deberían ocupar los cargos de autoridad en las instituciones educativas, las organizaciones sociales, las empresas o los gobiernos, las mayorías están eligiendo para conducir los destinos de las sociedades actuales a personas autoritarias, intolerantes, cerradas al diálogo, verticales y con perfiles de decisión basados en el capricho o la búsqueda de popularidad y no en lo razonable y lo responsable para el bien común.

En el fondo creo que este fenómeno se debe a una especie de mecanismo de defensa para huir y aún negar el vértigo de la vida. Como dice Mèlich en este libro que una doctoranda generosamente me obsequió recientemente y estoy empezando a leer: “No hay existencia sin vértigo” porque el vértigo “es la expresión de la contingencia de la vida” que surge de la ambigüedad “… que muestran que el color de la vida es el gris” que es un color turbador porque nos enfrenta a la realidad de que la existencia puede tener momentos exultantes que nos dan una prueba del paraíso, pero también tiene a veces otras situaciones que nos hacen sentir que caemos en un precipicio insoportable.

No se puede habitar en este mundo o al menos no se puede vivir una vida realmente humana en términos de crecimiento y búsqueda de autenticidad sin la experiencia del vértigo que como dice el filósofo catalán nos conducen a la difícil pero liberadora aceptación de que nada es seguro, de que no podemos controlar la vida y de que aún nosotros, buscamos durante todos nuestros años la autoapropiación de la que habla Lonergan, pero no llegamos nunca a ser plenamente dueños y señores de nuestra existencia.

Abrirnos a la experiencia del vértigo es también asumir que la vida es ambigua y que existen muchas zonas grises que por un lado nos atraen y por otro nos amenazan, empezando por las relaciones interpersonales que si se viven buscando un vínculo y no sólo una conexión, implican la doble experiencia de encuentro con el otro como otro yo, igual a mí e indispensable en mi autoconstrucción y del riesgo del otro como una amenaza que puede agredirme, violentarme, anularme o instrumentalizarme para sus propios fines.

El mundo actual tiene muchas conexiones pero pocos vínculos dice Mèlich con razón y esta forma de convivir desde la conexión superficial y adornada con filtros es justamente una forma inútil pero muy extendida de evitar el vértigo y huir de la incertidumbre, la ambigüedad y las zonas grises de la existencia, fabricando una interpretación multicolor de nuestra persona y de nuestra vida que aparente una perfección y una linealidad positiva que pretende evitar cualquier forma de incomodidad pero en el fondo no nos libera del dolor y nos sumerge en un pozo de soledad en el que acabamos por no reconocernos.

La formación ética, educación moral o educación en valores, como queramos llamarle, está fuertemente marcada por esta búsqueda de refugio contra el vértigo de la vida y por ello, en muchos ámbitos, instituciones y aún modelos educativos no promueve que los estudiantes -niños, adolescentes y jóvenes- aprendan a ser y a convivir de una forma humana y se queda en el ámbito de lo que Morin llama la moralina o Lonergan denomina la ética de la ley.

Si revisamos muchos de los artículos y libros que plantean propuestas, enfoques y modelos de educación ética, si leemos o escuchamos los discursos de muchos docentes y directores escolares o nos damos el tiempo para observar sus prácticas en lo referente a la oferta valoral que se da en las escuelas, seguramente podremos comprobar esta predominancia de la mirada simplificadora y falsa en blanco y negro sobre la tonalidad gris de la existencia humana individual y social.

En efecto, la escuela sigue siendo un lugar donde se pretende enseñar a los futuros ciudadanos lo que es bueno y lo que es malo, lo que se debe hacer o lo que debe evitarse, la forma correcta de ser humano y las formas inmorales de comportarse. En síntesis, el punto de partida de la formación ética escolar e incluso universitaria es la existencia de ciertos valores universales e inmutables -en el caso de las escuelas conservadoras, valores de la cultura clásica y en de las escuelas o modelos llamados progresistas, los valores considerados revolucionarios- que deben enseñarse para promover una sociedad humana de acuerdo al modelo de ser humano que se acepte como válido.

Es por ello que la educación en valores no logra hacerse vida en los niños, niñas, adolescentes y jóvenes más allá de las aulas escolares. Porque la vida no es blanco y negro, porque no hay esas certezas que aplicadas a rajatabla nos lleven a una vida feliz y constructiva, porque en la realidad está el gris de la existencia real con sus incertidumbres, sus indefiniciones, su imposibilidad de predicción y control, su novedad desconcertante y sus dilemas inevitables.

Para lograr que la formación ética tenga un impacto real en los educandos y pueda hacerse vida, resulta indispensable el cambio de paradigma que la sustenta. El paso fundamental del blanco y negro no al colorido falso de la civilización del espectáculo sino a las tonalidades de gris que representan la vida con sus incertidumbres y contradicciones, con lo que nos atrae, pero también lo que nos aterra. Porque en el fondo, la formación ética es el proceso que prepara para asumir, aceptar y saber conducirse en el vértigo de la existencia para construir allí el propio drama de nuestra historia dentro de la historia de la humanidad.

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