Recientemente he participado en el proyecto Aprender haciendo, cuyo objetivo es proponer qué sería una buena vida y cómo lograrla. Participan Sudáfrica, Líbano, República Dominicana y México. La idea es que cada grupo responda esto desde su contexto.
El grupo de México ha propuesto reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, para que en 2050 se cumpla con las Contribuciones Nacionalmente Determinadas por nuestro país ante el Acuerdo de París. Las metas de reducción presentadas en la COP22, implica una reducción de emisiones de CO2 en 50% para 2050, respecto al año 2000.
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Los resultados de los ejercicios que se han planteado son interesantes. Si se aplican un conjunto de medidas (como impuestos al carbono u otras acciones que reduzcan nuestras emisiones) desde ahora, bajo un escenario ordenado, los efectos son menores para la economía; pero además para los distintos grupos de ingreso y afecta menos a los sectores más pobres de la población. El efecto distributivo es progresivo.
Por otro lado, si se aplican las medidas a partir del 2030, bajo un escenario desordenado, suponiendo que en el resto de este sexenio y durante el siguiente no existan esfuerzos para reducir emisiones, los costos para la economía serían tan altos que pondrían en entredicho la viabilidad económica del país. Las afectaciones podrían ser hasta cuatro veces mayor que en el caso ordenado, afectando mucho más a los grupos de ingresos más bajos, con un efecto distributivo regresivo.
Estos resultados toman en cuenta los efectos directos en el consumo de los distintos grupos de ingreso. Si además contabilizamos que los efectos sobre la salud y los eventos meteorológicos extremos como las sequías, los huracanes y las inundaciones afectan más a la población de menores recursos, los daños son aún mayores de lo que muestra el modelo, reforzando el efecto regresivo de la falta de acciones ante el cambio climático. Sin embargo, esto puede revertirse mediante la adopción de políticas de mitigación y adaptación que nos lleven a mejoras sustanciales en nuestra forma de vida.
Hace unos días preguntaba a mis alumnos cómo sería una buena vida, es decir, qué elementos serían necesarios para que en México tuviéramos una buena vida. Las ideas que sugirieron son que toda persona tuviera acceso a espacios públicos de calidad, desde banquetas donde se pudiera caminar de manera segura, como parques donde puedas ir a pasar un rato de esparcimiento; beber agua del grifo, nadar en cuerpos de agua limpios, servicios públicos de salud de calidad, infraestructura urbana y seguridad pública, además de espacios donde la sociedad se involucre para construir entre todos esta buena vida. Quizá el lector tenga algunas otras ideas que añadir. Quedémonos con esto y retomémoslo al final del artículo.
Como se ha discutido en múltiples foros, no podemos seguir con los patrones de crecimiento económico actuales y pretender tener resultados distintos. De ahí que la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) ha estado trabajando en años recientes en un modelo de tres brechas, para ver cómo se puede lograr un cambio estructural que permita un desarrollo más sostenible en lo económico, social y ambiental, y cumplir con las agendas internacionales como los acuerdos comerciales, la Agenda 2030 y los Acuerdos de París.
El modelo permite identificar cómo pueden cerrarse las tres brechas a través del escenario “gran impulso para la sostenibilidad”, que implica políticas que “permitan aumentar el dinamismo económico de la región sin incurrir en endeudamiento externo, con una estructura capaz de aumentar las exportaciones o de sustituir importaciones por producciones nacionales, aumentar la creación de empleo, y, por otro lado, desacoplar el crecimiento de la generación de emisiones” (1).
La región tendría que crecer 1 por ciento por arriba del promedio de los últimos treinta años. Si se pone énfasis en los sectores adecuados, podría haber una rápida descarbonización de la economía si se genera la electricidad a partir de renovables, se combate la deforestación, mejoran las prácticas agropecuarias y se fomenta la movilidad limpia.
Si lo pensamos, estas grandes líneas de acción podrían acercarnos a lo que muchos de nosotros, y algunos estudiantes, consideramos una buena vida.
(1) Samaniego, J.L., Sánchez, J. y J.E. Alatorre (2022). Medio ambiente y desarrollo en un contexto centro-periferia. El Trimestre Económico, vol. LXXXIX (1), num. 353, enero-marzo de 2022, pp. 229-256. doi: 10.20430/ete.v89i353.1422
La autora es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla.
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