Para sorpresas de muchos, la conciencia tiene su día internacional. Una celebración innecesaria si se le mira desprovista de su contexto social y de su finalidad. La conciencia tiene que ver con el conocimiento del entorno y de cómo lo procesamos; incluso para muchos es determinante para la sobrevivencia de la especie humana.
Sin conciencia, los hombres seríamos como zombis en mitad de la noche. Nuestros infortunios, como individuos y como comunidad, son achacados a su ausencia. “No tienes conciencia”, el reproche. El Día Internacional de la Conciencia se celebra el 5 de abril; fue instituido a instancias de la ONU, en el 2019; a partir de 2020 se celebra en todo el mundo, menos en México.
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En un mundo en el que hasta los perros son motivo de celebración, ¿por qué no habría uno dedicado a la conciencia? La RAE ofrece varias entradas para el término. Pero en general se le identifica con la capacidad moral de las personas para identificar el bien y el mal, tratándose de uno mismo y del prójimo.
El Gran Diccionario de la Lengua también identifica la llamada conciencia de clase, un término mucho más complejo. Refiere el conocimiento que tienen las personas de pertenecer a una clase social y de los condicionamientos sociales y políticos que implica. Como categoría filosófica tiene una larga tradición que viene desde los griegos hasta los más preclaros pensadores del siglo XX.
Sin embargo, lo que realmente el organismo internacional (ONU) se propone al celebrar la conciencia dedicándole un día es abogar por una cultura de paz. La paz mundial, tan asediada hoy como en los momentos más infaustos de los peores istmos, con sus millones de muertos resultado de acciones sistemáticas. Y he aquí una de las grandes paradojas de la pedagogía nacional de nuestros gobernantes y sus simbolismos, tal vez inconscientes. Pareciera que es la violencia y no la paz la que procuran.
El fin de semana gobernantes del partido Morena organizaron una concentración masiva en el Zócalo de la Ciudad de México, replicada en la mayoría de las ciudades. El encuentro contó con la presencia de los más importantes dignatarios, presidente de la República, gobernadores y presidentes municipales. Hasta este momento nadie ha explicado razonadamente su finalidad.
Miles y miles de personas, mujeres y niños fueron habilitados para la contienda y, a una señal, fintaron, en lo que fue denominado Clase Nacional de Boxeo. Esto ocurre en medio de la violencia sistemática que se padece todos los días. Incluso con sus cientos de fosas clandestinas y ahora campos de exterminio. Por una lado el gobierno es prohibicionista (corridas de toros, peleas de gallos, narcocorridos), y por otro se alienta una cultura que lo contradice.
En breve alocución de inauguración en el Zócalo de la Ciudad de México la presidente Sheinbaum explicó: “En México construimos paz, prosperidad y elegimos siempre ser un país libre, independiente y soberano. Las y los mexicanos tenemos espíritu valiente, libre y de justicia, somos un pueblo solidario y fraterno, no dejamos nunca a nadie atrás”. Y que “La Clase Nacional de Boxeo muestra que el deporte nos hace más libres, más sanos y más felices; muestra que cuando nos organizamos nada es imposible; muestra que el pueblo de México es valiente y glorioso”.
La cultura de la paz, de acuerdo con la ONU, en cuyo marco se funda la celebración, es un decálogo largo y claro, está basada en valores, actitudes, tradiciones y costumbres, comportamientos y modos de vida. Enfocados todos al respeto de la vida, los seres humanos y sus derechos. Rechaza la violencia en todas sus formas; reconoce la igualdad de derechos del hombre y la mujer, los derechos de todas las personas a la libertad de expresión, opinión e información. En suma, la cultura de la paz para prosperar precisa de un entorno democrático.
Además la cultura de la paz implica la adhesión a los principios de democracia, libertad, justicia, desarrollo para todos, tolerancia, solidaridad, pluralismo y aceptación de diferencias y entendimiento entre las naciones, entre los grupos étnicos, religiosos, culturales y de otro tipo y entre los individuos.
En el que por principio, y por un mínimo de congruencia con lo que se protestó respetar y hacer respetar, los gobernantes deben ser ejemplo de rectitud y congruencia para los ciudadanos, y no los ciudadanos de ellos. Mal anda (pervertido) nuestro arreglo político cuando las cosas son de abajo para arriba y no al revés.
Se precisa poner en acción la conciencia del pasado inmediato y del presente para no tropezar con las mismas piedras que precipitaron a quienes los precedieron.
@ocielmora