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OPINIÓN

La educación y el mundo en blanco y negro

Pensar críticamente no es enseñar a canonizar a algunos autores y condenar a otros

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Abril 24, 2023

Hay escritores antipáticos, groseros, políticamente incorrectos, o incluso que disfrutan con el maltrato animal. Hay autores que como persona son impresentables. Y sin embargo producen auténticas obras de arte, escriben de una forma sublime, consiguen emocionarnos al leer sus textos.
A veces me han preguntado: «¿Cómo puedes leer a este autor, sabiendo que defiende públicamente cosas que odias?» Y yo siempre respondo lo mismo: «Porque separo al autor de su obra».
Seamos sinceros. Si antes de disfrutar de una obra de arte tenemos que estudiar la biografía del autor, para saber si leerla o no, nos perderíamos grandes obras de la cultura. Y esto mismo pasa con pintores, escultores, músicos, y cualquier otro artista.

Flecha literaria. Distinguir entre autor y obra, ¿sí o no?

Como lo he escrito en otras ocasiones en este espacio, vivimos en una especie de nueva inquisición, en la dictadura de la corrección política que me parece es el resultado de la distorsión o radicalización de ciertas posturas críticas y rebeldes que son legítimas en su origen, como la destrucción de la naturaleza, el maltrato animal, la violencia de género, la cultura machista, el autoritarismo y la represión, etc.

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Estos reclamos de una sociedad que despierta de un gran número de pesadillas, de nuevas generaciones inconformes con lo que está desajustado en el mundo humano, en las estructuras institucionales y las culturas dominantes, se lleva a extremos que se vuelven ilógicos y destructivos porque niegan la historia y la tradición de las que querámoslo o no, somos hijos y pretenden construir -o deconstruir- la naturaleza compleja del ser humano con sus luces y sus sombras, pretendiendo mutilarla al eliminar todo aquello que se considera negativo.

He hablado aquí del derribo o la destrucción de monumentos y esculturas de personajes históricos o hechos relevantes que definieron el rumbo del devenir de algunas regiones del planeta o de la humanidad toda.

Con estas acciones, producto de visiones del mundo en blanco y negro, de posturas maniqueístas sobre el bien y el mal, se van eliminando o censurando hechos y ejemplos de vidas humanas de las que las nuevas generaciones pueden aprender tanto lo positivo como lo negativo de las diversas épocas y culturas, desarrollando la capacidad de pensar críticamente, que tienen en las habilidades de distinguir, matizar y contextualizar, elementos fundamentales para evitar una inteligencia simplificadora y plana que empobrece la comprensión del pasado, el balance del presente y la construcción del futuro.

Hoy quiero retomar el tema, centrándome en las obras artísticas y las creaciones académicas e intelectuales que están seriamente amenazadas por esta nueva forma de censura autoritaria en la que todo lo que rompa con la corrección política actual, debe ser condenado, quemado, destruido o, en el mejor de los casos, modificado.

En los años y meses recientes hemos visto en varios países la eliminación de ciertas obras literarias de las bibliotecas o los planes de estudio escolares por considerarse machistas, belicistas, racistas o relacionadas con cualquier otro tipo de conductas y culturas que hoy, con justa razón son reprobables, pero que no podemos negar que formaron parte de las sociedades del pasado -y siguen en muchos casos presentes y vigentes hoy-, además de mostrar las partes obscuras de la naturaleza humana, los males estructurales que regeneran la injusticia o las visiones culturales que degradan o excluyen a grupos humanos de la vida que merecen de acuerdo a su dignidad.

Un caso menos radical es el de no eliminar, pero sí censurar parcialmente algunas obras. Un debate reciente, aunque desafortunadamente no suficientemente difundido, fue el de la decisión de la editorial que publica la obra de Roal Dhal, del genial autor de historias infantiles como Matilda o Charlie y la fábrica de chocolates, de modificar en las nuevas ediciones de las obras de este autor ciertas palabras que hoy son consideradas negativas, como el término gordo, que se sustituirá por enorme.

Esta tendencia no se produce solamente en las obras literarias. Hemos visto recientemente campañas para retirar premios de teatro, cine o televisión a actores que han sido acusados -en varios casos, todavía no juzgados legalmente- de acoso sexual y desde hace años tenemos ejemplos como el que cita el texto del que tomo el epígrafe de hoy, de vetar la obra de Picasso por haber sido un personaje machista que maltrató a sus parejas o la música de Wagner por considerarlo cercano al nazismo.

De esta manera, la dictadura de la corrección política “tira el agua sucia de la bañera, junto con el bebé” como dice esta frase popular, al no permitir la distinción entre la obra y la persona, o en términos más formales, parafraseando a Edgar Morin, reduciendo al criminal a su crimen y quitándole su complejidad como ser humano.

En efecto, hay grandes artistas o intelectuales que pueden tener ideas o aspectos en su vida personal que son totalmente contrarios a lo que nosotros pensamos o incluso han cometido actos no éticos o aún criminales, pero que han producido obras maestras en lo teórico o en las distintas manifestaciones artísticas.

Recientemente hemos leído de la sanción de su institución académica de adscripción al célebre sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos -del que tanto han tomado los ideólogos de la llamada Nueva Escuela Mexicana (NEM) y muchos investigadores y teóricos contemporáneos- por acusaciones de abuso sexual. En caso de ser culpable, ¿estas acciones de su vida privada invalidarían su obra y su aportación al pensamiento contemporáneo? ¿Tendríamos que decir que las llamadas “epistemologías del sur” o la “visión decolonial” de las que se ha ocupado en su obra, son elementos que habría que desechar por el comportamiento personal de su autor?

En las redes sociales y en la prensa electrónica he visto muchos textos y posts de condena que afirman que sí habría que desechar tanto a la persona como a su obra, porque en casos como este, no puede haber medias tintas. Sin haber estudiado su obra ni ser especialmente seguidor de sus ideas, yo creo claramente en lo que dice el blog que cito: hay que separar a la persona de la obra, porque si tuviéramos que conocer a fondo la biografía de cada autor o artista que leemos, vemos, escuchamos o estudiamos, muy probablemente nos privaríamos de grandes obras que enriquecen nuestro acervo estético y académico.

La educación se encuentra hoy inmersa en esta gran paradoja: por un lado, se nos enfatiza la relevancia de desarrollar el pensamiento crítico en los educandos, pero por otra parte se nos impone de muchas formas esta dictadura de la corrección política. Me parece que ante esta paradoja, habría que tener claro que pensar críticamente no es ver el mundo en blanco y negro, ni enseñar a canonizar a algunos autores o artistas y condenar absolutamente a otros, sino justamente desarrollar las capacidades de distinguir, matizar y contextualizar, de no reducir al criminal a su crimen.

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