Sorpresa me causó el haberme enterado, evidentemente tarde, de la muerte ocurrida en Puebla, del psiquiatra Rodolfo Rodríguez Moreno, en febrero de 2021.
“Superó al Covid-19 pero cuatro balas lo mataron” fue lo que cabeceó El Sol de Puebla y la reportera Paulina Gómez dio algunas señas del atentado: “Cuatro impactos de bala, dos en la cabeza y dos en el abdomen, son los que el médico psiquiatra del Hospital General de Cholula, Rodolfo N, recibió por parte de su o sus homicidas, los cuales lo habrían privado de su libertad para después asesinarlo. Aunque la Fiscalía de Puebla ya investiga el caso, aún no establece el móvil de los hechos”.
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El periódico referido señala que “la víctima, quien contaba con su domicilio en el fraccionamiento Haras del Bosque, fue agredida al salir de su trabajo, y antes de llegar a su casa, habría sido interceptada y llevada hasta la zona de terracería de lado de Santa Cruz Alpuyeca, donde fue ultimado”.
Además de la publicación de marras, solo he percibido un pétreo silencio respecto al homicidio. Ninguna declaración de la autoridad investigadora ha dado señales que permitan considerar el esclarecimiento del caso. En este momento, no hay forma de saber si realmente se dio con los homicidas o lisa y llanamente el tiempo hizo lo suyo.
Conocí al doctor Rodríguez en el Hospital MAC y dos cosas de él llamaron mi atención: por una parte, su espectacular conocimiento de la psicosis y la esquizofrenia y, por otra, su ubicuidad, atendiendo gente por aquí y por allá. También sabía lo suyo en el tratamiento de adicciones. Alguien me comentó de su dominio sobre personalidad borderline.
Casi cinco años después de haberlo tratado, me entero de su absurda muerte en 2021. Y las dudas brotan, pero entre todas ellas sobresalen tres: ¿Quién lo asesinó? ¿Por órdenes de quién? Y, ¿habrá justicia para el doctor Rodríguez?
Cavilando, pienso en tres hipótesis básicas:
1. En su consulta, Rodríguez se enteró de algo de lo que no debía enterarse y alguien fue por él, por lo que forzosamente lo siguió por algunos días y así entendió adónde sería el lugar apropiado para agredirlo.
2. Alguno de sus pacientes no quedó muy satisfecho con el tratamiento recibido y dominado por alguna patología, fue a buscarlo. Es de entenderse que no tenía demasiado que investigar porque conocía sus rutinas.
3. Y, por supuesto, pudo ser un secuestro pésimamente ejecutado.
El punto es esclarecer el delito, en el entendido que no se sabe si el autor intelectual y el material son la misma persona.
Pregunté a algunos de sus colegas que trabajaron con él y en el mejor de los casos escuché desdén, pero en el peor, miedo. El miedo y la indiferencia complotan rehenes y desde ahí se construyen muros de impunidad.
Tarde, pero quiero urgir al esclarecimiento de su muerte. En este mundo adonde primero se van los buenos, debe quedar evidenciado que el olvido no será refugio para sus agresores. Sea.