“Quam sic transit gloria mundi” (¡Oh, cuán rápido pasa la gloria del mundo!)
Sin duda alguna, y por segunda ocasión, has dejado huella en esta majestuosa ciudad a la que te has entregado, incansablemente, por el bien de su gente. Cambiaste no sólo el rumbo, sino el rostro de Puebla.
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Parece fácil, pero el peso de la responsabilidad que cargaste sobre tus hombros ha sido incalculable; tus obras son medibles cualitativa y cuantitativamente, el legado de tu obra está a la vista de todos.
Nadie podrá recriminar -ni tus adversarios-, los resultados de tu administración. ¿Hubo carencias? Sí, como en todo gobierno. No hay gobierno perfecto. ¿Hubo errores? Por supuesto, como en todo servidor público, pero, estoy seguro, hubo más entusiasmo y resultados que hablan bien de ti.
Hoy dejas el puesto que los ciudadanos te confirieron hace poco más de dos años; hoy dirás adiós al majestuoso palacio que te prestaron por determinado tiempo. Has cumplido tu encomienda.
Hoy, así lo creo, te vas consciente de que el poder no es tuyo, sino que te fue conferido. La gente, el pueblo, la ciudadanía te lo confirió, te lo concedió, te lo asignó, te lo atribuyó en resguardo para que los representaras con dignidad. Y tú así lo hiciste.
Los ilusos que piensan que tienen poder por sus propios méritos viven en el error; humanamente hablando, el triunfo lo tiene todo un equipo de trabajo impulsado, casi siempre, por un estupendo líder.
Otros más consideran que el poder viene de Dios; de ser así, el Majestuoso Soberano quiso que lo representaras aquí en la tierra, en esta hermosa ciudad, por dos años.
“Justifícame”, “Glorifícame”, “Represéntame” te diría si estuviese visible, pero como no es así, lo hace a través de su pueblo. Y creo que tú lo has hecho con dignidad. Gobernaste en su Nombre y los ciudadanos te lo reconocen.
“Quam sic transit gloria mundi” (¡Oh, cuán rápido pasa la gloria del mundo!). Una frase lapidaria que han escuchado pontífices y reyes al ocupar el trono, una expresión que no deben olvidar, en ningún momento, quienes desean tener el poder en esta tierra (que no es un reino, aunque muchos lo crean y se sientan reyes).
¡Qué fácil es perder el piso parado sobre un ladrillo!, ¡Qué fácil es perder la sobriedad con unos cuantos gramos de poder, aunque parezcan kilates de oro!, ¡Qué triste es perder la dignidad, la honra, la conciencia, cuando los poderosos se instalan en el trono, en la perturbadora silla!
Bien decía el célebre Shakespeare en su magna obra ¡Inquieta la cabeza que porta la corona! El poder en sí mismo no confiere nada si se piensa en uno mismo, en un reducido grupo.
Mi estimado Eduardo Rivera, nuestro buen Lalo, hoy te despides de los casi dos millones de habitantes de este grandioso municipio para iniciar una nueva encomienda, para competir de manera sana, pero briosa, en un nuevo reto político: la gubernatura del estado.
Felicidades a tu equipo de trabajo, a los trabajadores de todos los niveles jerárquicos que sirvieron con profesionalismo bajo tu dirección. Tú te vas, ellos se quedan a seguir cambiando el rumbo de la Ciudad de Diez.
Estoy convencido de que harás una gran campaña, llena de dinamismo, de ideas claras, de propuestas decorosas y útiles pensando en el bien de todos, en el Bien Común.
Pelearás a seis rounds con todo y precampaña. ¡Éxito en tu nueva encomienda!
@elmerando