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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

De la serie “Adolescencia” a la comunicación familiar

Hay mucho en juego en la interacción entre padres e hijos. Todo comunica, incluso el silencio

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Sábado, Abril 5, 2025

¿Quién es el culpable de que un adolescente esté implicado en un feminicidio? ¿Acaso son los padres, los amigos, el contexto o quizá las propias redes sociodigitales, mejor conocidas como redes sociales? Son algunas de las preguntas que pueden surgir tras ver el exitoso thriller británico “Adolescencia”, estrenado recientemente en Netflix.

La intención de esta columna no es spoilear lo que pasa durante los cuatro capítulos en los que se desarrolla la trama, la cual -aunque corta-, mantiene al espectador en suspenso, tratando de unir cabos para descifrar qué es lo que verdaderamente pasó con la intrigante situación que se presenta cuando Jamie, un adolescente de 13 años es arrestado como el principal sospechoso del asesinato de una compañera de la escuela.

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Tampoco, este comentario ahondará en la deslumbrante producción de la serie, filmada en un plano de secuencia continua que asombra por la fusión técnica que se empleó para seguir cada escena de la historia sin hacer cortes.

Y es que, aunque no queda la menor duda de lo mucho que hay que analizar de esta producción; lo cierto es que el fondo de lo que se puede aprender de la misma y que se desvela en el episodio cuatro -me disculpo por el necesario spoiler- resulta vital para las madres y padres de familia con hijos e hijas adolescentes: no se puede menospreciar la comunicación parental consciente, dando por hecho que es mejor no decir o no hacer nada ante la “incomprensión” de quien atraviesa por esta etapa de vida.

Como enunció en uno de sus axiomas Paul Watzlawick “es imposible no comunicar”, es decir que todo comunica, mucho más los silencios, las omisiones, el esquivar la mirada, el no animarse a preguntar si todo va bien o si hay algo que se pueda hacer por los hijos e hijas.

Desde mi punto de vista, la moraleja de esta historia va mucho más allá de descifrar los códigos ocultos de las redes sociales, de que los padres y madres sepan que es la regla del ochenta-veinte o qué es un incel. Los adultos y los jóvenes jamás hablarán el mismo código con la misma naturalidad y conocer los significados no es sinónimo de entenderlos.

En la adolescencia hay mucho más en juego. Es una etapa en la que se adolece física y emocionalmente. Las propias investigaciones del psicólogo Erik Erikson sobre las etapas psicosociales de desarrollo de las personas destacan la importancia que tienen las y los amigos en el sentido de pertenencia y aceptación de los adolescentes.

Es por ello que el bullying que surge de ella en los espacios escolares se vuelve sumamente relevante. Pero la segregación no solo ocurre en los pasillos de la escuela o en el patio de recreo, sino también en el universo digital, donde los adolescentes buscan validación, identidad y pertenencia. Es ahí donde la incomunicación con los padres se convierte en un riesgo todavía más latente.

Lo incómodo de Adolescencia no es solo la crudeza de su historia, sino el espejo que pone frente a las familias: ¿qué tanto conocemos realmente a nuestros hijos?, ¿qué tan abiertos somos a escuchar lo que les preocupa?, ¿qué tanto creemos en el mito de que “ya saben distinguir lo bueno de lo malo” solo porque han crecido en la era digital?

Las redes sociales no son el enemigo, pero sí pueden serlo la indiferencia, la ausencia emocional y la falta de diálogo genuino. La serie nos recuerda que los adolescentes necesitan padres presentes, no sólo en lo logístico, sino en lo afectivo: que les pregunten cómo se sienten sin minimizar sus respuestas, que les ayuden a procesar sus emociones en lugar de castigarlas, que pongan límites con sentido y que construyan confianza con ternura, no con miedo.

Porque cuando la conversación no ocurre en casa, ocurrirá en otro lado. Y ese otro lado no siempre será seguro.

No se trata de ser padres perfectos, sino de ser padres conscientes. De romper con el “mi hijo/a nunca haría eso” y cambiarlo por “voy a hablar con mi hijo/a sobre eso”. De asumir que la adolescencia no es una etapa para esperar a que “se les pase”, sino un momento crucial para estar más cerca que nunca.

Aprovechemos el debate que está causando esta miniserie para cuestionarnos todas y todos: ¿qué es lo que está en juego al no comunicarnos conscientemente con quienes rodean? Tal vez no tengamos clara la respuesta, pero si algo nos deja Adolescencia es la certeza de que el silencio también educa y, a veces, con consecuencias devastadoras.

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