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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Diálogos que apuntan, ¿a dónde?

Las nuevas generaciones habrán de generar su capacidad de diálogo, vital en los asuntos públicos

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Febrero 19, 2025

El globalismo, pese a su inercia, está en crisis. El triunfo de la lógica del mercado ante el fracaso de la dinámica del Estado —sobre todo en sus expresiones totalitarias— parecía imponerse con el fin de la Guerra Fría del siglo pasado. El modelo de Hollywood, de la vida como una fábula o un ensueño, muy pronto fracasó, arrastrando consigo a la democracia y al Estado de bienestar. Después del COVID-19, el impacto final ha sido contra el Estado de derecho y la misma dignidad de las personas.

Hay un cambio de época no sólo por la aceleración histórica —los cambios rápidos y profundos en el ámbito de los acontecimientos—, sino porque hay un cambio en la esfera de la conciencia humana, caracterizado no por la confianza en un futuro promisorio y el progreso, sino por la incertidumbre acentuada por la dinámica del poder y del dinero. Está emergiendo una conciencia contradictoria respecto a las decisiones y difusa en cuanto a los criterios. No hay contrastes, sino contradicciones.

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Los contrastes son naturales, dinámicos, relacionales; así, la palabra y el silencio, la soledad y la comunidad, el cuerpo y el espíritu, lo histórico-temporal y lo trascendente, lo masculino y lo femenino, todos esos polos o instancias se complementan y forman una unidad antropológica. Las contradicciones disgregan y dividen esa unidad; palabra sin silencio o silencio sin palabra, soledad sin comunidad o colectivismo sin individualidad, masculinidad sin feminidad o viceversa, disgregan lo humano.

A partir de las contradicciones se pueden diluir y confundir criterios, con sus consiguientes efectos en las decisiones. Se puede tener, en consecuencia, una mentalidad que defienda la vida en el seno materno, pero a la que le sea indiferente o incómodo la vida y la presencia de los migrantes, por considerarlos una amenaza a la comunidad, o bien, apoyar la pena de muerte como última ratio del Estado de derecho. Peor sería traducir y reducir la dimensión de lo eterno a la prosperidad temporal.

Esa mentalidad contradictoria e híbrida también genera —y explica— las contradicciones de nuestro tiempo presente. La falta de aprecio por la democracia y la preferencia por gobiernos autoritarios en los hechos, o la traducción de éstos a una “verdadera democracia”, “del pueblo y para el pueblo” —en completa manipulación—, son parte de la neolengua ya denunciada por Orwell en su novela 1984. En realidad, se trata del Gran Hermano que todo lo controla, dispone y realiza por y desde el poder.

Es lo que está ocurriendo en la geopolítica global. Hay un “diálogo” para la paz en Ucrania sin la presencia de ésta, que es no sólo el país involucrado, sino afectado. El “diálogo” fue montado por los poderosos del globo, más que para promover la paz en un clima de reconciliación, para mostrar al mundo quiénes son los que mandan. Por un lado, Ucrania ha sido ignorada y Europa desplazada; por el otro, Estados Unidos ve el portento de Rusia y ambos mutuamente se reconocen como únicos interlocutores.

De Palestina hay que decir algo semejante. Para quienes se sienten dueños del mundo, por su poder político y/o económico, lo más fácil y claro es desaparecer el problema. Que los palestinos se vayan para hacer ahí un paraíso. De un plumazo, igualmente, en esa mentalidad, se resolverá el problema de Hamas. El mensaje para sus interlocutores, o enemigos quizá, pareciera ser: “Te dejo Ucrania, pero no te metas en Palestina. De paso, dile a tu aliado —Teherán— que se esté quieto.”

Llama la atención también el discurso de esa mentalidad híbrida. Su reclamo en Alemania de que, ahora que están en puerta las elecciones, no excluyan (los alemanes) las posturas radicales de ultraderecha, contradice la tradición clásica norteamericana: la de la libertad de conciencia, cuyo único límite es la de no aniquilar al otro, al distinto. En tal sentido, como sugiere Martha Nussbaum en La libertad de conciencia, la tradición pluralista se colapsaría al permitir tales extremismos.

Como quiera que sea, la geopolítica del mundo se recompone con la crisis del globalismo. Los territorialismos emergen con fuerza y ello provoca que también tal crisis se traslade a los ámbitos regionales y locales. La mentalidad hibridista, como la hemos llamado, refleja lo que en su momento Lyotard señaló sobre los tiempos posmodernos: Puede ocurrir lo que sea. Nuestro país es un vivo ejemplo de lo impensable. La violencia y la inseguridad se suman a la impunidad y la corrupción.

El problema es que ya no tenemos idea del futuro; vivimos al día. Los programas sociales se han planteado como la solución mágica, sin que los responsables (quienes gobiernan) creen una infraestructura sólida que sostenga un sano desarrollo humano integral. Lo peor es que cuando este régimen se colapse (porque no podrá sostenerse endeudándose y gastando hasta lo que no), la sociedad, su conciencia ciudadana, ¿podrá emerger con fuerza para recuperar el tiempo perdido? Todo es posible, cierto.

Las nuevas generaciones tendrán un reto y un desafío importantes. El principal talante que habrán de generar es su capacidad de diálogo, vital en los asuntos públicos. No encerrarse en sí mismos, será primordial. Escuchar con atención a lo que el otro siente, quiere y piensa será fundamental. Y, más allá del yo y del tú, lo importante será ser capaces de construir un «nosotros» efectivo. Ese es el circuito completo del diálogo. Para realizarlo necesitamos escucharnos abiertamente y mirar juntos la realidad.

 

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