¿La escuela es culpable de la violencia que se vive hoy día? ¿Es imputable ésta, a los profesores? Si la respuesta fuera sí, seguramente se formularía desde la superficialidad y la miopía que genera el desconocimiento. Habrá que ser cuidadosos y pensarle un poco, aunque la respuesta nos cuestione, rete y disguste.
Cuando una “institución social” como la familia es modificada, surge una nueva o bien, alguna de las ya existentes se modifica para responder a la necesidad que ha sido desatendida. La modificación de alguna institución social se proyecta a otras, especialmente, hacia a aquellas que son consideradas con, “cierta cercanía”, dada su naturaleza, tal es el caso de la escuela, que, en esencia, se encarga de la formación de los nuevos ciudadanos; en tanto la aprehensión del conocimiento que lo desarrolla como ser humano, encargada de atender niños y jóvenes, se le coloca, como el suplente natural de la familia, para asumir la función del cuidado de los niños, incluida la famosa formación en valores.
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Pero, si así funciona la sociedad, ¿estamos en lo correcto al exigir a escuela y profesores, la formación integral de las personas? Hay que reconocer, que la escuela tiene límites en sus funciones, y con ella, o en ella, profesores y demás figuras educativas, también. La escuela como “entorno controlado” podría incrementar su contribución, pero de ninguna manera, sustituir una función, que amenaza con desvirtuarla, impidiendo el cumplimiento de su función social esencial.
En lo que la escuela compete, además de centro de asistencia social, psicológica, nutricional, emocional y servicio de paquetería, debe cumplir su encomienda fundamental: educar. Formar en el conocimiento a las personas, para el bienestar colectivo. Esto, independientemente del esfuerzo extraordinario que se requiere por parte de profesores y demás figuras educativas, representa retos para el sistema educativo nacional, por ejemplo, infraestructura y recursos en las escuelas, concepción curricular capaz de esta multifunción, y desde luego, la formación y desarrollo adecuado de profesores y la atención de sus necesidades como profesionales, pero también como personas.
El otro componente de la ecuación radica en lo que socialmente hagamos: la incorporación de la mujer al mercado laboral y su consecuente contribución al fortalecimiento de la economía, representa el factor determinante, para la modificación de fondo de la estructura funcional de la sociedad en la actualidad. No se pone en tela de juicio los derechos de las mujeres (eso podrá ser comentando en alguna ocasión), solo se hace referencia del hecho. Ahora bien, ¿qué se hace como sociedad para atender la fundamental necesidad de cuidar y formar a esos nuevos ciudadanos? Si bien la familia se ha venido modificando desde hace ya muchos años, ¿qué hemos generado para suplirla? ¿Basta trasladar la exigencia, a otra institución, que, en su concepción, está diseñada para otra cosa?
Insisto, la modificación de la familia ha sido paulatina y constante, siempre respondiendo a las demandas de la sociedad, de cada tiempo. Familias enormes, casas enormes cuando se requería aumentar la población para fortalecernos como país y cuidar nuestra soberanía; requerimiento que, en 1971, con la nueva política poblacional, da un giro, proclamando que “La familia pequeña vive mejor”, ahora familias más pequeñas, de padre y madre, con dos niños a lo sumo, acompañado de modificación de los espacios habitacionales con casas o departamentos, de dos recamaras y dimensiones, considerablemente más reducidas.
Hoy, familias unipersonales, hogares solitarios, monoparentales, de tejido secundario… parejas con nuevos formatos, sin el formato tradicional de firma de contrato, entre otras cosas, forman parte de la realidad actual de la familia mexicana, que impone nuevos retos organizativos.
Sí, pero, la escuela, no es la respuesta absoluta y única para todo, esa carga, asociada a semejantes expectativas, a menudo, la coloca en el banquillo de los acusados, teniendo que enfrentar reclamos, para los cuales no tiene respuesta, por estar incapacitada de origen, para hacerlo. De los estados de angustia y frustración que viven profesores y otras figuras educativas, generados por esta situación, ya tendremos oportunidad de comentar.