La violencia contra las mujeres es un problema global que afecta a una de cada tres mujeres en todo el mundo.
La violencia contra las mujeres y niñas es sistemática, normalizada y silenciada por una sociedad que fomenta los estereotipos de género, busca la permanencia del status quo y facilita la impunidad de los violentadores, revictimiza, culpa y avergüenza a las víctimas.
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El 25 de noviembre de 1999, fue declarado el Día Internacional contra la Violencia hacia la Mujer, en honor a las hermanas Mirabal, asesinadas en República Dominicana el 25 de noviembre de 1960, por orden de Rafael Trujillo, del que eran opositoras. ONU Mujeres ha declarado el día 25 de cada mes como “Día Naranja”, un día para generar conciencia y tomar medidas para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas.
La violencia en contra de la mujer es una lacra social que va en aumento. Son mínimos los pasos que se dan por parte de los gobiernos para su erradicación; a nivel mundial los gobiernos invierten tan sólo un 5 por ciento de la ayuda gubernamental mundial para combatirla y menos de un 0.2 por ciento para prevenirla.
Eliminar la violencia contra las mujeres debe ser prioritario para los gobiernos, ya que tiene una serie de efectos sociales que afectan a nivel individual, comunitario y social. Estos efectos varían según la gravedad y la frecuencia de la violencia, así como de factores culturales y contextuales.
Algunos de los efectos según ONU Mujeres son psicológicos ya que las mujeres que han experimentado violencia a menudo sufren consecuencias psicológicas graves, como trastornos de ansiedad, depresión, trastorno por estrés postraumático y baja autoestima. También provoca aislamiento social por miedo, vergüenza o estigmatización, las víctimas pueden retirarse de sus redes sociales y comunitarias, lo que afecta negativamente su bienestar emocional y su capacidad para buscar apoyo. Otro efecto grave, es el ciclo intergeneracional de violencia, en el que los niños que crecen en un entorno donde la violencia contra las mujeres es prevalente tienen más probabilidades de repetir patrones de comportamiento violento en el futuro.
La desconfianza en las instituciones provoca que las víctimas no estén dispuestas a denunciar, porque son revictimizadas o no son tomadas en serio, esto aumenta las desigualdades de género y provoca un impacto negativo en la economía de las mujeres, ya que las mujeres que viven violencia tienen dificultades para mantener empleos o participar plenamente en la fuerza laboral debido a lesiones físicas o problemas de salud mental.
La violencia contra las mujeres debilita el tejido social de las comunidades al generar miedo, desconfianza y disrupciones en las relaciones interpersonales.
Es importante abordar la violencia contra las mujeres desde una perspectiva integral, que incluya medidas de prevención, protección y apoyo a las víctimas, así como cambios culturales y en las estructuras sociales que perpetúan la violencia de género.
Para lograr un futuro sin violencia contra las mujeres es necesario que se tomen medidas a nivel individual, comunitario y gubernamental.