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OPINIÓN

De corazón en la esperanza

En su mensaje para Cuaresma, el papa Francisco nos invita a movernos para mirar a Dios en los demás

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Febrero 26, 2025

«La esperanza es la única que nos hace ponernos en camino.»
Byung-Chul Han (1).

En una sociedad —incluso en una época como la nuestra— paralizada por el miedo, no hay un lenguaje que brinde sentido; “el miedo es negado para el lenguaje, es incapaz de narrar.” (2). No hay palabra viva, sino eco de un discurso único, habitualmente usado por el poder —desde el poder. Se trata del discurso del Gran Hermano (o el gran líder), ya señalado en 1984 por Orwell. En el miedo tampoco hay historia, porque ésta supone la libertad; en el miedo todo está ya dicho y la libertad no hace falta.

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La esperanza, en cambio, es otra cosa, nos abre otros horizontes, otros caminos, otros paisajes, otras dimensiones. Ya Pèguy (3) nos la ha dibujado en su poética con la imagen del padre (un leñador) que tiene que ir a trabajar en medio del intenso frío. No tiene el ánimo ni las ganas, pero al imaginarse a sus hijos pequeños juguetear durante el día, en su casa, adquiere la fuerza suficiente, necesaria, para ir al bosque. El frío le congela el cuerpo y las manos, más al recordar a sus pequeños, realiza la dura labor.

¡Cuántas madres y padres tienen esos gestos con sus hijos! Sin importar la dureza de la vida —que sin duda la tiene—, esas actitudes suscitan y sostienen la esperanza de aquéllos. Se trabaja por los hijos. Las madres y padres hacen todo por ellos, y así confían, esperan que todo sea mejor, que todo vaya mejor, quizá no tanto para ellos mismos, pero sí para sus hijos. Pèguy hace hablar a Dios; Él confía, dice, Él espera en el fondo de su corazón, que los seres humanos, libremente, dejen todo en sus manos.

La esperanza supone la libertad, sin ésta no es posible aquélla. Y libertad significa el fondo del corazón, lo hondo del propio ser, ahí donde radica el núcleo más íntimo de nuestro yo. Estamos hablando del corazón inquieto del que escribe san Agustín (4), que busca por acá y por allá, en todo momento de la vida, que nunca descansa hasta que no encuentre al autor de su existencia, a Dios mismo como Bien supremo, como Ser absolutamente libre. Encuentro de libertades que significa el camino de la vida.

La esperanza no es lo mismo que el optimismo. Éste no tiene negatividad (5). Para el optimista todo es cálculo y medición. No hay en él apertura a lo inesperado, a lo enteramente nuevo, a la libertad; en el fondo no hay futuro ni apertura al futuro, el control lo es todo, el poder tiene la última palabra. Ni lo imprevisible ni lo indisponible caben en la mentalidad del optimista. Su sol es el poder, el plan, la previsión, el control. El pesimista tiene la misma mentalidad, pero en sentido inverso. Son almas cerradas.

¿Cuál es la negatividad de la esperanza? “La esperanza más íntima nace de la desesperación más profunda”, escribe Han, y añade: “Cuanto más profunda sea la desesperación, más fuerte será la esperanza.” (6). Nos referimos, como puede intuirse, a la condición humana, su fragilidad, su sometimiento al tiempo y a la muerte. Dice un poema: “Todos vamos a morir/ ¿sabemos algo más? (…) ¡Qué extraño es saberse vivo!” (7). Pero, ¿cómo tal situación puede suscitar la esperanza?

Todos hemos experimentado nuestra propia finitud, la contingencia que nos envuelve, el mal, el dolor, el sufrimiento, la amargura y toda suerte de oscuridad y angustia. Incluso, en la otra cara de la moneda, aun con panes abundantes —recordemos el diálogo de Los hermanos Karamázov entre Iván y Aliosha—, alguien puede pegarse un tiro si no tiene un sentido para vivir. La oscuridad de la existencia no la provoca tener o no pan, es decir, lo necesario para vivir, sino el apagarse del sentido de nuestra vida.

Volvamos a la negatividad; en medio de la oscuridad más profunda, de la noche oscura de nuestro ser —podríamos decir, en la desesperación más profunda, para usar las palabras de Han—, como reza el Salmo 23, 4, “aunque camine por cañadas oscuras”, no obstante, “no temo ningún mal, porque tú estás conmigo con tu vara y tu bastón”. Benedicto XVI nos ha recordado: “La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios” (8).

El papa Francisco, por su parte, nos ha propuesto la relevancia del corazón en su sentido antropológico. Lo traigo a colación porque no hay esperanza sin libertad ni libertad sin corazón. “(…) cuando nos asalta la tentación de navegar por la superficie, de vivir corriendo sin saber finalmente para qué, de convertirnos en consumistas insaciables y esclavizados por los engranajes de un mercado al cual no le interesa el sentido de nuestra existencia, necesitamos recuperar la importancia del corazón.” (9).

En esa comunicación de corazones —entre los seres humanos y Dios—, de libertades, pese a nuestra fragilidad que nos hunde en la noche oscura de la existencia temporal, el amor que brota de Dios mismo, nos suscita la esperanza que no defrauda, la esperanza que mira y va más allá de los bienes necesarios para sobrevivir. El que espera así, también para usar las palabras de Han, se pone en un “movimiento de búsqueda. (…) de lo totalmente distinto, de lo que jamás ha existido.” (10).

En su mensaje para la Cuaresma de este año, Francisco nos invita, en primer lugar, a caminar, a movernos para mirar a Dios en los demás, en “tantos hermanos y hermanas que huyen de situaciones de miseria y violencia”; en segundo lugar, a hacerlo “juntos”, no de forma solitaria ni individualista, “sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido.” En tercer lugar, en la esperanza de la victoria de Jesús, el Señor, sobre la muerte y el pecado, lo cual implica el “compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás” (11).

Notas
1) Byung-Chul Han, El espíritu de la esperanza, Herder, Barcelona 2024, p. 8.
2) Ib., p. 9.
3) Charles Pèguy, I misteri. Il mistero della carità di Giovanna D’Arco, Il portico del mistero della seconda virtù, Il mistero deis anti innocenti, Il mistero della vocazione di Giovanna D’Arco, Jaca Book, Milano 1983.
4) Agustín, Obras completas II. Las confesiones (I, 1), Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 2002, p. 73.
5) Han, op. cit., p. 10.
6) Ib., p. 9.
7) Octavio Paz, Cuarenta años de escribir poesía. Conferencias en El Colegio Nacional, EGD/ Equilibrista, El Colegio Nacional, CONACULTA, México 2014, p. 117.
8) Benedicto XVI, Spe salvi, n. 27.
9) Francisco, Dilexit nos, n. 2.
10) Han, op. cit., p. 11.
11) Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2025. Caminemos juntos en la esperanza, 06/Feb/2025, Ciudad del Vaticano, https://goo.su/RZEE.

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