Ambos candidatos a la gubernatura, Alejandro Armenta y Eduardo Rivera (en estricto orden alfabético) han comunicado a la opinión pública lo que se puede denominar esbozo de sus respectivos planes de gobierno, en el caso de ganar la elección.
Aunque también, y es lo seguro, se trata de estrategias de promoción para ganar la confianza de los votantes y obtener su beneplácito y sufraguen por ellos, y no de resolver problemas endémicos que tienen a Puebla al borde de equiparse con Chiapas, Guerrero y Oaxaca.
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El plan, o los planes (en caso de haberlo) se reservan a despachos de políticos de la Ciudad de México, los que a su vez encargan a otros despachos, por los que se pagan ingentes cantidades para cumplimentar el trámite administrativo de entregarlo al Congreso y enseguida refundirlo en el cuarto de los cachivaches.
Los programas y proyectos de buen gobierno, lo sabemos también, no venden electoralmente. El dispendio de dinero por debajo de la mesa previo a la elección extingue el ímpetu ciudadano y la ponderación de los problemas públicos como exigencia.
Es lo que a modo de chunga llaman pago por adelantado para que luego los jodidos no estén moliendo con obras y programas. Aquí anida el huevo de la serpiente que da origen a la tupida red de corrupción y complicidades tejida alrededor de la obra pública y las compras.
En efecto, con la presencia de dinero ilegal el ejercicio de derechos pasa a segundo término. Además, tratándose de población en pobreza y pobreza extrema los derechos no son exigibles. Dicho de otro modo: no hay una ventanilla en la que se reclame la garantía de los derechos sociales. Los apoyos devienen en favores que se tornan recíprocos. Yo te doy para que tú me votes.
Los pobres, lo sabemos bien, sobreviven supeditados a la voluntad de los agentes gubernamentales y dichos agentes, es un hecho probado, obedecen a grupos, partidos y gobierno en turno, no al Estado mexicano y al espíritu de su normatividad social.
Ilustremos mi dicho con la presencia de los Servidores de la Nación, o las acciones de las secretarías estatales y municipales de Bienestar, antes de Desarrollo Social, y más antes Pronasol, convertidos en el brazo electoral del partido gobernante, sea cual sea. Lo hace el PRI, el PAN, y ahora Morena. Al respecto hay y hubo recursos de reclamo en los órganos correspondientes.
(Los Servidores de la Nación, por ejemplo, son una violación a la Ley General de Desarrollo Social. Un ejército de 22 mil 914 personas vestidas con el color del partido gobernante -como antes el PRI- distribuido estratégicamente sobre el terreno).
Con eso quiero enfatizar que la política social tiene un problema de origen, de mal diseño, o de diseño deliberadamente truqueado para favorecer con clientelas a un partido, generalmente el gobernante, el que controla la chequera de la repartición.
A eso sumémosle la percepción (ojo: he dicho percepción) de que las propuestas de ambos candidatos no fueron emitidas fundadas en un diagnóstico técnica y metodológicamente robusto, sino en una visión ordinaria de los asuntos públicos, sobre la base de que los problemas estructurales no se resuelven. A lo mucho, se administran.
En un comentario de finales de febrero, Luis Rubio aducía que no es difícil esclarecer los problemas que enfrenta el país; lo difícil es identificar las soluciones idóneas y construir consensos para su implementación.
Los problemas son añejos y conocidos por todos, pero sus causas, consecuencias y soluciones son siempre controvertidas.
Afirma que es falsa, y absurda, la vieja noción de que el país está sobrediagnosticado y que las soluciones son obvias. Si lo fueran, vuelve Rubio, no estaríamos atorados como lo estamos (aquí se puede leer su comentario)
Algunos de esos problemas son ancestrales, otros provienen de la acelerada evolución del mundo, pero ambos demandan soluciones que los sucesivos gobernantes no han podido ofrecer.
Llevado al terreno regional y local (estado y municipios), esos problemas históricos y nuevos no están debidamente diagnosticados y esclarecidos. En muchos casos los gobernantes ni siquiera tienen conciencia de su gravedad, y la solución no es vista como deber suyo, o compartido con los otros niveles de gobierno.
La mayoría de quienes integran la clase política en tareas de gobierno, ven en los grandes problemas (pobreza, violencia, salud, educación, ingreso, desigualdad) hechos consustanciales a la condición cultural de los grupos que los padecen.
Morena tiene con Alejandro Armenta la oportunidad de encabezar el primer gobierno fundado en los valores de la izquierda mexicana. Esto es, un gobierno organizado alrededor del principio de justicia social.
En esa misma tesitura se halla Eduardo Rivera. Los gobiernos envueltos en los ropajes azules que mal gobernaron Puebla, fueron eso: una impostura. Ni el finado Rafael Moreno Valle hizo suyos los viejos valores humanistas del PAN, ni la persona que eligió para el periodo de armonización de las elecciones.
Moreno Valle y Miguel Barbosa, montados en el púlpito más alto de la política estatal, se regodearon persiguiendo a sus adversarios políticos, por el delito de ser ellos, y negarse a condescender.
Sin embargo, para ese propósito, para dignificar la doctrina de los respectivos partidos que los postulan, ambos aspirantes deberían empezar por lo más primario de la administración pública: auscultar los males de Puebla, diagnosticarlos, hacerlo con el auxilio de los mejores insumos, para enseguida buscar el remedio efectivo y eficaz, y ejecutarlo.
Y ahora sí, de una vez por todas, cambie para mejor la vida de ocho de cada diez persona que en Puebla sobrevive o en pobreza o en estado vulnerable a caer en esa condición inicua, en la que viejos y niños se meten a la cama con un nudo en el estómago.
Por lo pronto, ambos candidatos harían un gran servicio a la comunidad y a sus propios equipos, haciendo público los respectivos diagnósticos, para que a su vez pueda ser enriquecido con el parecer, y demandas de los interesados en el bienestar de su comunidad.
Me temo que pueden ser muchos.
Chayo News
En la plataforma de Facebook, desde hace un par de semanas, circula un video en el que se mira a Eduardo Rivera, candidato de la alianza opositora encabezada por el PAN, acercarse y hasta besar en la mejilla a un grupo de mujeres indígenas otomíes de San Pablito, Pahuatlán, en la Sierra Norte de la entidad. Ellas están vestidas con sus atuendos tradicionales y, a una señal, caminan al encuentro con el aspirante panista. Enseguida se le mira empático departiendo con los artesanos que elaboran papel amate.
Llama la atención la repentina “humildad” del candidato opositor con los indios, pues puedo decir en primera persona que durante su segunda gestión al frente del municipio de la capital se negó sistemáticamente a crear el Instituto Municipal de Atención de los Pueblos Indios, y armonizar la política local con el gobierno estatal y federal.
El argumento para negarse a ofrecer una atención con perspectiva cultural y focalizada (como lo establecen los organismos internacionales: UNESCO, PNUD) a los pueblos indios cuyos asentamientos se encuentran en el norte y sur de la ciudad, en San Miguel Canoa y San Andrés Azumiatla, desde mucho antes de la Conquista, fue que no lo tenía Monterrey, el municipio-capital con la que se mide o medía.
Sin embargo, lo supe después, la verdadera razón fue que durante esos tres años no hubo una sola acción en específico orientada a la atención de la población nativa, con el argumento de que los apoyos estaban comprendidos en acciones transversales. Las acciones transversales, lo sabemos todos, son como los llamados a misa.
Entiendo que el acercamiento del candidato panista con los pueblos indios tiene un componente político, en atención a Xóchitl Gálvez, quien ha hecho de su condición étnica su principal fortaleza electoral como aspirante a la presidencia de la República. El PAN en Puebla se ha caracterizado por rendirle culto al representante del Imperio en la ciudad, pues por iniciativa de ese partido en las paredes del Congreso del Estado se grabó en letras de otro el nombre de Palafox y Mendoza, junto a los nombres de Carmen Serdán y Francisco I. Madero.
@ocielmora
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