A ti, hijo, Luis Fernando,
segundo regalo del cielo,
por tu espíritu libre y aventurado.
El diálogo entre generaciones es complicado y, al mismo tiempo, habitual y permanente. ¿Diálogo o confrontación? ¿O ambas cosas? Se trata de una suerte de integración o dinámica de facto. Hay continuidades y cambios en las generaciones de una sociedad, de una comunidad, de una familia. En el fondo, en todo ello se expresa la historia, la biografía, de una nación, un país, un pueblo. Más la biografía, o la historia, también abarca y pertenece a las familias. Es en ellas donde nos formamos y de donde salimos para ser quienes somos.
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Ser uno mismo es una vocación y es el propósito de todo proceso educativo. Es el fin de nuestra existencia consciente, en esta vida y en la ulterior. ¿Todo ser humano llega a ser uno mismo, aquello que —en el fondo— estamos llamados a ser, a realizar de nosotros y en nosotros mismos? Es aquí donde nos cuestionamos sobre el carácter general de la vida humana y de nuestra vida personal. Si todos llegan a ser «uno mismo», lo sería de diversa manera, puesto que todos somos diferentes. Unos de una manera, otros de otra.
No es fácil esa búsqueda, pero es natural hacerla, tenerla, mantenerla. Mientras estamos vivos buscamos, anhelamos, deseamos llegar a ser nosotros mismos. Algunos hablan de “la mejor versión de nosotros mismos”, suponiendo o dando a entender que somos no uno solo sino “varios” «uno mismo», varios «yo», un yo múltiple. Somos varias almas múltiples, según la sentencia de Nietzsche. Un yo libre, otro esclavizado, uno espiritual, otro material, uno auténtico, otro no. Pero aun así, buscamos al yo auténtico, verdadero, el que somos.
En suma, aunque seamos o tengamos varios «yo», no nos conformamos con esa pluralidad, sino que queremos, deseamos y buscamos al verdadero ser que somos. Queremos al yo que en realidad somos y eso es difícil. No hay mayor dificultad que conocernos a nosotros mismos, que llegar a conocer a ese yo verdadero que entrañablemente buscamos. Tal hazaña es de gran magnitud que, una vez que lo vislumbramos o lo percibimos y tocamos, nos puede dar miedo, pavor, espanto. ¿Será que en realidad no es ese yo el que buscamos?
Lo anterior lo he discurrido a efecto de centrarme en las generaciones y en sus búsquedas, en lo que generan y plantean, en lo que sostienen y a lo que aspiran, en sus significaciones y valores (en aquello que valoran y en lo que no). Para de ahí mirar a las jóvenes generaciones o cómo hemos dialogado con ellas, particularmente las generaciones de padres cincuentones con sus hijos jóvenes veinteañeros. Tendríamos que mirar cómo nuestros padres tenían una interlocución (o no) con nosotros. Algún ejemplo será útil.
Desde luego, no me centraré en las teorías de las generaciones de José Ortega y Gasset, o de Julián Marías —eso lo dejaré para una ocasión ulterior—; ubicaré algunos rasgos generales de las generaciones jóvenes y las generaciones maduras y trataré de visualizar algunos rasgos del espíritu juvenil, precisamente para que quienes ya somos maduros podamos dialogar con ellos y entablar un puente que pueda ser fructífero, no sólo familiarmente, sino social, política y culturalmente.
Las generaciones mayores solemos acusar a las jóvenes de inmadurez, insolencia e indolencia y rebeldía sin causa ni motivo racional. Desde la Antigüedad hasta nuestros días, los jóvenes son vistos con reserva por los adultos. La falta de experiencia en determinados asuntos, a veces los más relevantes de la vida, es la que más preocupa a los adultos, sobre todo cuando se trata de los padres en relación con sus propios hijos. Esto se mira no sólo en asuntos del amor, sino también en el trabajo, la política y otros ámbitos.
Y es verdad, muchos jóvenes —nosotros mismos cuando éramos jóvenes— se dan de frentazos por esa falta de experiencia, visión de largo plazo y tacto. En cambio, poseen con mayores dotes una fuerza vital que ya querríamos muchas personas maduras para ejecutar nuestros planes y proyectos de vida. Eso, ¿es algo insalvable? No lo sé; lo que parece ser cierto es que nadie experimenta en cabeza ajena, como dice el refrán. Esa división de cualidades, más que como algo negativo, se puede mirar como un complemento social.
El espíritu juvenil, además de la energía a flor de piel, comporta una cualidad, un catalizador, un resorte por la verdad y por la justicia. La inquietud del espíritu juvenil, de los jóvenes en general, precisamente es ese deseo, esa sed de justicia. A veces, los que tuvimos participación activa en los asuntos públicos en los años ochenta, época en que el régimen hegemónico del nacionalismo revolucionario imperaba, creemos que en ese entonces había compromiso con el país, con México, y que ahora no se nota eso en los jóvenes de ahora.
Muchos creen también que, por dar otro ejemplo, los jóvenes de ahora no leen como los de antaño, o como cuando los que ahora somos cincuentones éramos jóvenes. Yo pienso que, con tantos bytes en el universo digital, ahora consumen más, pero también leen con mayor naturalidad. No es bueno generalizar, ciertamente habrá jóvenes que no lo hagan ni en defensa propia, como también antaño había gente (¡universitaria!) que no lo hacía. A mí me sorprende el hecho de que muchos jóvenes son lectores voraces.
¿A dónde quiero llegar con todo lo anterior? Primero que no comprendemos del todo la dinámica de las generaciones. Muchos adultos o personas mayores quieren seguir siendo jóvenes: se visten, hablan y gesticulan igual que los jóvenes (los chavorrucos). Muchos jóvenes no quieren salir de su adolescencia. Quizá si cada generación es consciente de su lugar en la sociedad, podría colaborar mejor con ésta. Así, la experiencia de los mayores (en vez de “chavorruquear”) podría transmitirse a las jóvenes generaciones para que éstas salgan de su ya larga adolescencia. La sociedad se vería enriquecida.