El feminismo ha reivindicado el Día de las Madres como un espacio para reflexionar sobre los desafíos de la maternidad en una sociedad que continúa invisibilizando sus aportes y glorificando el sacrificio. Este día invita a repensar cómo construir estrategias de justicia y equidad que permitan maternar con redes de apoyo colectivas, no solo al interior de los hogares, sino también desde los servicios públicos de cuidado de calidad y la participación del sector privado.
En este marco, siendo el 2025 el Año de las Mujeres Indígenas en México, es fundamental voltear la mirada a las realidades que enfrentan las mujeres rurales e indígenas en nuestro país, donde los retos se acentúan por la falta de acceso a servicios básicos de salud, infraestructura, educación, oportunidades de empleo y dinámicas migratorias.
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De acuerdo con el INEGI, el 27.5% de las madres mexicanas en 2023 vivían en comunidades rurales, y un 6.8% hablaba una lengua indígena. Estas madres tienen un promedio de tres hijos, en contraste con los 1.7 hijos de las mujeres mexicanas en general. En términos de escolaridad, el 26% de las mujeres que son madres indígenas no tienen escolaridad, el 62% solo tiene educación básica, un 8% tiene estudios a nivel medio superior y el 4% cuenta con estudios a nivel superior (1).
Estos datos están asociados tanto a la oferta educativa en sus comunidades, como a la edad a la que inician la maternidad. El embarazo adolescente es más prevalente en la población indígena: un 7.6% de las mujeres indígenas entre los 15 y 17 años eran madres, en contraste con un 4.6% en el caso de las mujeres no indígenas (2). A nivel nacional, las tasas de fecundidad adolescente más altas se encuentran en Chiapas (65 nacimientos por cada 1,000 mujeres entre los 15 y 19 años), Michoacán y Guerrero (55) (3), Estados que coinciden en tener mayores tasas de población indígena y rural.
Esto fomenta un mayor índice de mujeres unidas o alguna vez unidas conyugalmente antes de los 18 años. En localidades rurales, esto ocurre en el 31.2% de las mujeres, mientras que a nivel nacional la tasa es del 20% (3). El nivel de escolaridad, la maternidad temprana y la unión con una pareja tienen implicaciones importantes en las prospectivas de trabajo remunerado y el uso del tiempo de las mujeres indígenas y rurales.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), las mujeres en áreas rurales dedicaban, en promedio, 49.7 horas semanales al trabajo no remunerado, que incluye labores domésticas y de cuidado. Esta carga aumenta aún más en las comunidades indígenas, donde los roles tradicionales de género son más prevalentes (4). A ello se le suma la falta de oportunidades de empleo para generar ingresos, lo que incrementa la necesidad de generar estrategias de autoconsumo que involucran el cuidado de animales y huertos de traspatio, además de una mayor dependencia de la migración y las remesas.
A nivel mundial, hasta 2020, había 281 millones de migrantes internacionales, de los cuales el 48% eran mujeres migrantes. Si bien aún hay más hombres migrando, las Naciones Unidas destacan una tendencia al alza en la feminización de la migración, que se caracteriza por la inserción de las mujeres en trabajos relacionados con los cuidados en las ciudades y países a los que migran. Según la CEPAL, un 74% de las mujeres migrantes de América Latina trabajan en este sector (5).
La migración femenina rural-urbana o hacia países del Norte Global, como Estados Unidos, está fuertemente vinculada a lo que se conoce como cadenas globales del cuidado, en las que las mujeres migrantes se dedican a los cuidados fuera de sus comunidades para que las mujeres urbanas o de países con mayores ingresos puedan trabajar de manera remunerada. Mientras tanto, otras mujeres se quedan en sus localidades a cuidar a los hijos de las migrantes: las abuelas, las primas, las tías (5).
La Organización Internacional del Trabajo señala que el 17.2% de las trabajadoras del hogar en América Latina son migrantes, en su mayoría mujeres. Esta alta demanda de cuidados en las ciudades y otros países no se resuelve a través de servicios públicos o privados formales a un costo accesible (5).
Es aquí donde el feminismo cuestiona la organización social para los cuidados, que aún mantiene una rígida división entre mujeres y hombres en varios puntos de la cadena de cuidado. Las principales responsables de resolver siguen siendo las mujeres, con notorias desigualdades entre ellas.
En este Año de la Mujer Indígena, es esencial visibilizar las realidades diferenciadas que viven las mujeres, particularmente las madres, dependiendo de su origen, etnicidad, acceso a servicios, niveles de educación y oportunidades de empleo. Se trata de múltiples factores que intersectan en las trayectorias de vida, con claras diferencias de género que atraviesan esas vivencias a lo largo de la cadena de cuidado. Sobre todo, esto nos debe impulsar a repensar: ¿será esta la única forma de resolver los cuidados o podremos imaginar otras maneras para construir una sociedad que no recaiga en los hombros de las mujeres más vulnerables?
Referencias:
(1) INEGI. (2023). Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENDADID).
(2) REDIM. (2022). Embarazo y maternidad de niñas y adolescentes indígenas en México. Blog de datos e incidencia política de REDIM.
(3) INEGI. (2022). Estadísticas a propósito del Día Internacional de la Niña. Comunicado de prensa número 586/22.
(4) INEGI. Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2019.
(5) OIM, ONU Mujeres. (2023). Género, migración y tareas del cuidado: desafíos en América del Sur.
(6) OIM. Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2024.