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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Populismo

El reto no es simplemente oponerse al populismo, sino entender qué vacíos está llenando

Araceli Molina Diz

Coautora del libro “La Campaña”, Guía para Estructurar Candidaturas; creadora del podcast Política en Femenino. Consultora con experiencia en políticas, gestión y administración públicas, comunicación política y perspectiva de género.

Miércoles, Junio 4, 2025

Uno de los fenómenos más complejos que definen el panorama político de América Latina es el populismo. Este concepto, a menudo escurridizo y cargado de connotaciones, se manifiesta hoy con una fuerza renovada, exacerbando la polarización y planteando desafíos significativos a la gobernabilidad democrática.

El populismo no es un fenómeno nuevo en nuestra región. La historia latinoamericana está salpicada de líderes que han construido su poder apelando directamente a “el pueblo contra las élites”. Y, en tiempos de incertidumbre, el populismo no es la excepción, es la regla.

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El populismo siempre es relacionado con la izquierda, pero existe el populismo de derecha que resulta igual de dañino. Sea de izquierda o de derecha, emerge en contextos de desafección ciudadana, crisis económicas o sociales, y una profunda desconfianza en las instituciones tradicionales. Si bien puede ofrecer una vía para canalizar el descontento y movilizar a amplios sectores de la población, sus métodos y consecuencias a menudo ponen en riesgo la salud democrática. La polarización que genera no solo divide a la sociedad, sino que también dificulta la construcción de acuerdos y la implementación de políticas públicas sostenibles.

El desafío para las democracias latinoamericanas radica en fortalecer sus instituciones, promover el diálogo inclusivo y ofrecer soluciones reales a los problemas de la ciudadanía, sin caer en la tentación de discursos simplistas que prometen el paraíso a costa de la división y la erosión de los principios democráticos. Solo así podremos transitar hacia un futuro de mayor cohesión social y estabilidad política.

El populismo no es una ideología, sino un estilo de hacer política. Lo definitorio es su lógica de antagonismo entre “el pueblo puro” y “la corrupta”, y la promesa de que solo un líder carismático puede devolver la soberanía a los de abajo. En esta estructura básica, tanto el populismo de derecha como el de izquierda se mueven con comodidad.

La diferencia central es a quién consideran el “enemigo” y cómo imaginan la solución.

El populismo de derecha construye su narrativa en torno al orden, la nación y la identidad. Sus  enemigos son los migrantes, las minorías “protegidas”, las élites progresistas o los tecnócratas globalistas. Ofrece protección, frontera, tradición; todo esto con un estilo autoritario y excluyente.

El populismo de izquierda, en cambio, pone el foco en la desigualdad económica. Su enemigo son las élites financieras, las empresas transnacionales, las clases dominantes históricas. Promete redistribución, justicia social, soberanía popular. También puede ser autoritario, pero desde un discurso igualitario.

Ambos pueden atacar a la prensa libre, debilitar contrapesos institucionales, y polarizar a la sociedad. Ambos prometen una especie de redención colectiva, apelando más a las emociones que a las propuestas concretas.

Uno de los mayores peligros de cualquier populismo es que, a nombre del pueblo, se termina erosionando la democracia. Cuando el líder populista se convierte en “el único intérprete legítimo” de la voluntad popular, todo disenso se vuelve traición.

Pero también es cierto que el populismo surge donde la política tradicional ha fallado. El ascenso de estas figuras carismáticas —de Trump a Bukele, de Bolsonaro a Chávez— es también síntoma de sistemas que no han sido capaces de responder a las demandas de inclusión, seguridad o dignidad.

El reto no es simplemente oponerse al populismo, sino entender qué vacíos está llenando. Las democracias necesitan reinvención: nuevas formas de representación, canales efectivos de participación, y políticas públicas que combatan la desigualdad sin caer en soluciones autoritarias.

No hay democracia sin pueblo, pero tampoco pueblo sin democracia.

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