La filosofía de la música se entiende regularmente como la explicación de un fenómeno determinado, esta última, con el aparato conceptual de aquella. Pero eso no es ni carne ni pescado. Cualquier consideración filosófica que opere como una ejemplificación es demasiado pobre como para que valga la pena. En cambio, la filosofía de la música debe convertirse en un filosofar musicalmente.
Es sorprendente lo que se ha dicho y hecho con la poesía o incluso la pintura desde la filosofía en comparación con la música. Con algunas excepciones, como Schopenhauer, Nietzsche y Adorno, la música ha quedado detrás de otras artes. El hecho mismo de que la poesía haya perdido su dimensión musical es un hecho que lamentar y dice mucho sobre la sordera filosófica, que tiende a privilegiar, pese a todo la luz, la vista, la luminosidad, incluso cuando se sumerge en lo oscuro y el abismo.
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Filosofar musicalmente requiere otorgarles dimensión metafísica a las coordenadas de este arte. La filosofía occidental, obsesionada con el tiempo desde el siglo XVIII, sea como historicismo, tiempo vivido o devenir cósmico, no tomó nunca en serio la fauna de los gabinetes musicales. Hablando de tiempo, de secuencia, de repetición, de diferencia, de retorno, de la forma del tiempo, etcétera, no dedicó tiempo para honrar al arte que, por su naturaleza misma, piensa en el tiempo haciéndolo, deshaciéndolo. Rehaciéndolo. No, no, se dirá, la estructura primaria o trascendental del tiempo es indiferente a sus contenidos. Hay que superar el contenido musical como contenido para dar con la esencial del devenir puro. Pero esta separación de forma y contenido no es dudosa, sino escándalos, sobre todo cuando se piensa en música. El “flujo puro” sin melodía, sin ritmo, sin color, ¿qué es? Absolutamente nada.
Aquí no podremos ir lejos. Solamente comenzaremos. La música se construye sobre la repetición. Es lo que produce un ritmo, desde la medida del compás, hasta la selección de duraciones y secuencias. El tiempo no se repite, sólo el sonido. ¿Cómo surge el compás? Del seccionamiento del tiempo. 1/4, 3/8, 5/7. Son fracciones. Fraccionamiento del tiempo en el denominador. Baile de duraciones en el numerador. El tiempo, ¿cómo no se nos ocurre mirarlo así? Es decir, como una segmentación del continuum del tiempo sobre la cual desplegamos todos los caprichos de la lentitud o la urgencia. Pero el ritmo no es eso. No sólo el numerador, que introduce su cuchillo en la masa del tiempo, ni las figuras temporales que revolotean sobre él. Existe el tempo, que expresa modalmente el tiempo: largo, moderato, allegro, prestissimo. Es la tonalidad afectiva propia del tiempo, que nos acelera o aletarga, nos concentra, nos angustia. La medida del metrónomo, por cierto, es solamente una guía, que el intérprete sabe considerar sin hacerse él mismo un latido maquinal. También sabe que dentro del tempo y el compás el tiempo requiere, para cumplir con las exigencias de expresividad, aceleraciones y retardaciones, es decir, acortamientos y alargamientos de pasajes o de notas.
El estado de ánimo de la vida no es un color, sino un entrelazo de compás, tempo y matiz. Esta sutileza rebasa con mucho las burdas distinciones entre un tiempo “del reloj” (que podría equipararse con el tiempo del metrónomo) y un tiempo del momento preciso o kairológico. Este tiempo debe ser preciso en muchos sentidos: en relación con el espíritu de la pieza, con los otros instrumentos. De una nota con otra. Sabemos de la importancia del contratiempo en la producción de dinámicas rítmicas. Sólo así puede entenderse el hechizo de la música sobre nuestro ánimo. No existe en filosofía nombre para la síncopa de la vida: cuando el acento se pone un “tiempo débil”, es decir, donde no se lo espera, produciendo una anomalía precisa.
Podríamos decir que la palabra más usada del repertorio musical es el de disonancia. Se utiliza como metáfora de un choque, un chirrido, algo que no empata y que, en el mejor de los casos, “enriquece” la sonoridad. Pero nada se dice sobre el uso de las disonancias para producir tensión, para preparar resoluciones o transiciones. Análogo a la tensión narrativa, la música debe levantar las aguas para producir una tempestad. Pero también puede producir el sentimiento de extravío cuando no encontramos apoyo tonal. La música enseña sobre la desorientación en ausencia de palabras, por la mera costumbre del retorno a ciertos acordes y notas llamados en armonía clásica “fundamentales” o “tonos”. Antes del descalabro lingüístico, están las mareas del talante producidas sonoramente.
Mantengámonos en dos conceptos clave de la música, elementos fundamentales porque son constructivos y operan en el ritmo lo mismo que en la armonía. Diferencia y repetición. Veamos primero la diferencia. Podríamos pensar que la distinción más elemental es aquella entre el silencio y el sonido, entre la ausencia y la presencia. Es la más elemental, pero lo elemental no significa lo determinante. El silencio no existe en la música como lo opuesto del sonido. El silencio es el espaciamiento entre notas. Nada hay sin el espaciamiento que existe entre una nota y otra, es decir, el intervalo de tiempo que las hace sucederse en la horizontal de la flecha temporal. Verticalmente, no hay tampoco armonía sin el espaciamiento de altura entre las notas, que las hace más graves o más agudas. Esta expansión es a la vez temporal (secuencia) y espacial (simultaneidad). Es extensión espaciotemporal de la sustancia sonora. Esta extensión es a la vez continua y discontinua. Como continuidad se llama duración. Como discontinuidad, es ritmo. No se podría derivar lo continuo de lo discontinuo ni viceversa. No hay una sustancia fónica fuera de este juego de duración y segmentación. De hecho, nada dura si, eventualmente, no termina. El continuum que significa algo para nosotros debe nacer y perecer. ¿Y cómo negar que la existencia se despliega como secuencia y simultaneidad, expansión y segmentación?
En cuanto a la repetición es la condición de inteligibilidad. La repetición es el elemento que produce un patrón. Es obvio que toda repetición de una nota, en cuanto que está inserta en una secuencia, cambia su lugar respecto a otras notas y en la secuencia absoluta. Toda repetición sucede de manera diferida y, por tanto, no es repetición estricta. Pero esta observación es bastante elemental. La repetición crea patrones: ritmo, estructuras tonales, temas, formas musicales, etc. Incluso la música dodecafónica se define por su postura y práctica de la repetición: prohibirse el recurso a una nota ya utilizada antes de recorrer, antes, las otras 11. Cuando hablamos somos eso: un patrón de repeticiones, un ritmo de habla, un conjunto de temas y variaciones que vuelven. Pero si la repetición hace emerger el patrón que reconocemos y que nos permite seguir una pieza o canción, nadie como la música hace consciente la idea de variación. Antes de su formulación explícita en la teoría, la música es tema y variación. Es exposición, desarrollo, retorno. En armonía es un acorde con todas sus inversiones. El diferir lo impone el tiempo. Pero la música agrega la diferencia fónica que produce secuencia y simultaneidad, continua y discontinua.
Además, todo crece según la (diferencia de) escala, porque podemos repetir una nota, un compás, un motivo, toda una sección. La repetición es lo único que transforma el sonido en música. Las notas son infinitas si las miramos desde el continuum del sonido. Pero las segmentamos en 12. Incluso la música microtonal lo hace. La música se disolvería en un continuum absoluto, pudiendo caer el sonido en cualquier punto del espectro. Lo mismo si no pudiésemos repetir ninguna nota hasta haber agotado todas las notas en todo el registro audible. La idea misma de agotar todas las notas del continuum audible es tan absurda como imposible materialmente.
Éste es el arte de la música: producir el entrelazo de lo discontinuo por la repetición en un patrón.
Es algo sutil. Terriblemente. Porque pronto dejamos que las palabras hagan metástasis sobre la sonoridad musical. O bien, dejamos que la matemática devore la música por los ademanes formales. Sí, la música coquetea con el lenguaje natural lo mismo que con las matemáticas, pero también con los gestos y los estados de ánimo. Este acceso privilegiado a la temporalidad del sonido que otorga la música es el secreto de sus potencias. Fuerzas tejidas cerebralmente, pero destinadas a pulsar las cuerdas de la médula de la vida.