En mi entrega de la semana pasada me ocupé de señalar que nuestra lucha, además de ser por el acceso a las escuelas, ésta, debe ser por el conocimiento; sí contextualizado, sí que nos prepare para la vida para el trabajo, pero también, y sobre todo, dada la naturaleza de la escuela, nos brinde la experiencia liberadora del aprendizaje y nos haga probar el poder que el conocimiento, le puede proporcionar a una persona. Insisto, matemáticas, lenguaje, economía, geografía, historia, filosofía, biología, química, astronomía, sociología… son indispensables para la conformación de una persona capaz de leer su contexto, cobrar consciencia de sus realidades y actuar para transformarlas.
Como si no fuera suficientemente complicada la aspiración, agreguemos, que para que se abra una posibilidad de que suceda, se requiere de un ciudadano que valore la educación, a tal grado que se active y exija a las autoridades, no solo el acceso a la escuela, sino el recibir la educación que necesita, para construirse como persona capaz del discernimiento y de tomar decisiones auténticas. La lucha por el aprendizaje y el conocimiento, exige de una sociedad, capaz de resistir las tentaciones de la cultura FIU, exige personas que rechacen aquello que por fácil-inmediato-útil (FIU), nos seduce e inmoviliza, como personas y como sociedad.
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Si alguien dijera que, lo mencionado en los dos párrafos anteriores es un sueño imposible, podría estar de acuerdo en la dificultad que representa, sin embargo, considero, que no existe nada, que haga mella en alguien que con esperanza insiste obstinadamente en intentar e intentar. La esperanza en movimiento genera el aliento necesario.
Esa cultura FIU es esa que se caracteriza, entre otras cosas, por sostener una escuela que reproduce estados de ficción, en la que los actores intervinientes, desempeñan sus roles, y mientras mejor los representen, mejores recompensas recibirán: a) estudiantes que promueven, exigen y agradecen, un paso por las aulas, tranquilo, sin sobresaltos, sin estrés, que desde luego, es coronado con la mejor calificación, como si en ello se ganara el derecho a ser considerado como bueno; b) profesores que en el infortunio de una profesión mal valorada, asiste y otorga calificaciones que valida la escolaridad de alguien, y su capacidad para ser contratado y bien pagado; y c) un sistema educativo plagado de funcionarios disminuidos, ocupados de administrar una educación que no lleva a ningún lado y que encuentra su culmen, en la entrega de certificados y títulos, avalando la idoneidad de quien los recibe. El menor esfuerzo con el máximo resultado es lo valorado.
Como soy un pesimista con esperanza me declaro reticente a la generalización descarnada; doy fe de estudiantes, profesores, padres de familia, instituciones y otras figuras educativas de la administración tanto pública como privada, que navegan a contracorriente, y cotidianamente, realizan su mejor esfuerzo, sosteniendo lo que de la educación queda. Es en estos, como siempre, que anida la oportunidad de resistencia.
Es en quienes resisten, que late, la recuperación del futuro para nuestros niños y jóvenes, la regeneración de partes del pasado que ayudarán a reconstruirnos; representan las boyas de salvamento de una educación, que en ocasiones se presenta como perdida. No hablo de un revivir de la educación, ya que nunca ha muerto del todo.
Bueno, eso digo yo.