Cuando pienso en mí, pienso en muchas; en todas y cada una de las voces que están en mi mente; las múltiples que soy y las que se van creando; las que me conforman en la marea del presente en presencia, cada momento.
Hoy soy la que estoy feliz, la que escribo inspirada, la que me enojo porque me interrumpen; la que agradezco cada compás de espera, cada pausa que me permite imbuirme y corregir mi escrito; la que disfruto comer granos de café cubiertos con chocolate amargo para tener energía; la que me arrepiento del chocolate que me como; la que tomo agua para refrescarme del empalagoso dulce; la que lavo mis dientes para protegerme la dentadura y del hastío; la que no me importa porque voy al dentista; la que digo adiós amablemente y les deseo buena tarde a las personas que salen de la oficina sin que me interesen. Soy cada una de mí y todas nosotras juntas.
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Cuando hablo de mí, hablo por todas y cada una de las que soy en este coexistir y convivir perenne, en flujo o contradicción, donde cualquiera lleva la voz cantante y toma la palabra al estar totalmente presente, enfocada, honesta y consciente para dirigirse a las que también soy, y convocar a ser escuchada de lo que me aqueja, con discurso entendible, lo más razonable posible para que abiertamente comparta y se despliegue el diálogo enriquecedor para rebatir o añadir en cualquier sentido, agradeciendo las aportaciones.
De manera espontánea, de noche o amanecer, aclamamos reunión para las tantas que soy y, por turnos, agradecemos a la vida por cosas concretas a través de nuestra propia voz, mirada y expresión, apreciado lo que cada quien comparte con la certeza de ser escuchadas, comprendidas y cobijadas por nosotras mismas, tomando y cediendo la palabra para aportar lo que gustemos: en tiempo presente con sinceridad y sensibilidad.
Yo no soy yo; soy todas y cada una de mí que me conforma y enriquece lo que soy; soy contradictoria y fluyo; soy flujo y me contradigo, soy las que están y las que se van construyendo al ir siendo en un flujo y reflujo de la marea vital en el mar del tiempo: en cada día, en cada momento, con cada experiencia y transformación que no se repiten. Yo no soy yo; soy una y cada una de todas las que me constituyen como mí misma.
Soy un prisma infinito que refleja mis incalculables rostros, oscuros, opacos y brillantes, el reflejo de la luz o la tiniebla que no cesan y nunca son iguales.