Un día después del fallecimiento del Gral. Ignacio Zaragoza, Francisco Zarco escribe:
Ayer a las diez y cuarto de la mañana ha expirado en Puebla el señor General don Ignacio Zaragoza. Sucumbe al terrible tifo que contrajo en las fatigas de la campaña. Confiesa que la muerte nos lo arrebata cuando más lo necesitamos. El héroe se reclina al sueño eterno, ornadas las sienes con los frescos y fragantes laureles del 5 de mayo. No sólo se pierde a un caudillo militar; se pierde un ciudadano eminente, un demócrata sincero, un magistrado prudente y enérgico, y un patriota con todas las virtudes, que lo hacían superior a su época, y le daban el aire de los héroes de la antigüedad. Zarco vaticina ya que su nombre figurará al ala de los de Hidalgo y padres de la Independencia. Zaragoza, ya para entonces grande entre los grandes, muere rodeado de una gloria que deslumbra al mundo. Los cimientos de la hechura del héroe patrio.
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El 16 de mayo, Zaragoza, estando en Acatzingo, pleno de vida, le escribe al presidente Benito Juárez. Lo trata de “muy estimado amigo”. Allí le informa que salió en persecución del enemigo extranjero (los restos del ejército invasor derrotado), el que se encuentra en retirada, aunque no con buenos resultados por diversas causas que salen de su control. Problemas con los víveres, las lluvias torrenciales. Le informa que al extranjero le ha echado toda la caballería encima, que lo rodea por el contorno de su marcha, que lo hostiga tenazmente, al grado de que hoy le he obligado a disparar sus cañones: si aún no me ha sido posible batirlo con ventaja, medito molestarlo sin tregua hasta su llegada a Orizaba, en donde se afirma se establecerá. Entonces, proveyéndome bien de los armamentos, pertrechos y víveres necesarios, circunvalaré la población y lo estrecharé hasta hacerlo sucumbir bajo el peso de las necesidades y de los rigores de la guerra.
El 30 de agosto se encuentra en las Cumbres de Tulcingo. Llegó el día anterior para encontrarse con el general Jesús González Ortega. Ese día se levanta muy temprano. Tiene previsto salir a recorrer los destacamentos en compañía de los generales Ortega y Negrete. Es asistido por un grupo de ayudantes. La crónica que recoge Jorge L. Tamayo relata que hacia la tarde de ese mismo día, Ortega manifesta ciertos malestares. Zaragoza rebosa salud. Sin embargo, al día siguiente, 1 de septiembre, de regreso a El Palmar se siente algo enfermo. No presta atención. Supone que se trata de la fatiga del viaje y el chaparrón que los atrapa de vuelta. Pese a la atención médica, las altas temperaturas no ceden. Cunde la preocupación en la comitiva. El consenso indica que debe ser trasladado a la ciudad de Puebla.
Antes de salir de El Palmar, entrega el mando al general Jesús González Ortega en forma provisional. El 4 de septiembre arriba a puebla el carruaje que lo conduce, en estado grave de salud. Se establece en lo que actualmente es Reforma 208; entonces corresponde al número 8 de la calle de la Santísima. Ignacio Mejía, otro general, telegrafía al presidente Juárez para comunicarle que a Zaragoza se le diagnosticado tifoidea. Más tarde se sabrá que es tifo. Aunque los síntomas son parecidos, las causas y efectos de ambas enfermedades son diferentes. Previo a su arribo a la ciudad de Puebla, tal vez previendo alguna fatalidad, el generalísimo dicta una carta a su secretario Bruno Lozano. La carta está fechada en Amozoc.
Hay incertidumbre. González Ortega se comunica con el presidente Juárez; le informa que los planes trazados por Zaragoza se mantienen vigentes, bajo su mando; lamenta mucho la situación del vencedor del 5 de mayo, y de paso aprovecha para agradecerle que, días atrás, se haya preocupado por su salud. La noticia causa revuelo. La madre se traslada a Puebla con una de sus hijas. Juárez envía a su médico de cabecera, Juan Navarro. Para el 7 apenas logra reconocer a la señora madre y hermana. Al día siguiente, 8, a las diez y cuarto de la mañana, a los 33 años, cinco meses y 15 días de edad, en palabras de Justo Sierra, rinde la última jornada de su vida y registra la primera deserción en su hoja de vida.
El general Ignacio Mejía es comisionado para comunicarle la noticia a Juárez. Concluye con una sentencia de la época: “La patria ha perdido un fiel servidor y nosotros un buen jefe y amigo”. Un anónimo escribano registra pasajes de la dolorosa agonía.
El día 5 lo pasó en su entero conocimiento y casi con visos de mejoría; el 6 a las once de la mañana, ya empezó a delirar pidiendo sus botas de montar, sus armas y su caballo; como no se le daba lo que pedía, hizo un extrañamiento en toda forma a uno de los médicos de cabecera. Manifestó que tenía una patria, y que era preciso sacrificarse por ella y que pronto, pronto lo dejasen salir, porque Coronado ya estaba en Quecholac y debía batirlo antes de que se incorporara a los franceses; después se puso muy triste, lamentando que uno de sus más fieles asistentes –quien no deja de llorar– lo hubiera vendido pasándose a las filas de los franceses.
Luego tuvo unos momentos de cordura y lamentó que tuviese que hacer cama seis días más. La impaciencia por recorrer los campamentos y estar a la vista del Ejército confiado a su cuidado, lo devoraba más que la fiebre. Por la noche volvió a la manía de querer ponerse las botas de montar y partir al campo de batalla. Se figuró también que estaba acostado en su catre y pedía otro lecho más cómodo que no estuviera tan expuesto al viento y la lluvia, pues ambas cosas le molestaban mucho. Ese día estuvo dando órdenes terminantes al general Negrete que forzase la línea izquierda, a Berriozábal que con cuatro columnas avanzase por el centro y, después de un momento de contemplación sobria, empezaba a sonreír y murmuraba: ya corren, los zuavos no son intrépidos en América como en Europa.
En las últimas horas estuvo muy desasosegado. Los médicos habían perdido cualquier viso de esperanza. Todavía pudo regañar porque no le llevaban un caballo ensillado. Quiso levantarse; un ayudante le indicó que tenía indicaciones de que no se moviera. ¿Acaso estoy prisionero?, espetó. Sí, señor, asintió el ayudante.
La esperanza de todos estaba fincada en la llegada del doctor Navarro, enviado por el presidente Juárez. La esperanza en el triunfo de la ciencia sobre el mal. Navarro todavía lo encontró con vida, pero ya era tarde, refiere el cronista. Pronosticó el galeno la fatalidad para el día siguiente, como en efecto sucedió.
Ese mismo día se hizo saber a todos los gobernadores tan lamentable pérdida y el gobierno expidió un decreto que disponía se le hiciesen honores fúnebres en todos los lugares del país, establecían nueve días de luto oficial y que durante tres días se izara el pabellón nacional a media asta. El cadáver fue llevado a la Ciudad de México, en donde fue enterrado el 13 de septiembre.
Las crónicas lo hacen un hombre sencillo y modesto, amén de su fama bien merecida de triunfador en el campo de batalla. Esos atributos hicieron de él un hombre muy popular, querido y respetado.
Chayo News
La celebración del 5 de Mayo ha devenido en lo que es: una celebración exaltadora del nacionalismo mexicano. Esa inflamación patológica de una conciencia nacional herida, dice Isaiah Berlin. Los gobernantes en turno generalmente aprovechan la ocasión para avanzar en sus proyectos de gobierno y fijar posiciones políticas. Las más de las veces de interés doméstico. La circunstancia presente se aviene con prontitud para engrandecer acciones pretéritas calificadas de “gloriosas”. Eso hicieron los mandatarios del poder federal y estatal, la presidenta Claudia Sheinbaum y Alejandro Armenta, respectivamente, anteayer.
“El 5 de Mayo nos recuerda que el presente y el futuro de México es el de ser una nación libre, independiente y soberana, esa es la historia de generaciones que han dado su vida y de muchas y muchos otros que siempre estaremos dispuestos a dar nuestra vida por amor, a nuestra historia, por el legado de patriotas y por el pueblo de México": ella.
Él, más enjundioso y vehemente. Más echado al debate ideológico del día-a-día. Apunta alto: "Hoy resurgen tendencias neoconservadoras, aliadas del ímpetu intervencionista que nos quieren sometidos como nación”.
"El neoconservadurismo une a quienes quieren conservar sus privilegios y a quienes apuestan por un desarrollo económico sometido a los intereses extranjeros. Son ellos los que suplican el intervencionismo para frenar los logros democráticos y de justicia social de los Gobiernos de la Cuarta Transformación".
(Las referencias corresponden al primer tomo del libro Lecturas de Puebla, Gobierno del Estado, 1994).
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