El país ya no es el que fue durante la breve primavera democrática mexicana. Contrahecha y coja, cierto, pero al fin democracia. Con sus controles constitucionales, sus poderes divididos y sus ámbitos de competencia porosos, pero delimitados, y susceptibles de controversias constitucionales. El periodo de referencia (1997-2018) no fue un régimen plenamente democrático, lo sabemos. Como tampoco la democracia no lo es plenamente en ningún lugar del mundo en el que persiste. Toda vez que se trata de un modelo de organización política que aspira a una constante mejora. En esa línea de construcción y progreso se encontraba el país cuando aparecieron López Obrador y Morena agitando el viejo populismo.
El principio de mayoría electoral sirve para hacer gobierno, pero no para gobernar. La gobernanza para ser democrática precisa de controles independientes, que contengan la desmesura y las tentaciones naturales de los individuos, que inexorablemente conducen al despotismo de un solo Hombre, así se trate de la encarnación de la providencia. No es como dice la presidenta Sheinbaum y el señor Noroña que, como mayoría, ninguna fuerza en este mundo puede detener la voluntad del pueblo, simbolizada por ellos.
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Este gobierno autonombrado de la Cuarta Transformación se vale de una “dudosa” mayoría para aplastar a la oposición e imponer una autocracia, que luego del fallo de hoy en la Suprema Corte de Justicia de la Nación concentra los tres poderes de la Unión en una misma persona. La legitimidad de la mayoría, apenas hace falta recordarlo, se fundamenta en el respeto de las minorías.
Si algo caracteriza a este gobierno de Morena es su afán por arrasar con todo lo que no se alinea con sus intereses concentradores. Si la Constitución o un poder emanado de ella osa limitar los mandatos de AMLO, manda que se modifique, lo que los diputados acatan ipso facto, sin modificar una coma, como les manda, so pena de castigos y expulsión. El régimen legislativo de Morena es de obediencia, no de deliberación.
La breve democracia mexicana tuvo grandes hitos en apenas un par de décadas. Primero la oposición conquistó la máxima magistratura en el año 2000, cuando finalmente el PAN logró la derrota del PRI. Luego vino el 2018, fecha en que una corriente política nebulosa proclamada de izquierda ganó la presidencia de la República, con un personaje tan cuestionado políticamente como resultó ser el señor López Obrador.
Un publicista español lo calificó como un peligro para México, en el 2006; al cabo de los años, y para desgracia nacional, aquella sentencia se cumplió cabal.
Ernesto Zedillo, un hombre que podemos calificar de benevolente, gran presidente, comprometido con la democracia y respetuoso de la oposición, consintió en que López Obrador fuera candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de México sin tener la residencia de ley. En su momento, Vicente Fox y Jorge G. Castañeda advirtieron sobre la amenaza. En 2018, con el triunfo de Morena y las personas que en esa organización llevan el timón, el país perdió hasta las esperanzas de un mundo mejor. No hay ni hubo sorpresas. A principios del año 2000, la finada escritora Ikram Antaki escribió en el periódico El Universal un comentario con el título El Bárbaro y los cobardes. Allí presagió que:
La ley de la selva no es la ley; un grupo de depredadores que deciden comerse al individuo débil y solo, no necesitan de la ley, les basta con la fuerza. Estas son las relaciones de fuerza del universo prelegal, y estas son las relaciones que nos esperan bajo el próximo gobierno perredista. Cárdenas tenía las limitaciones que le imponía el sueño presidencial; Andrés Manuel López Obrador no tendrá límites: no será el valiente educador que se opondrá al pueblo si el pueblo yerra; para él, el pueblo tiene la razón simplemente porque es pueblo, y diez tendrán necesariamente más razón que dos o uno.
Los cambios en la Constitución los mandó el expresidente López Obrador para que ninguna fuerza en este mundo tenga el poder político y constitucional de contradecir lo que él manda. La Reforma, o paquete de reformas, enviada al Congreso el 5 de febrero del año pasado para “Honrar” la Constitución, de acuerdo con los expertos, es un cambio radical al sistema de gobierno, para mal. No podría ser de otra manera proviniendo de quien proviene.
El país dejó de ser una república, con sus poderes divididos, federal, con sus tres niveles de gobierno, y democrática, en los hechos la pluralidad política también se suprime, esa es la finalidad suprema al anular la independencia de los órganos electorales, el Instituto Nacional Electoral, INE, y el Tribunal Electoral del Poder de la Federación. Desde la presidencia, todo el sexenio pasado y en las semanas que van del actual, hay una campaña sistemática en contra de los partidos de oposición, que se rehúsan a sumarse al oficialismo y se mantienen independientes. Sin órganos electorales imparciales que garanticen certeza, la oposición terminará aniquilada en las elecciones de medio gobierno del 2027.
La división de poderes es letra muerta. Así se decía en el pasado cuando el PRI tenía el predominio total en el universo nacional. Mera casualidad: Morena, el partido oficialista u oficial, a esta hora tiene el control de los tres poderes de la República. Morena gobierna prácticamente sin freno en el Ejecutivo, a través de la presidenta Claudia Sheinbaum. Elegida precandidata y candidata del partido Morena por el expresidente López Obrador, sin consultar con ninguno. Ya elegida candidata, el presidente se convirtió en su principal promotor y defensor desde Palacio Nacional, sin separarse de la investidura de presidente.
Desde allí enfilaba furioso contra los partidos de oposición y en general contra todos quienes osaban criticar: intelectuales, científicos, empresarios, periodistas. Los órganos electorales emitieron a regañadientes medidas cautelares a favor de los afectados y sanciones administrativas que, como se sabe, nunca fueron acatadas. El entonces presidente justificó su intervención en el proceso electoral alegando que lo hacía en defensa del Pueblo, encarnado en él, y de la Transformación, frente a las fuerzas conservadoras del mal, que se niegan a perder “privilegios”. El expresidente solía repetir sin pudor su peculiar manera de relacionarse con la legalidad. En varias ocasiones comunicó que al único tribunal que atendía era “el tribunal de su conciencia” y que con ella, expresaba, se encontraba en paz. Así que no le viniera con aquella gracejada de que “la ley es la ley”.
@ocielmora