Estamos en la recta final de este polémico y polarizado sexenio, y, en estas últimas semanas, el presidente Andrés Manuel López Obrador se ha mostrado notoriamente crítico hacia Xóchitl Gálvez, la candidata de la oposición. Y es que es evidente que el presidente, no está dispuesto a ceder espacios de poder a la oposición.
Tanto el presidente, como Claudia Sheinbaum se notan agresivos ante las críticas y acusan de calumnias, señalamientos sin fundamento, complot y mentiras, cualquier crítica a su gestión.
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Destacan algunos analistas políticos que el miedo del presidente y su candidata no es que debilite su movimiento con las críticas que no han surtido efectos en lo que va del sexenio, más bien responde a la convocatoria del próximo 18 de febrero para marchar en defensa del INE, ya que ve cercana la posibilidad de que la oposición se aglutine y pueda construir una candidatura en común.
En toda democracia saludable, el debate político y la crítica constructiva son fundamentales para el funcionamiento adecuado del sistema. Sin embargo, el presidente desde el inicio de su sexenio ha olvidado que gobierna para todas y todos; con esta retórica excesivamente crítica, polarizada y agresiva, lo que logra es obstaculizar el diálogo y la cooperación entre diferentes actores políticos, lo que impide la búsqueda de soluciones a los verdaderos problemas del país.
En el mundo del “deber ser”, el presidente y su equipo deberían buscar canales de comunicación y entendimiento que permitieran abordar las diferencias de manera constructiva y trabajar en conjunto por el bienestar de la sociedad. La tolerancia, el respeto y la disposición al diálogo son elementos clave para superar la polarización y construir consensos que beneficien a todos los mexicanos. Sería importante que las candidatas y candidatos a la Presidencia, se comprometieran a que su gobierno represente y trabaje para la ciudadanía, independientemente de su afiliación política.