La rabia se volvió filosofía
Octavio Paz
El linchamiento se ha convertido en una de las prácticas más socorridas en el país durante los últimos años.
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Por razones analíticas, y como tipos ideales, cabría separar dos formas de linchamiento aunque, en realidad, se imbriquen y, aún, la segunda forma abra las puertas, peligrosamente, a la primera.
Me refiero, en primer término, al linchamiento físico, que se ejerce directamente sobre la vida biológica de un individuo; en segundo término, al linchamiento simbólico, cuyo objetivo es anular la condición propiamente humana de quien lo padece; es decir, su lugar simbólico e imaginario como sujeto en el espacio de la polis.
Para conseguirlo, el linchamiento simbólico recurre a su vez a dos estrategias: la de condenar a la víctima a su pura animalidad (Derrida), en el entendido de que no es un ser de lenguaje y de respuesta y, al Homo Sacer (Agamben), figura del derecho Romano antiguo, mediante la cual se despojaba a un individuo de sus derechos políticos y, por tanto, de la putabilidad del crimen. Por supuesto, al referirme al Homo Sacer, pienso más en ese fantasma que ronda en nuestra sociedad y no solo en su marco jurídico.
Algo parecido está ocurriendo con la senadora Xóchitl Gálvez. La andanada que ha sufrido por parte del presidente López Obrador y sus seguidores no tiene como objetivo cuestionar ni su trayectoria política ni su visión del país; tampoco, indagar y sujetar a la ley el probable conflicto de intereses en el que pueda estar involucrada. ¡No, nada de eso!
Lo que se busca es su linchamiento, estigmatizarla moralmente para legitimar su exclusión del espacio público. En una palabra, deshumanizarla, anulando su propia historia y su capacidad de respuesta. Con la distancia correspondiente, estamos ante una variable del negacionismo que tantos han defendido en torno al judeicidio. Y esta lógica nos abre la puerta a la barbarie. Hoy día, López Obrador ha dado un paso más allá de la relación amigo-enemigo, defendida por Schmitt, para colocar la vida pública de México en una dimensión eminentemente religiosa, sostenida por los polos de lo puro y lo impuro, de lo limpio y lo contaminante; la diferencia no es producto de la pluralidad sino de la herejía.
Pero, quién, quién ha escuchado a la senadora Gálvez antes de estigmatizarla: su posición ante el aborto o la militarización, la corrupción de los gobiernos panistas; incluso, la defensa que hace de los programas sociales de López Obrador. En fin, una posición que marca una distancia desde ahora de los partidos políticos.