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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Escribir tu nombre: Libertad

Vivimos tiempos oscuros para la libertad, por lo que vale la pena enseñarla a decir en voz alta

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Abril 14, 2025

Para Rodolfo Ruiz Rodríguez, con mi solidaridad, admiración y respeto

En mis cuadernos de escolar
en mi pupitre en los árboles
en la arena y en la nieve
escribo tu nombre.
En las páginas leídas
en las páginas vírgenes
en la piedra la sangre y las cenizas
escribo tu nombre…
…Y por el poder de una palabra
vuelvo a vivir
nací para conocerte
para cantarte
Libertad.

Paul Eluard. Liberté (1942)

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Nos ha tocado vivir tiempos oscuros para la libertad. Somos parte de una civilización que presume haber llegado a conquistar esa posibilidad de ser lo que se elige, aparentemente sin cortapisas, sin que nadie -a riesgo de ser tachado de facista, ¡con qué facilidad se usa hoy esa palabra!-  pueda atreverse a contradecirnos, a juzgarnos, a intentar siquiera ponernos límites, porque de inmediato emerge la victimización y la acusación de violencia, pero toda esa aparente conquista bastante jabonosa se derrumba cuando el ejercicio de esa libertad afecta de verdad al sistema económico, político y social en el que vivimos tan esclavizados como siempre.

Millones de personas son esclavas de la pobreza, de la carencia de los satisfactores mínimos para tener una vida conforme a su dignidad humana. Existen multitudes que son esclavas de la violencia y el miedo, de la falta de seguridad de sus cuerpos y mentes que los tiene siempre en el filo de la supervivencia. Muchos otros son esclavos de un destino que los hace repetir la precariedad de un trabajo heredado de sus padres y que a su vez heredarán inevitablemente a sus hijos, con muy escasas probabilidades de escapar de esa fatalidad que les ha tocado en suerte.

El mundo impone además otro tipo de esclavitudes que tienen que ver con la obsesión de mantener cuerpos estéticos y atléticos -que no sanos- a costa de sacrificios constantes. La esclavitud del consumismo que convierte la vida en una carrera circular de trabajo rutinario y desgastante para el consumo insaciable de cosas que no se necesitan y que requieren de más trabajo para pagar el dinero gastado que no se tiene y poder volver a consumir para satisfacer momentáneamente la compulsión que se nos inocula desde que nacemos.

La incomunicación disfrazada de conectividad y acceso ilimitado a la información y a la interacción con otros a través de las tecnologías de información y de las redes sociales generan nuevas esclavitudes, dependencias enfermizas de los dispositivos que nunca sacian el hambre y la sed de verdadero encuentro con los demás y de contacto profundo con el mundo que nos rodea.

Finalmente, por no ocupar más espacio del que dispongo, la esclavitud que nos están imponiendo las ideologías que exigen fidelidad absoluta, repetición de dogmas, cerrazón a todo lo que venga de quienes no comparten la militancia, la admiración y la enajenación por una causa que promete resolver todos los males y termina regenerándolos, pero con distintas envolturas discursivas y mercadológicas para mantenernos fieles y acríticos siguiendo a líderes huecos pero carismáticos, mentirosos pero atractivos o al menos poderosos. La esclavitud que responde a la frase emblemática: “el que obedece, no se equivoca” y al “Dios, no te pido que me des, sino que me pongas donde hay”.

En ese marco de esclavitudes disfrazadas de libertades, de posibilidades ilimitadas de expresión de la diversidad en lo superficial, pero de fronteras amuralladas que impiden el disenso en lo fundamental, quienes se atreven a pensar por sí mismos, a cuestionar las mentiras envueltas en promesas doradas y a expresarse en formas disruptivas que incomodan o incluso cimbran al sistema dominante, se encuentran hoy en una situación de vulnerabilidad y riesgo extremo.

Los migrantes que se organizan para buscar defender su derecho a una vida digna, las madres buscadoras que se unen solidariamente para tratar de encontrar a sus desaparecidos, los defensores del medio ambiente que lideran movimientos para tratar de frenar proyectos depredadores, los periodistas críticos que tratan de hacer su trabajo cuestionando, investigando, contrastando datos y argumentos, los profesores y profesoras que no se alinean a lo que las políticas les imponen y buscan ir más allá y apostar por una formación integral auténtica para las nuevas generaciones. Todos estos individuos y grupos, organizaciones particulares, instancias públicas, medios independientes, escuelas distintas, son hoy una amenaza para los poderes que se erigen como jueces de en qué es posible ser libre y en qué tenemos que obedecer.

Por eso hoy más que nunca es necesaria una educación de la libertad, una educación en la libertad, una educación para la libertad auténtica y efectiva. Este es un compromiso que debemos asumir los educadores -padres de familia, docentes, comunicadores, ciudadanos y organizaciones- que aún creemos que es posible despertar de esta pesadilla que a nivel mundial y nacional nos intentan vender como grandes utopías.

Hoy que tantos están dormidos disfrutando la aparente libertad de lo superficial y permitiendo y hasta defendiendo los procesos de esclavización en nombre de ideales abstractos resulta indispensable que cada niño y niña escriba en sus cuadernos escolares, en sus pupitres y en los árboles, en la arena y en la nieve ese nombre con mayúscula: Libertad.

Escribir ese nombre en las páginas leídas y en las páginas vírgenes, en la piedra, en la sangre de nuestros miles de muertos y en las cenizas de nuestros desaparecidos y desaparecidas que cada vez son más, aunque se les niegue en los discursos oficiales.

Y por el poder de esa palabra que es la expresión de lo que somos como humanidad volver a vivir o aspirar a algún día volver a la vida como sociedad realmente democrática. Porque nacimos para conocerla y cantarla: Libertad. Por eso vale la pena seguir enseñando a decir en voz alta y a cantar el poema de Gian Franco Pagliaro:

“Por el pájaro enjaulado/ Por el pez en la pecera/ Por mi amigo que está preso/ Porque ha dicho lo que piensa/ Por las flores arrancadas/ Por la hierba pisoteada/ Por los arboles podados/ Por los cuerpos torturados/ Yo te nombro Libertad… (Gian Franco Pagliaro. Yo te nombro, Libertad.

 

Por el receso de Semana Santa el próximo lunes no aparecerá este artículo.

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