Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

No hay transformación sin cambio de la clase política

En Puebla todo indica que de poco ha servido la transición política a la derecha o a la izquierda

Ociel Mora

Es vicepresidente de Perspectivas Interdisciplinarias, A. C. (www.pired.org), organización civil con trabajo académico y de desarrollo económico de grupos vulnerables; y promotora de acciones vinculadas con la cultura comunitaria indígena y popular. Su línea de interés es la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.

Miércoles, Abril 26, 2023

El presidente Andrés Manuel López Obrador gusta de decir que su gobierno es un cambio de régimen, no una administración ordinaria, y lo equipara con las grandes transformaciones del pasado: la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Con su mandato, el país estaría experimentando la Cuarta Transformación Política en su larga Historia. Lo ponemos en mayúsculas para que hacer notar la grandilocuencia de la que tanto gusta presumir.

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En Puebla, sin embargo, las cosas marchan en sentido contario del pregón oficial. La elección de candidato al puesto de gobernador sigue en manos de los mismos nombres de la vieja clase política (PRI-PAN), contra los que él tanto despotrica en las mañaneras.

Aunque también es cierto que no se trata de un fenómeno privativo del partido Morena, el anquilosamiento está presente en todos los partidos. No hay relevo generacional, porque los viejos grupos se han erigido en muros infranqueables.

Pero no solo son los nuevos grupos en pos de cambio; también son las acciones de política pública de los gobernantes surgidos de las transiciones de partido, a partir del 2010.

Las acciones de Rafael Moreno Valle (PAN) no difirieron en nada de las aplicadas por Mario Marín, bajo las siglas del PAN, salvo la elocuencia publicitaria a pie de carretera; se repitió el patrón en los gobiernos de Morena, respecto del panista finado.

Los cambios de partido no se reflejan ni en el diseño ni en la acción de nuevas políticas públicas.

¿Dónde está entonces, la ganancia para el hombre común y corriente de la ciudad o de los pueblos que haya cambio de partido en el gobierno?

En el PAN, por ejemplo, han retornado los que salieron huyendo durante el periodo del morenovallismo, y han retomado el control del partido, no para ganar elecciones y hacer efectivos los principios que dicen enarbolar, sino para establecer relaciones de conveniencia con el gobierno, al amparo de las siglas partidistas. Eso es la organización secreta de El Yunque.

En el pasado priista era verdad de Perogrullo decir que en política se hacen cambios para que las cosas se mantengan igual. Mucho de eso presenciamos en Puebla en la lucha adelantada por la candidatura a gobernador. Estamos ante las mismas caras de los últimos cuarenta años, aunque muchas con otro nombre.

Morena, el partido más importante, está tomado por quienes apenas ayer señoreaban en el PRI y en el PAN. Están en los puestos administrativos, de gabinete y en la designación de candidaturas. No hay renovación de cuadros políticos ni de nada. Como Barbosa, el nuevo gobernador integró su equipo de gobierno con ex del PAN y del PRI.

Los actores jóvenes que afloraron con la transición de López Obrador y Morena, se les mantiene marginados de la toma de decisiones. Son prescindibles.

Unos por incompetentes (Claudia Rivera) y otros porque sencillamente no tienen cabida. Y no tienen cabida porque no se someten a los dictados. Los que ahora mandan en Morena son los mismos que mandaron ayer y anteayer, apenas transfigurados por el color.

Una explicación de que se les mantenga aparte es que los viejos luchadores sociales no tienen la osadía ni la eficacia de priistas y panistas en temas de movilización electoral y en los menesteres que implican los días previos a la elección. La magia que al final de la jornada hace que un partido se levante con el triunfo.

Esto tiene que ver con un tema que nadie toca en el partido oficial, porque es un reproche moral, y porque no vende políticamente ni ayuda a ganar adeptos.

En Puebla, Morena se organizó y persiste con base en las viejas estructuras clientelares del PRI y el PAN, no alrededor de una ciudadanía comprometida con los valores de la democracia liberal.

Es la razón de que hoy la disputa intrapartidista de los aspirantes no sea a partir de trayectorias intachables, ni de propuestas y proyecto de buen gobierno, basados en estudios y diagnósticos robustos, sino en cómo se apropian de los antiguos grupos de poder caciquil local y regional.

Allí están las organizaciones de membrete de exdiputados, de exalcaldes, de exregidores, de exgobernadores, de exseñoras de cuello alzado, todos los que, de un modo u otro, son responsables de que Puebla se encuentre rezagado en los últimos lugares nacionales, en todo.

La habilidad de panistas y priistas quedó demostrada parcialmente en la elección de gobernador de Miguel Barbosa en 2018. No ganaron, pero quedaron a un tris de hacerlo. Sin embargo, en la segunda elección, la tarea recayó en dos figurones del pasado inmediato, y muy presentes ahora.

Jorge Estefan Chidiac en la Secretaría de Finanzas, la entidad que maneja la riqueza pública; y Fernando Manzanilla, en Gobernación, donde se suele blandir el garrote contra los insumisos. Y en efecto, Barbosa se levantó gobernador.

Es importante hablar de Morena y someterlo a revisión, porque todo indica que puede ser el ganador en las elecciones del año entrante. Hasta ahora no hay oposición de partidos, todos están concentrados en los designios que les manden desde el gobierno. El PRI es gobierno de facto.

No se si los partidos pierdan, porque finalmente están reducidos a pequeñas elites, las que religiosamente se ven favorecidas, ya por las prerrogativas de ley, ya por el control de los puestos de elección, o ya por acuerdos bajo la mesa a cambio de dinero.

En el caso de Puebla, todo indica que de poco ha servido la transición política a la derecha (el PAN en el 2010) o a la izquierda (Morena en 2019). La población sigue igual, con unos y con otros: en el desamparo, frente a una clase política que, una y otra vez, declara que no tiene llenadera.

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