A Lorena,
en su cumpleaños.
San Agustín, como varios de los pensadores que han tocado el espíritu y el corazón, seguirá dando de qué hablar, escribir, meditar. Sigue animando a los espíritus inquietos que, como el suyo, buscan vivir, conocer, aprender y amar. Su vida es todo un testimonio de lo que es ir mar adentro; su formación en las humanidades de su tiempo (Cartago, Roma, Milán), su entrega a la amistad y al amor, la mujer con quien engendró a su único hijo Adeodato, el amor de su madre Mónica, su conversión, su retiro a Casiciaco, su amor a la Iglesia, todo ello muestra su talante y su talento: un santo que quiso ser humano por entero.
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No voy a escribir sobre lo que ya los agustinos y agustinas han hecho y seguirán haciendo. Escribo lo que he visto y lo que sigo descubriendo en sus textos. En primer lugar, lo que mi memoria me ofrece de mis años universitarios: algunos rasgos de un seminario sobre San Agustín y, luego, hacia el final de la carrera, un par de cursos sobre Filosofía de la Historia, en donde pude ver con mayor claridad el vínculo entre interioridad y el curso universal de la historia. El pensamiento agustiniano no fue ajeno a una de las tesis centrales de dichos cursos: que la historia parte del corazón de los seres humanos y luego se traduce en hechos.
Lo anterior, desde luego, hay que discutirlo desde los pensamientos filosófico y teológico y desde los hechos históricos mismos, pero para muestra un botón. La envergadura de los acontecimientos históricos la solemos mirar con el paso del tiempo y en el impacto que perdura a lo largo del mismo. No todo hecho es histórico, sino sólo aquél que perdura y arraiga, sobre todo en ámbitos culturales y del espíritu. Pongamos el ejemplo del inicio de nuestra era. Un César (Augusto o Tiberio) y un judío recién nacido que luego fue carpintero. En ese momento, sin duda, quien tenía relevancia e influencia era el primero, por ser el hombre más poderoso en esos momentos (siempre creemos que el poder de suyo es histórico). Al paso de los siglos, la historia nos mostró que el peso mayor lo tuvo ese niño.
Si miramos otros aspectos, otros hechos, otros personajes históricos, vamos descubriendo que hay efectos históricos similares: que los acontecimientos que apuntan más al ámbito del espíritu que al del cuerpo tienen mayor envergadura; lo mismo que los fines y medios más humildes tienen mayor impacto histórico que los portentosos, fuertes y poderosos. Estas tesis las leí, básicamente, en Historia y destino (de Jean Guitton) y en Filosofía de la historia (de Jacques Maritain), ya en mi etapa magisterial, pero con la carga de La ciudad de Dios (de San Agustín). En suma, en mi etapa formativa, San Agustín estuvo presente.
En segundo lugar, un reencuentro con Agustín fue la elaboración de mi tesis de maestría. El tema del acontecer histórico seguía siendo motivo de inquietudes intelectuales: ¿Qué es la historia? ¿Cuál es su sentido, su significado, su fin? ¿Cuál es su esencia y su actus essendi? ¿Quiénes intervienen en ella? ¿Qué papel tiene en ella el azar? ¿Es el azar una fuerza ciega, o en el fondo se trata de un ser inteligente y superior? En fin, diversas preguntas que requerían de un guía que no me dispersara más y que me ofreciera pistas seguras. Por momentos tuve la sensación del mar inabarcable y de la tormenta, pero llegué a puerto.
Agustín no se preguntaba sobre qué es lo histórico ni cuáles son sus elementos que lo hacen consistir, sino que apuntaba a algo más amplio: si la historia tiene un sentido y cuál es éste, según el plan salvífico de Dios. Ello en un momento de crisis y de catástrofe como lo fue el saqueo de Roma por Alarico en 410. Caía el imperio —ya oficialmente cristiano— y los cristianos creían que, junto con la ciudad, caía también su fe. Los propios romanos les recriminaban que, cuando los ciudadanos adoraban a los antiguos dioses, la capital prosperaba y resplandecía. El Hiponense respondía: Cae el imperio, no el cristianismo.
Unos años después, Agustín escribía La ciudad de Dios (412-3 a 426), de veintidós libros. En los diez primeros realizó una apología del cristianismo ante los defensores de los antiguos dioses romanos. En los doce restantes explicaba el origen, el desarrollo y el fin de las dos ciudades —la celeste y la terrena—, pasando por el juicio final de Jesucristo. En esa larga travesía, el Hiponense destacaba que el mal no tiene la última palabra y que el amor de Dios prevalecerá, es decir, que la justicia y la paz, como dice el salmo, se besarán (Sal 85, 10).
El pensamiento agustiniano es un mar: puede entrarse a él por cualquier costa o playa, y lograr del mismo una visión unitaria y sistemática es una labor muy difícil de lograr. Las observaciones de Hannah Arendt al respecto pueden ser de gran utilidad: 1. En la obra agustiniana hay cursos yuxtapuestos de pensamiento; 2. La vinculación de las reflexiones del santo a las verdades católicas nunca decreció; 3. Se trata de un pensamiento en constante evolución hasta el final de la vida de nuestro autor, y 4. Todo lo anterior muestra la inquietud de su ánimo y de su espíritu, elocuente todavía en nuestro tiempo.
Así, un primer acercamiento a la noción de la historia de San Agustín la aprendí en la universidad. La historia es la disputa entre el bien y el mal —las dos ciudades— por el corazón de los seres humanos mientras haya humanidad (2). Esto tiene una gran carga ético-moral. De hecho, algunos filósofos señalan que la filosofía de la historia depende de la filosofía moral, por cuanto los hechos históricos son actos humanos plenos de libertad, es decir, donde se involucra la razón práctica (conciencia) y la voluntad. Los historiadores quizá no estén de acuerdo, ya que a ellos lo que les interesa es determinar si un hecho es histórico o no. Pero finalmente, al hacerlo, como en el caso de Auschwitz o los Gulags, dan pauta para el juicio moral, el juicio de humanidad o inhumanidad.
Quiero ir cerrando esta breve incursión en el pensamiento agustiniano con una cita del santo respecto al fin de la ciudad de Dios:
«Ahora bien, cuando se cumpla esta promesa, ¿qué seremos, cómo nos encontraremos, qué bienes recibiremos en aquel reino si con la muerte de Cristo por nosotros hemos recibido ya tal prenda? ¿Cómo estará entonces el espíritu del hombre sin vicio alguno a que estar sujeto ni al cual ceder, ni contra el cual, aún loablemente, combatir, inmerso en la paz de una virtud acabada? Y ¿cuán inmenso, cuán hermoso y seguro no será allí el conocimiento de todas las cosas, sin lugar a error y sin esfuerzo para adquirirlo, abrevándose en la mismísima fuente de la sabiduría de Dios, con felicidad suprema, sin dificultad alguna? ¿Cómo estará entonces el cuerpo, sometido en todo al espíritu, totalmente vivificado por él, sin necesidad de alimento alguno? Porque ya no será entonces animal, sino espiritual, conservando ciertamente la sustancia de la carne, pero sin resto de corrupción carnal.» (3).
Suena muy utópico y quizá desde la razón misma no se alcance a ver toda la dimensión de la historia, sobre todo su significado y su fin. Sin embargo, si somos rigurosos, la razón en sí misma no tiene todas las de ganar y, al final, tiene que dejar un espacio para lo razonable de la fe, de la fe religiosa. Este es el tercer aspecto que quiero destacar de este breve texto. El pensamiento de San Agustín nos ayuda a situarnos en nuestro momento histórico, como él lo hizo luego del saqueo de Alarico.
En la modernidad, del siglo XV a mediados del XX, se confió excesivamente en la razón. Prácticamente el cielo cayó y se encumbró la tierra. Las visiones escatológicas trascendentes y trans-históricas se tornaron seculares. Dios se hizo inmanente a la historia y a lo humano. Las utopías se volvieron proyectos políticos y económicos factibles en el tiempo. El hombre nuevo fue el ideal de la nueva religión secularizada: la revolución y sus apóstoles. La historia, creyeron los revolucionarios, les daba la razón. Pero, como dijera Albert Camus en El hombre rebelde, el resultado fue —en vez del hombre emancipado— una nueva clase dirigente y opresora: el buró, lleno de tecnócratas y funcionarios.
Ni el Estado ni el mercado pudieron construir la tierra nueva ni al hombre nuevo. La razón, lejos de liberarse de las utopías, se encadenó a un nuevo amo: el poder. La historia se volvió el nuevo campo para el nuevo experimento: la eficacia total. Pero esa historización de la eficacia no generó mayor humanidad. Los seres humanos no se humanizaron más, al contrario, perdieron u olvidaron su rostro. Con la caída del marxismo, el capitalismo y la sociedad de consumo tampoco humanizaron al mundo. El riesgo ambiental y la violencia comenzaron a inundar al globo; las drogas, las armas y las personas comenzaron a circular como meros objetos de venta e intercambio. El rostro de los humanos se hizo anónimo. La pandemia reciente volvió a mostrarnos lo frágil que somos en el concierto de la existencia.
Como en 410, ante el saqueo de la ciudad contemporánea —del mundo de nuestro tiempo—, nuevamente Agustín nos vuelve a recordar: Cae el imperio, no el cristianismo. La ciudad de Dios sigue presente en el curso de la historia, porque su fundador es eterno y la fundó desde y para la eternidad. La verdadera liberación no la dan los dioses de este mundo ni el príncipe de este mundo, sino Dios en el interior del corazón humano.
«Por ello, cuando Agustín invita a trascenderse a sí mismo, encuentra que el término de ese acto es Dios, la Interioridad absoluta: porque Dios es más interior a mí que yo mismo, interior intimo meo: “porque tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío.”» (Confesiones, III, 6, 11). (4). De nueva cuenta, la interioridad forma un vínculo estrecho con el curso histórico y con su sentido final. No se trata sólo de la historia en su sentido general y abstracto, sino de nuestra historia personal también.
Referencias:
(1) Hanna Arendt, El concepto de amor en san Agustín, Encuentro, Madrid 2001, p. 15.
(2) Jorge L. García Venturini, Filosofía de la historia. Enjuiciamiento y nuevas claves, Gredos, p. 63ss.
(3) Agustín, La ciudad de Dios (2º), XXII, 24, Obras completas de san Agustín, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988, p. 931.
(4) Fidencio Aguilar Víquez, El hombre y su destino, Edamex-Upaep, México 1999, p. 270.