Difícilmente se pudieron pasar desapercibidas las recientes declaraciones en el Senado norteamericano respecto a la designación de los cárteles mexicanos como FTOs (Foreign Terrorist Organizations). Los senadores Lindsay Graham y John N. Kennedy presentaron una declaración conjunta ante los medios locales e internacionales en la que sin medias tintas comunicaron, no pidieron permiso, comunicaron que “vamos a desatar la furia y el poder de los Estados Unidos en contra de estos carteles…” , idealmente con la cooperación del gobierno mexicano, de lo contrario “lo haremos nosotros por nuestra parte”. La estrategia, explicaron, consiste en dos partes. La primera en designar a los cárteles mexicanos como FTOs bajo la legislación norteamericana. La segunda, consiste solicitar autorización del “uso de la fuerza militar para destruir a los laboratorios productores de fentanilo que están envenenando a los norteamericanos.”
Lo anterior, bajo el contexto de cuatro norteamericanos desaparecidos, dos de ellos privados de la vida en recientes fechas a manos del crimen organizado en México. En el mismo orden de ideas, estos últimos hechos fueron la cereza del pastel ante el conocimiento de nuestro país vecino sobre la fabricación, modelo de negocios y distribución de fentanilo en México y distribuido en los Estados Unidos, causando alrededor de 200 muertes al día o el mismo número de muertos en los ataques del 11 de septiembre cada dos semanas, lo que representa una amenaza a la seguridad nacional, de acuerdo con lo expresado por los senadores.
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Ante tales declaraciones, el gobierno federal norteamericano alistó una visita con motivo del natalicio de Benito Juárez, en Oaxaca, en la que se dio cita un político de carrera, experimentado y con trayectoria de buenas relaciones con nuestro país: John Kerry. Si bien la fecha conmemorativa resultaba un adecuado cobijo para la visita, además de recordar los compromisos de colaboración en el tema de calentamiento global, en el fondo se trata de una última llamada a la cooperación en el recientemente llamado “Plan México”, haciendo un paralelo con el “Plan Colombia” en el año 2000, que dicho sea de paso tuvo el apoyo en su momento del hoy presidente Joe Biden.
Los resultados de la visita, en versión de la diplomacia mexicana, fueron todo un éxito. Bueno, para que John Kerry, en representación del presidente Biden, haya expresado que ve “liderazgo y sabiduría” en el Ejecutivo Federal, es porque de manera explícita había que dejar registro de la voluntad pacífica e intención cooperativa entre ambas naciones, al por parte de los Estados Unidos. Kerry no reparó en elogios al gobierno mexicano y a su historia, incluyendo la presidencia de Benito Juárez, quien gozaba de fuerte amistad con el entonces presidente norteamericano Abraham Lincoln, que denota una conexión especial.
Pronto, la iniciativa de legislación norteamericana para designar a los cárteles mexicanos como FTOs bajo el marco jurídico diseñado en Capitol Hill llegará a su objetivo, y con éste el próximo paso, mismo que atinadamente cumplió con el protocolo diplomático de una visita que deje constancia explícita, en un día particularmente especial, en un Estado de la República con historia de hermandad, respeto y paz entre las naciones, de que la primer opción fue siempre un juego cooperativo, pero, sin olvidar las palabras del senador Graham:
“…con su cooperación, o sin ella, haremos lo que esté en nuestro interés de seguridad nacional”.