La carta de Claudia Sheinbaum Pardo, leída por Luisa María Alcalde Luján en la reciente sesión del Consejo Nacional de Morena, no es un documento menor. Es un llamado urgente a la conciencia colectiva del Movimiento de Regeneración Nacional (morena), un recordatorio firme de que nuestras raíces no están en los templos del poder ni en los privilegios del viejo régimen, sino en las plazas, en las calles, en las luchas sociales que desde hace décadas han exigido justicia, equidad, democracia y dignidad para el pueblo de México.
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Morena no nació en 2018. La victoria electoral de ese año fue la culminación de un proceso histórico de organización popular, de construcción de comunidad, de miles de personas que entregaron su vida, su libertad, su tiempo y sus recursos por la posibilidad de un país distinto y que hoy lamentablemente han sido excluidos de la oportunidad de contender por cargos públicos por el partido que ayudaron a formar, hablo del desplazamiento provocado por los tránsfugas electorales, en otras palabras “los chapulines”.
Claudia Sheinbaum lo dijo con claridad: Morena no puede desdibujarse ideológicamente ni dejarse seducir por las parafernalias del poder. Nuestro movimiento tiene una vocación profundamente ética, moral, humanista. Somos el resultado de un encuentro entre generaciones de luchadores sociales, de trabajadoras y trabajadores, de estudiantes, de pueblos originarios, de campesinos, de mujeres organizadas, de jóvenes rebeldes, de científicos comprometidos con la verdad, de periodistas valientes, de ciudadanos y ciudadanas que dijeron: basta. Por ello a pesar de nuestra apertura Morena no puede presentarse como un partido lisonjero o de cúpulas.
Hoy, con enorme preocupación, vemos que ese espíritu se ha debilitado en algunos espacios. Que la burocratización, el pragmatismo y la distancia con las causas sociales se han instalado, sobre todo en los ámbitos locales. En algunos casos, nuestras autoridades emanadas de Morena reproducen los mismos vicios que combatimos: el lujo, la ostentación, el desprecio por el pueblo. Eso no solo es una contradicción; es una amenaza directa a la legitimidad de nuestro movimiento.
Nuestra lucha no fue por cargos ni por canonjías. Fue por la posibilidad de construir un país justo. Y eso implica mantener viva la memoria, honrar a quienes abrieron el camino con sacrificio, y sobre todo actuar con coherencia. Nos aglutinamos en un partido amplio, plural y progresista porque creemos en la democracia como herramienta de transformación, pero esa democracia debe comenzar por casa. Morena necesita abrirse a sus bases, garantizar procesos democráticos reales, elecciones abiertas, y un compromiso ético de quienes busquen una candidatura.