Pocas frases cabrean más a un adulto que la conminatoria: ¡Te lo dije!, porque esas tres palabras te descuadernan la poca o mucha madurez y autoestima que hayas cultivado en tus correrías vitales por dejar de ser el niño o la niña de mamá. Quizás por ello, aquellos que con los años procuran el tempero y la sabiduría prefieren alejar de su charla y opinión las frases lapidarias y las sentencias definitivas y chocantes, pues saben de cierto que las actitudes contrarias a la mesura terminan abochornándonos tarde o temprano y, aún peor, sumergiéndonos en el ridículo, ese primo lacerante de la vergüenza que los adultos tememos tanto o más que la disfunción eréctil o la incontinencia de algún esfínter.
Es tal la rasquiña que nos provoca el ridículo ―más si es público― que nuestra sabiduría popular está plagada de consejos y consejas para evitarlo: «Cae más pronto un hablador que un cojo»; «En boca cerrada no entran moscas»; «De lengua me como un plato»; «Procura que tus palabras sean suaves y dulces por si tienes que tragártelas»; «El pez por la boca muere», etcétera, etcétera.
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No obstante, en la aún novísima administración estatal ―apenas seis meses y contando— las baladronadas han sido una de sus características. De tal suerte que hemos sido la comidilla nacional y hasta internacional, producto lo mismo de externar la gana de vasectomizar con alguna solución cáustica a los violadores (que si se aplicara tal cual, el clero poblano mermaría aún más sus filas), que amagar con expropiaciones territoriales de franco tufo siciliano, que intimidar a tirios y troyanos de la noticia y lo noticioso.
Sin embargo, debemos reconocer (no sé muy bien si orgullosos o compungidos) que ha sido en el gremio cultural donde hemos cosechado las más inusitadas perlas de la desvergüenza rayana en el ridículo, puesto que, además del desaguisado de las hermanas que se mutan y permutan en secretarias gubernamentales del Arte y la Cultura, un efímero subsecretario de Acción Cultural (con dudosas credenciales al respecto) y un limitado (o sometido, vaya usted a saber) subsecretario de Arte, poco, poquísimo, casi nada sabemos sobre los programas, proyectos y acciones trascendentales y de envergadura que llevarán a cabo durante su encomienda tales funcionarios para consolidar a Puebla como el polo cultural más importante del centro occidental del país, provocando con ello que los visitantes acudan a algo más que comer mole o chiles en nogada y visitar la Capilla del Rosario.
Pero en este mar de bravatas, misterios y fanfarronadas, sin duda, a últimas fechas la cereza del pastel sobre nuestras angustias culturales lo ha constituido la directora general de la OPD Museos Puebla, a quien hace unos días el patronato de los Premios Princesa de Asturias le hizo llegar un españolísimo: ¡Te lo dije, rediez!, al concederle, al ninguneado por Josefina, Museo Nacional de Antropología el prestigiosísimo premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025, que se otorga ―según reza su reglamento― para galardonar “la labor científica, técnica, cultural, social y humanitaria realizada por instituciones, grupos de personas o de instituciones en el ámbito internacional”.
Y, no se crea que fue una graciosa concesión principesca a la 4T ―como insinuó nuestra presidenta en su mañanera―, sino que este maravilloso museo nacional nuestro fue elegido de entre 32 candidaturas de 23 nacionalidades, dentro de las cuales, fundadamente, no estaba el Museo Internacional del Barroco que Josefina Farfán considera mejor que el MNA.
Aunque siendo honestos, este dislate público de la directora de Museos Puebla no es totalmente su culpa, sino que tan sólo es un botón de muestra de la raquítica, inconsistente y desangelada política cultural de esta imberbe administración, dedicada a contemplarse el caracol del ombligo culterano cuando se encuentra a escasos seis años del Quinto Centenario de la Fundación de Puebla, sin duda, el acontecimiento cultural, identitario, artístico y cosmopolita más importante para todos nosotros en el Tercer Milenio y que, incomprensiblemente, este irrepetible acontecimiento no es el eje rector de su proyecto cultural sexenal.
¿No les parece de horror imaginar que debido a la abulia e indeciso liderazgo cultural gubernamental, terminemos celebrando los 500 años de Puebla únicamente con bailables regionales en la Casa de Cultura, exposiciones pictóricas calidad Barrio del Artista, beatíficas misas en catedral y ¡sin ningún nuevo parque, escultura, paseo citadino, congreso juvenil internacional, reconstrucción de sus barrios o museo del Quinto Centenario destinado (como el Nacional de Antropología) a mostrarle al mundo la grandeza poblana!?
¡Por Dios, si, como se asegura, esta administración ama tanto a Puebla es hora que haga algo más consistente por su arte y cultura que el bochorno y la pena ajena! Una buena señal de cordura sería comenzar por evaluar seriamente la prestancia y alcances reales de aquellos a quienes les confiaron el Arte y la Cultura en esta administración.